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entrevista

The Van Pelt: "La tristeza nos pilló por sorpresa"

Entrevistamos a Chris Leo, líder del grupo neoyorquino, con ocasión de su concierto el sábado en Apolo, en el 10º aniversario del sello La Castanya.

Kiko Amat

The Van Pelt, con Chris Leo, el primero por la derecha.

The Van Pelt, con Chris Leo, el primero por la derecha.

Una melancolía feroz y precoz sobrevolaba a The Van Pelt como un persistente halo de moscas. El extinto grupo de Nueva York, en su breve periplo activo (1993-97), logró forjar un estilo propio (receta: autoflagelación, propensión a la declaración ostentosa, ironía y desaliento sobre un lecho de pop. Añadir dos gotas de poshardcore cuando arranque a hervir) y entregar un puñado de canciones imperecederas. Se bautizaron con el apellido de Lucy de 'Peanuts' (homenajeando su faceta de psicoanalista amateur, tal vez), fueron profetas en Europa y algo parias en su país, editaron cinco singles y tres álbumes (uno de ellos póstumo) y luego lo mandaron todo al carajo largo tiempo. Chris Leo, socio fundador de la banda, nos cuenta el cómo y el por qué, antes de su actuación en Apolo este sábado junto con Hot Snakes, Flasher y White Magic en la fiesta de celebración del décimo aniversario del sello La Castanya. 

Cada vez que escucho 'Do the lovers still meet at the Chiang-Kai-Shek memorial' algo se muere en el alma. Erais jóvenes desilusionados e introvertidos. Tristones, vaya.

[ríe] Introvertidos seguro. Pero no nos pusimos tristes hasta el 'Sultans of sentiment' (1997). Creo que la desilusión y la tristeza llegaron entre el primer álbum y el segundo. No éramos así en la adolescencia. Éramos punks entusiastas. Creo que la tristeza se percibe de un modo más potente porque incluso a nosotros nos pilló por sorpresa.

Algo de esa melancolía debía ser innata. Las personalidades dañadas que uno intuye en vuestro segundo álbum se manifiestan de un modo muy sereno, sin nada de histeria.

Hacía 1997 ya nos había superado la desesperanza. No veíamos ningún futuro. No era algo fingido. En el primer álbum predominaba la rabia y un deseo de mejorar las cosas. Pero 'Sultans of sentiment' ya fue grabado desde el abatimiento: creíamos que todo el mundo iba a odiarlo, que nadie lo escucharía. De golpe, dejó de importarnos. Fue un shock cuando vimos que el disco gustaba.

Durante unos breves instantes creíste que The Van Pelt podían llegar a ser un grupo de masas como Nirvana.

Sí. Pensaba que el mercado iba a cambiar. En la taquilla de mi instituto yo tenía una pegatina de Nirvana, en la época en que sacaron 'Bleach' (1989). Yo era el prototípico punk de instituto que odian todos los 'jocks' del equipo de fútbol americano. De golpe, 'Nevermind' (1990) petó, y todos aquellos tíos me aceptaron. Fue un cambio salvaje, y todo por un disco. Nadie se lo esperaba. Así que yo, que aún era un joven punk lleno de esperanza, creí que el sistema entero iba a derrumbarse. Creí que la radio iba a volver a ser como en los primeros tiempos, cuando todo valía. Incluso creí que el congreso podía llegar a aplicar una cuota obligatoria de grupos independientes en la radio (pues se había demostrado que existía un mercado para ello). Por todo ello, creí que mi grupo era el siguiente paso evolutivo. Que The Van Pelt estarían en las listas.

Eso es mucho creer, ¿no?

No es una locura tan grande. 'Bitches brew' (1970) de Miles Davis vendió millón y medio de copias. A finales de los 60 y principios de los 70 el 'mainstream' iba lleno de música progresiva y experimental. Fue solo a finales de los 70 y a lo largo de los ochenta cuando la música de la radio volvió a ser solo pop, o rock clásico. Son solo 15 años de oscuridad. Así que existía un precedente histórico de música radical en las ondas. Al final vi que me había equivocado del todo. Y allí, en plena depresión, grabamos el segundo álbum [ríe].

Los rasgos distintivos del 'emo' son bastante parecidos a los vuestros.

[ríe] Pues sí. Si haces una lista de qué define al 'emo' como género, compartimos varias características. Una de ellas es la seriedad, y la otra es ser joven y naíf. No me sorprende que nos metieran en ese cajón. A la vez, siempre intentamos ser conscientes de nosotros mismos. 'Sultans of sentiment' es un disco serio donde nos reímos de nosotros por ser tan serios. A la vez, también nos sentíamos confundidos por las regresiones del punk de clase media, e intentábamos reflexionar sobre ello. Era un tipo de punk que podía permitirse ser punk. Ser punk cuesta dinero; no todo el mundo puede pagar el estilo de vida. En nuestra época veíamos grupos que iban de gira y no cobraban entrada, solo aceptaban “donaciones” en la puerta. Es lícito preguntarse a qué clase social pertenece un grupo que puede permitirse ir de gira sin cobrar. Nosotros teníamos que sobrevivir, pagar la gasolina y la comida; claro que cobrábamos entrada. Éramos muy conscientes de las paradojas que imperaban en el punk, especialmente las que tenían relación con la clase social. Intentábamos que se hablase de ello.

