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GALARDÓN

La poeta uruguaya Ida Vitale gana el Cervantes 2018

La autora tiene 95 años y es la quinta mujer que obtiene el más importante premio de las letras en castellano

Elena Hevia

La poeta uruguaya Ida Vitale.

La poeta uruguaya Ida Vitale. / PABLO PORCIUNCULA BRUNE (AFP)

“No hago predicciones doblemente fantásticas” dijo muerta de risa hace cuatro años a este periódico la poeta Ida Vitale cuando se le preguntó si en Uruguay, su país de origen, con el que ha mantenido una relación de amor y desencuentros, celebrarían que por fin se le hubiera concedido el Premio Cervantes. Pero ha sucedido. Vitale, 95 vitales años todavía, que este año ha vuelto a radicarse en Montevideo, para instalarse cerca de su hija, ha podido comprobar la alegría de sus compatriotas en directo. Casi 40 años han pasado desde que el premio distinguió a Juan Carlos Onetti, el gran autor uruguayo, que lo obtuvo en 1980. Es también la quinta mujer que lo logra después de María Zambrano (1988), Dulce María Loynaz (1992), Ana María Matute (2010) y Elena Poniatowska (2013).

La Szymborska en castellano

Poco dada al sentimentalismo, lo primero que Vitale respondió al ministro de Cultura José Guirao que le anunció por teléfono que contra todo pronóstico –por lo menos este año- ella había sido la ganadora, es si los españoles nos habíamos vuelto locos: “Como en los tiempos de la conquista”, remachó. Así es ella, irónica y un punto amarga, como su poesía que podría equiparse en ligereza y en sentido del humor a la de Wislawa Szymborska. 

La tristeza la expresó recordando a su marido, el también poeta Enrique Fierro, 18 años más joven que ella, que falleció en 2016. Su falta –estuvieron juntos 50 años- ha sido la causa de su regreso a Montevideo. “Él me hubiera ayudado a soportar esto”, comentó abrumada. 2018 es, sin duda, el año Vitale porque al anuncio del Cervantes se une el ya hecho público Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que se concede en el Festival de Guadalajara.

Ida Vitale, junto a su marido, Enrique Hierro, en el 2014 / FERRAN NADEU

La lectura de un poema de Gabriela Mistral que de niña tuvo que aprenderse de memoria, unido a su amor por la naturaleza (al igual que la francesa Colette ella conoce el nombre de todas las plantas) y el conocimiento del exiliado José Bergamín que fue su maestro en sus estudios de Humanidades marcaron su destino de poeta. Se casó muy joven con Ángel Rama, uno de los intelectuales más influentes del momento, y como él dio clases en la Universidad. Allí a finales de los 60 se enamoró de Fierro, alumno suyo y de su marido, un asunto que la sociedad uruguaya de momento vivió con un cierto halo escandaloso. 

En 1974, huyendo de la dictadura militar, la pareja se instaló en México bajo la protección de Octavio Paz. Otra de sus grandes influencias fue la de Juan Ramón Jiménez que tras recibir el segundo poemario de Vitale, ‘Palabra dada’, aseguró que había llenado su nombre de misterio y encanto. Tras una breve vuelta a Montevideo a finales de los 80 se instalaron en Austin, Texas.

Desde que en 1949 publicó su primer libro, 'La luz de la memoria', se convirtió en una de las figuras centrales de la poesía latinoamericana, integrada en lo que el crítico Emir Rodríguez Monegal denominó Generación del 45. Su creación poética se recogió el pasado año en el volumen ‘Poesía reunida’ (Tusquets) en edición a cargo de Aurelio Major, uno de sus mayores conocedores.  Para el crítico ella es, sin duda, la más joven, por innovadora, poeta de la lengua española y remata: "Los nuevos poetas 'uber' harían bien en leerla para que se les cayera la cara de vergüenza".