29 mar 2020

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CRÓNICA

Toquinho y Sílvia Pérez Cruz, embrujo brasileño en el Grec

Ambos músicos, sustentados por el contrabajo de Javier Colina, fundieron sus poderes en un repertorio centrado en los clásicos de la bossa nova

Jordi Bianciotto

Sílvia Pérez Cruz, en un concierto

Sílvia Pérez Cruz, en un concierto / JOSÉ IRÚN

La sensibilidad de Sílvia Pérez Cruz por la música brasileña viene de lejos y su asociación con Toquinho, que nació el pasado noviembre en Sao Paulo, representa el viaje privilegiado a una de las fuentes del saber. Entente que, por lo visto este miércoles en el Teatre Grec, rebosa naturalidad y respeto por la posición del otro, así como aptitudes para construir músicas poderosas con muy pocos ingredientes.

Una guitarra y sendas voces, a las que llegó a sumarse otra, la de Javier Colina, cuyo contrabajo sustentó el edificio, confluyeron en un juego a múltiples bandas. Abrió Toquinho en solitario a lomos de ‘Tarde em Itapoã’ y citando con desenfado a sus maestros, Vinícius de Moraes, Baden Powell y Tom Jobim, “Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Tras un ‘Aquarela’ en castellano, y una ‘Manhã de carnaval’ a la que se sumó Colina, salió Sílvia Pérez Cruz, presta para rendir un sencillo y aromático tributo al clásico ‘Corcovado’.

Delicada caligrafía

La ampurdanesa tenía altos modelos en los que reflejarse, de Maria Creuza a Elis Regina, y adoptó un registro contenido, de precisa caligrafía y de melisma apenas insinuado, que solo se salió un poco de los raíles cuando, a solas con Colina, derivó en una adaptación de ‘The sound of silence’, de Paul Simon, un tanto acrobática. En otro sentido, la pareja nos deleitó, a dos voces, con uno de los hallazgos de su álbum ‘En la imaginación’ (2011), la tragicómica pieza ‘La tarde’, del cubano Sindo Garay, en que “las penas” que uno sufre son tantas que se atropellan y se agolpan unas a otras de modo que le dejan sano y salvo.

Los tres juntos brindaron al fin un rico periplo con vistas al Brasil que comenzó con un recuerdo de Toquinho al gigante João Gilberto, fallecido días atrás. Su música propició en su día “el más grande cambio de la música brasileña”, afirmó el cantautor, de quien dijo “él es la bossa nova”, todavía en presente. Toquinho seguramente no sabía que Gilberto había actuado en ese mismo escenario una noche de julio de hace 19 años.

El espíritu de La Fusa

‘Chega de saudade’, la canción con la que en 1959 comenzó todo, aludió al triunfo de las realidades sobre las nostalgias de la mano de una Pérez Cruz entregada a su embrujo, sobre una trama rítmica crecida y con extremo cuidado. Más paradas en puertos exquisitos, de los álbumes de La Fusa, a principios de los 70 (‘Eu sei que vou te amar’, ‘A felicidade’, la africanista ‘Berimbau’) a aquel ‘Atrás da porta’ que Elis Regina tomó prestado a Chico Buarque.

Cancionero compartido con técnica y suavidad, entre tenues sonrisas, ajeno a la gravedad, que en el bis se estiró con la elección más canónica, ‘Garota de Ipanema’, y con un tema más inesperado, ‘Aquellas pequeñas cosas’, que Toquinho grabó hace más de 30 años con su autor, Serrat (“mi amigo”). Una pieza que, sin encuadrarse en la tradición de la bossa nova, coincide con los clásicos de este género en su modo de consagrar la sencillez.