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crónica de teatro

'El bramido de Düsseldorf', Sergio Blanco mata al padre para resucitar la ficción

La nueva obra del dramaturgo franco-uruguayo deja boquiabiertos a los espectadores en el Temporada Alta con su complejidad

Manuel Pérez i Muñoz

Un momento de El bramido de Düseldorf.

Un momento de El bramido de Düseldorf.

Vaya fin de semana que hemos pasado en el Festival Temporada Alta de Girona con el tema de la muerte. Si viernes y sábado Alain Platel y Fabrizio Cassol nos dejaron el corazón agarrotado con el mestizaje africano de 'Requiem pour L', la guinda de la tarta fúnebre la puso domingo la nueva obra de quien ya es el dramaturgo y director de la temporada, el franco-uruguayo Sergio Blanco, con tres textos que acaban de pasar por el TNC. De nuevo tuvimos la ocasión de comprobar por qué lo está petando con obras como 'Tebas' Land o 'La ira de Narciso', vistas en ediciones pasadas del festival. Su teatro autorreferencial de múltiples capas brilla por su osadía, un desafío que plantea una vuelta de tuerca a la dicótoma realidad-fantasía. Con sus complejos andamiajes argumentales, Blanco está ayudando a apuntalar las gastadas estructuras de la actual dramaturgia de ficción. 

'El bramido de Düsseldorf', que así se llama la nueva obra, gira en torno a la muerte del padre del dramaturgo, un acontecimiento anticipado que en realidad no ha ocurrido. Este hecho nos da un indicio de cómo es esa autoficción de sus últimos trabajos, eso que la pieza describe como "el lado oscuro de la autobiografía, un pacto de la mentira". Blanco no se oculta detrás de un alter ego, su yo escénico interpretado por Gustavo Saffores habita el centro de la trama, una suerte de criatura multidimensional que es a su vez personaje y autor, actúa y dicta al mismo tiempo. A su alrededor orbitan otras creaciones, su padre y el rabino -ambos por Walter Rey-, y el resto, todos femeninos -por Soledad Frugone-, seres que en clave pirandelliana desafían la omnipotencia del autor, su versión de los hechos, como si la escritura hubiera dejado de ser una realidad monolítica.

La palidez de la escenografía nos evoca la habitación del hospital donde va a morir el padre. La presencia de los protagonistas en la ciudad alemana obedece a tres excusas: la inauguración de una exposición sobre el famoso asesino en serie, el Vampiro de Düsseldorf, el trabajo de Blanco para una productora de cine porno y la conversión del protagonista al judaísmo. Alrededor de esas hipotéticas tramas solidifican ideas secundarias como la violencia y los límites del arte, el impulso erótico y la representación de la sexualidad o la búsqueda de Dios. Alemania nuevamente vuelve a ser un símbolo en carne viva del siglo XX, una época que descubrió la muerte en serie de los campos de exterminio y que ahora en el XXI deja paso al asesinato masivo del terrorismo global.

Entre la vida y la moral

Interrupciones, saltos temporales, cambio de tono y vuelos poéticos; Blanco va construyendo una torre tan compleja que por momentos se tambalea, un riesgo que se conjura con altas dosis de ironía hacia el propio relato, sarcasmo incluso hacia su aire pretencioso. Nos cuesta entender que nada es real excepto todo lo que está pasando en el escenario, y entonces el engaño renace de sus cenizas en forma de ficción desnuda, por momentos ensayística con las obsesiones recurrentes del autor. "El arte no tiene moral", una afirmación para responder a Adorno: sí, se puede hacer poesía después de Auschwitz, porque incluso en la muerte de un padre se puede encontrar un acceso a la ternura. Gran aplauso final para reparto y director. Entre el público se encontraban destacados dramaturgos locales, seguramente igual de boquiabiertos que el común de los espectadores.