Ir a contenido

GESTIÓN CULTURAL

Barcelona, fuera de juego ante el 'boom' de los museos

La capital catalana desaprovecha el caudal turístico que en otras ciudades ha disparado las cifras de visitantes a las grandes pinacotecas

A unas colecciones que no pueden competir con las de París, Madrid o Londres se suman la falta de promoción y los bajos presupuestos culturales

Mauricio Bernal

Visitantes ante el edificio del MNAC, en Barcelona.

Visitantes ante el edificio del MNAC, en Barcelona. / RICARD CUGAT

Los turistas, el grueso de ellos, no vienen a Barcelona a ver museos. Será una afirmación que a muchos les parezca de perogrullo, pero llamativa, quizá alarmante, si se tiene en cuenta la oferta plural de la ciudad, y el potencial que suponen esos millones de visitantes extranjeros que cada año llegan a este rincón del Mediterráneo. Según los datos del 2018, 12 millones. ¿Disponer de semejante caudal de gente curiosa por descubrir lo que la ciudad tiene para brindar debería condicionar la gestión de los museos? La respuesta mayoritaria en el sector es que no es una obsesión, y de ahí para abajo, grises: queremos turistas, queremos turistas pero no programamos para ellos, el turista no nos suscita un especial interés. Las cifras, como de costumbre, son elocuentes, y hablan de que ese caudal, efectivamente, está desaprovechado.

De 12 millones de turistas extranjeros en el 2018, solo el 7,1% visitó el Museu Picasso

Veamos: son 12 millones de visitantes. Después del que está dedicado al mundialmente magnético FC Barcelona, el museo más visitado de la ciudad es el Picasso, que recibió en el 2018 prácticamente 1 millón de visitantes. De esos, poco más de 860.000 eran extranjeros. Cierto, son cientos de miles de forasteros interesados en la obra del pintor de Málaga, pero no representan más que el 7,1% de los visitantes. Visto con ojos más sangrantes, hubo 11,1 millones de visitantes que optaron por no ir. Siempre hablando de extranjeros, el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) lo visitaron poco más de medio millón (el 4,2%), y el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (Macba), algo menos de 200.000, el 1,6% del total. Son porcentajes bajos. Resulta en cambio que más de 4 millones de esos turistas foráneos pagaron entrada en la Sagrada Família, y más de 3 en el Park Güell. El desequilibrio es chocante.

El museo de la calle

"Son pocos los turistas que en Barcelona visitan museos –dice Carles Guerra, director de la Fundació Tàpies–. En una ciudad como esta, el turista visita los museos el día en que el tiempo está regular. Antes su prioridad es moverse por la ciudad, que al fin y al cabo es como un museo, un museo muy ameno: Barcelona tiene una experiencia de calle muy agradable y eso seduce, y con razón, a los visitantes". La Tàpies es un reflejo de la paradoja que se vive en los despachos de algunos museos de la ciudad, pues resulta que el porcentaje de turistas que la visitan ronda el ¡80%! ¿Pero en qué quedamos? ¿Los turistas van o no van a los museos? No, o no con gran furor, al menos: ese 80% de visitantes foráneos de la Tàpies representan unas 56.000 personas. En términos de los millones de turistas que visitan la ciudad, menos del 1%.

"Son pocos los turistas que en Barcelona visitan museos", dice el director de la Tàpies, Carles Guerra

La paradoja sobrevuela toda la ciudad: los datos de los museos municipales indican que en promedio el 70% de las visitas deben atribuirse a los turistas. Y de nuevo: son muchos turistas, ciertamente, pero el pastel es grande, y la rodaja de los museos es la del bebé de la familia.

Palabra de Foster

Ha de abrirse aquí el foco y echarse un vistazo más allá de las fronteras, a las ciudades y países europeos donde la realidad no solo es otra, sino que es diametralmente opuesta. No es por comparar: es por buscar un marco de referencia. El año pasado, en el contexto de los cursos de verano del Museo de Bellas Artes de Bilbao, el arquitecto y coleccionista de arte Norman Foster dijo aquello de que el arte es "una nueva religión" y los museos "nuevos templos de fe", en referencia a la explosión de visitantes que viven algunas de la grandes pinacotecas del mundo. Por la misma época, el informe anual de audiencias de ‘The Art Newspaper’ certificaba el 'boom' de los museos en todo el mundo, en parte relacionado con el auge del turismo. Es el juego que por ahora no juega Barcelona, a pesar de ser un polo turístico de fama internacional. En el ránking de museos del mundo, liderado por el Louvre con más de 8 millones de visitas (el año pasado superó la estratosférica cota de los 10 millones), el primer museo catalán era el Dalí (puesto 62), y Barcelona venía a aparecer en el puesto 78, naturalmente con el Picasso. De los 35 millones de visitantes que recibió París en el 2018, 7,5 millones visitaron el Louvre. El 21%.

