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CRÓNICA

Madeleine Peyroux, más allá de la tristeza en el Palau

La cantante desplegó su estilo agridulce combinando los guiños a Cohen, Gainsbourg y Billie Holiday con el repertorio mayoritariamente propio de su nuevo disco, 'Anthem'

Jordi Bianciotto

Madeleine Peyroux, en el Palau de la Música

Madeleine Peyroux, en el Palau de la Música / ACN / ANDREA ZAMORANO

Se dio a conocer transmitiendo una debilidad por el blues y el jazz de otros tiempos y y dando aires propios a composiciones de otros, y poco a poco ha ido invirtiendo los términos: ahora, Madeleine Peyroux cultiva sus dotes como cancionista y utiliza aquellos géneros clásicos para dar un aroma evocador a piezas que dialogan también con fuentes más contemporáneas asociadas al folk, el pop o el funk. Sea como sea, su voz artística sigue siendo sólida, como lo es su modo de cantar a las vidas descarriadas y los cataclismos del alma sin que se hunda el mundo.

Peyroux pasó este sábado por el Palau (50º Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona) un poco más crecida como autora (aunque firma siempre en tándem con su equipo de confianza, incluido el productor Larry Klein, excómplice de Joni Mitchell) y en disposición de presumir de nueva obra, ‘Anthem’, que debe su título, no obstante, a una canción de Leonard Cohen revisada con modos muy libres. Así abordó también, en el tramo inicial de la noche, ‘La javanaise’, de Serge Gainsbourg, dejando que la melodía original fluyera en nuestras cabezas mientras ella improvisaba valiéndose de su precisa intuición.

Los ídolos que se fueron

El nuevo material marcó territorio: Peyroux interpretó nueve de sus doce canciones. Manejando tanto la guitarra acústica como el ukelele (la melancólica ‘All my heroes’, inspirada en los referentes perdidos, como el mismo Cohen), se introdujo en un blues electrizante con tacto rockero (‘Brand new deal’) y en un jazz-funk viciado, a lo Steely Dan, en ‘Brand new deal’ (“el nuevo negocio”, presentó en castellano aludiendo a una crítica al capitalismo).

Su timbre y entonación vocal a la antigua dieron cohesión a esas canciones de sabores cambiantes, incluyendo agradables ejercicios propios de 1940: ‘On my own’, que presentó como una “una canción feliz” pese a que clama por la soledad como gran tesoro. Peyroux parece arrastrar un complejo de artista triste, ya que presentó otra de las nuevas piezas, ‘Honey party’, como, esta sí, “la única realmente feliz” de su repertorio. “Sobre una abeja”, precisó. Cuando una artista busca inspiración en el mundo animal para encontrar motivos de felicidad quizá haya que preocuparse.

Sus cuatro músicos la dejaron sola en un pasaje que incluyó la incursión en el castellano de ‘No soy de aquí’, del argentino Facundo Cabral. Peyroux autosuficiente, transmitiendo mucho con muy poco. Despidiéndose luego invocando a Cohen una vez más (‘Dance me to the end of love’) y a su también querida Billy Holiday en ese ‘(Getting some) fun out of life’ representativo de su lugar en el mundo, cantando al apetito vital más allá de la tristeza.