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INTERFERENCIAS

Sitges 2018: la jornada del jueves, en píldoras

De las guitarras y cuchillos de 'Lords of Chaos' a la fotocopia del 'giallo' de 'Abrakadrabra'

Rafael Tapounet

Un fotograma de Lords of Chaos

Un fotograma de Lords of Chaos

'Spinal Tap' sangriento

La del black metal noruego debe de ser la única escena musical que admite una radiografía en clave tanto de falso documental paródico a lo 'Spinal Tap' como de película de horror gótico, con suicidios rituales, asesinatos bárbaros y piromanía satánica. El sueco Jonas Åkerlund, que ha tocado la batería en la banda de metal vikingo Bathory y ha realizado clips para Madonna y Lady Gaga, transita por ambos registros en la estupenda 'Lords of Chaos', hiperviolenta crónica del devenir del grupo Mayhem (¿han oído alguna vez la expresión "guitarras como cuchillos?". Pues estos tipos prescindieron de las guitarras) que funciona también como afilado retrato de una juventud desorientada y mema hasta la abyección.


Los zombis nazis deben morir

El rock and roll, pues, hay que buscarlo en otra parte. Por ejemplo, en la dinamitera 'Overlord', del australiano Julius Avery, improbable cruce de 'Dunkerke', 'Doce del Patíbulo' y 'Re-Animator' que arrancó aullidos de júbilo de la siempre agradecida platea de Sitges con su fastuoso diseño de producción, sus magníficos efectos de maquillaje y sus supervillanos nazis empeñados en llevar lo del Reich de los mil años hasta sus últimas consecuencias. Un 'blockbuster' palomitero de corazón 'pulp' producido por J. J. Abrams en el que los americanos salvan al mundo de un apocalipsis zombi y Wyatt Russell se revela como un héroe de acción a la altura de papá Kurt. Una fiesta.


Tatuajes anacrónicos

Dos formas opuestas de aproximarse al 'giallo': de la discutida pero libérrima y personal versión de 'Suspiria' que inauguró el festival al simpático (aunque artísticamente inane) ejercicio de caligrafía que proponen los hermanos Nicolás Luciano Onetti en 'Abrakadabra'. Realizada con papel de calco, la película es más un catálogo de planos y movimientos de cámara propios del cine de terror italiano de los años 70 que una reivindicación del género verdaderamente útil. Posee, eso sí, cierto encanto kitsch. Que la acción transcurra en Turín y los coches tengan matrícula de Argentina es una minucia que no atenta contra la coherencia formal de la cinta, pero, ay, que las actrices luzcan tatuajes... Eso sí es un anacronismo que ningún aficionado cabal al 'giallo' puede pasar por alto.

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