"No hay presupuesto público para pensar en exposiciones importantes", dice Xavier Bru de Sala

Cualquier diagnóstico al respecto no puede limitarse a decir que Barcelona es un museo al aire libre, y que el grueso de los turistas prefieren la Sagrada Família y la playa. ¿Acaso la oferta museística no es lo bastante seductora? "Barcelona lo tiene muy difícil para competir con las ciudades que tienen grandes exposiciones, en gran parte porque no tiene patrimonio para intercambiar –dice el escritor, periodista y autor de varios libros en los que reflexiona sobre la marca Barcelona Xavier Bru de Sala–. Si uno no tiene cromos para dar, es difícil que le den los buenos cromos. Tampoco hay presupuesto público para que nadie pueda pensar en exposiciones importantes, o que merezcan al menos un breve en la prensa extranjera. Los turistas vienen a otras cosas".

Un Estado detrás

Enfrente, metafóricamente hablando, el comisionado de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, Joan Subirats, recuerda que la ciudad carece de "la capacidad presupuestaria de los equipamientos que cuentan detrás con el respaldo directo de un Estado" –refiriéndose a los grandes museos de ciudades europeas como París, Londres o Madrid–, subraya que equipamientos como la Tàpies, la Fundació Miró o el Macba "son equipamientos de ciudad", y de paso sostiene que no es estrictamente un problema de dinero, puesto que a pesar de la crisis, el ayuntamiento ha hecho un esfuerzo presupuestario a favor de la cultura. "Dedicamos el 5% del presupuesto a cultura –explica–. No hay ciudad en España que dedique más dinero a cultura, a excepción creo que de Bilbao. La Generalitat dedica el 0,7%". "Aunque siempre se puede hacer más", reconoce.

"El trabajo de atraer al turista es de las administraciones", dice Elisa Durán, de la Fundación La Caixa

¿Qué dicen en los museos? Cada museo es un mundo y cada director de museo ve las cosas a su modo. Ferran Barenblit, director del Macba, dice que es inevitable que "todos los museos de Barcelona tengan en cuenta el factor del turismo", porque "todos quieren tener un impacto en el turista", y añade: "Pero no programamos para ellos: programamos para el museo. No nos interesa que confirmen la idea que traían de la ciudad". La coordinadora general del CCCB, Elisenda Poch, explica que aunque "hay interés en atraer al turista", el centro cultural de la calle de Montalegre "está concebido como un lugar de encuentro y para que las visitas sean el producto de un acto individual. Trabajamos los públicos cada vez, quizá no artesanalmente, pero buscamos cada vez al público que puede estar interesado en determinada propuesta. Buscar al turista resulta muy ajeno a la forma de actuar del CCCB. Se concibió como una institución cultural, no turística". Caso aparte es el de Caixaforum, allá en la falda de Montjuïc, centro privado que hace una apuesta decidida y deliberada por el público local. Sobre algo más de 860.000 visitantes en el 2018, la proporción de extranjeros fue de apenas el 3,6%.

Falta de señalización

"Nuestro objetivo es contribuir a acercar la cultura a nuestra sociedad más cercana, eso quiere decir a nuestra ciudadanía –explica Elisa Durán, directora general adjunta de la Fundación La Caixa–. "El trabajo de atraer al turista corresponde a las instituciones públicas, que tienen que hacer lo posible por atraer ese turismo cultural". Lo cual conecta con, si no un clamor generalizado, sí un lamento larvado: que falta voluntad de las administraciones para realzar el patrimonio museístico de la ciudad. "La política comunicativa de Barcelona invisibiliza la existencia de grandes equipamientos y museos, lo que contrasta con ciudades como París o Londres, donde uno pasea por el metro y en las estaciones te puedes informar de cuáles son las exposiciones importantes que hay en la ciudad", dice Guerra. Durán, por cierto, recuerda que nunca llegó a buen puerto la iniciativa de la Montaña de los Museos, pensada para potenciar la oferta cultural de Montjuïc. Al respecto, Subirats dice que el ayuntamiento está trabajando con TMB y el Institut del Paisatje Urbà para mejorar la señalización en la calle y el transporte público. Ayudará, seguro, pero también es seguro que no es la panacea.

"El turismo –dice Amílcar Vargas, especialista en Gestión del Patrimonio Cultural y Museología– es un medio para mostrarse al mundo, y una manera de exportar un lugar. En Barcelona hay contenido. Más allá del patrimonio de cada museo, quizá haya que hacer énfasis en la creatividad a la hora de proponer experiencias significativas a largo plazo para el visitante, para que el prestigio que se gane en las exposiciones vaya en aumento". La visión de la academia, para terminar.