Tus letras a menudo suenan irónicas. Como si alguien lanzase una afirmación pretenciosa a la vez que se ríe de sí mismo por haberla lanzado: “Sacrifice to the new mysticism”, “to give credence to your semi-constructive argument”…

Me gustan los momentos embarazosos que existen entre un sí y un no, entre 'on' y 'off', entre serio y nada serio. Me gusta que la gente se sienta incómoda por un momento, la tensión que ello produce, y me gusta sentirme incómodo cantando ciertas cosas. Obligarme a mí mismo a preguntarme qué parte de lo que digo es seria y qué parte no lo es. Por ejemplo, en 'The speeding train' canto a “the puppy’s chin” [el mentón del perrito], que es una cursilada. Lo escribí para ver si me atrevía a ponerlo, y encima colaba. Y cuela, pero solo en el contexto del resto de elementos que no son cursis. Es la yuxtaposición entre la afectación y la seriedad total.

Es como si el compositor tuviese el cerebro partido en dos, y cantara un mensaje a la vez que está analizándolo.

[ríe] Es más o menos así. Nunca estuve del todo cómodo en mi rol de letrista (aún no lo estoy). Y eso se nota. algunas cosas están sobreanalizadas, a veces con efectos beneficiosos, a veces perniciosos. A veces era solo raro, y ya está.

A The Van Pelt os pasó lo mismo que a algunos grupos americanos o ingleses de los 60: erais mucho más apreciados en Europa que en vuestro país.

Por supuesto. Existieron algunos breves vórtices de nuestra carrera en que estuvimos a punto de ser apreciados en nuestra tierra, y nos cargamos esa posibilidad nosotros mismos. Es difícil imaginar qué podría haber sucedido. Hubo un momento, aunque ahora parezca imposible, en que nos contactaban las multinacionales, teníamos fans famosos y nos invitaban a ir de gira con grupos grandes. Pero nosotros mismos lo saboteamos. Nos negamos a formar parte de ningún gran sello. Y a pesar de ello, hacia la época de 'The speeding train', volvíamos a estar en camino al éxito. Cada vez venía más gente a vernos. Y entonces nos separamos. En Europa no fue así. Fue algo más regular, siempre fuimos apreciados y tengo la impresión (quizás errónea) de que casi siempre dimos buenos conciertos.

Sueles mencionar a grupos como Bob Tilton como hermanos espirituales de The Van Pelt, pero yo siempre os había visto emparentados con Seam, de Chicago.

Sí y no. Cuando me mudé a Nueva York la ciudad aún estaba en periodo Salvaje Oeste, y podías beber en bares siendo menor de edad (como yo era). De golpe llegó Giuliani, el nuevo alcalde, y lo prohibió, así que entre los 20 y los 21 dejé de ir a bares. La noche en que cumplí los veintiuno, y ya podía beber, fui a ver a Seam. Ese fue mi gran regalo a mí mismo: ir a ver a un gran grupo y beberme una cerveza. Conocíamos a Sooyoung Park porque el grupo de mi hermano [Ted Leo], Chisel, se había mudado a Chicago, y nosotros solíamos viajar allí a tocar con ellos. Allí vimos tocar a Seam muchas veces. Seam fueron una gran influencia en The Van Pelt, más que hermanos espirituales. Tomamos de ellos lo musical, más que lo lírico. Sus canciones eran muy sencillas: comunicaban mucho usando muy pocos elementos. Eso lo tomamos de Seam.

Siempre he berreado 'We are the heathens' como himno underground, pero en realidad habla de Estados Unidos.

Es pesimismo sarcástico. La letra sugiere que este país, que fue uno de los más grandes del mundo, se construyó con perdedores de otros países. Un imperio próspero se construye con una mezcla de civilización y paganismo. En el punto medio se halla lo ideal: si eres demasiado civilizado careces de voluntad de conquista, estás demasiado cómodo en tu 'joy de vivre'; si eres demasiado hedonista e impío, eres un país demasiado caótico para mantener un imperio. Yo pensaba que nos alejaríamos del hedonismo, que nos volveríamos más civilizados. Me equivocaba: Estados Unidos es salvaje por naturaleza.

Ese espíritu medio pesimista, medio hedonista, me hace pensar que The Van Pelt serían un grupo perfecto para el Berlín de los 30. Una sensación de gozo mezclada con catástrofe inminente. Podríais salir de fondo en un libro de Christopher Isherwood.

[ríe] Me has dado una gran alegría. Weimar es mi periodo histórico favorito. Me gustaría haber vivido los últimos días de esa República. Crecí en la parte italo-irlandesa de Nueva Jersey, y en mi instituto todo el mundo estudiaba italiano o español. Pero yo me puse a estudiar alemán, porque estaba fascinado por lo oscuro y sombrío, y la belleza que se esconde detrás de ello.

En un concierto en Barcelona dijiste que 'The speeding train' era tu mejor canción. ¿Es así?

Creo que sí. Parece que estemos haciendo muchas cosas en esa canción, pero no es así. No estamos ni cambiando de acorde la mayoría de las veces. Solo cambia el bajo, y eso me encanta. Lo que no tocas es igual de importante que lo que tocas. Líricamente creo que vuelve a tocar esa fina línea entre la conciencia de uno mismo, y la no conciencia de uno mismo. Dice cosas perfectamente comprensibles, y otras muy complicadas. Mi voz es medio buena, y medio terrible. Es la canción prototípica de The Van pelt.

Eres el único músico de los noventa que está cada vez más flaco, en lugar de más gordo, según pasan los años. Y no es por consumo de heroína (asumo).

[ríe] Trabajo en una empresa de exportación de vino orgánico italiano, y me paso el día moviendo cajas de aquí para allá, y bebiendo vino. A veces me siento lleno, pese a no haber comido, pero lo único que tengo en el estómago es vino. Esa es mi dieta. Gracias a ella luzco esta pinta de yonqui inglés.