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CRÓNICA

Rubén Blades, un arrollador último bis en Porta Ferrada

El cantante panameño ofreció un imponente y generoso concierto en Porta Ferrada en la gira de su "adiós a la salsa"

Jordi Bianciotto

Rubén Blades, en un actuación del viernes por la noche en el festival de Porta Ferrada

Rubén Blades, en un actuación del viernes por la noche en el festival de Porta Ferrada / XAVIER CASALS

La gira con la que Rubén Blades escenifica su “adiós a la salsa” trae cola y, un año después de su tremenda exhibición en el Poble Espanyol, el panameño pasó por Porta Ferrada cargado una vez más con su cancionero de trópico y poesía, intelectual y socialmente perspicaz. Es lo que tienen las despedidas, que refrescan la memoria y de repente se multiplican y estiran los últimos abrazos. Pero aunque lo de Blades, este viernes en Porta Ferrada, pudiera ser un poco redundante, ¿quién puede negarle el sentido a un último bis de un gigante de la música popular en el clímax de su vida?

No se trató de una repetición de aquel concierto: Blades cambió canciones de su vasto repertorio, jugando una vez más con él, y se presentó con una formación ampliada, con 20 músicos (en aquella ocasión fueron 13) y el empaque corregido y aumentado de la Big Band de Roberto Delgado. Rompiendo el hielo, y recordando de dónde sale todo, ‘Las calles’, costumbrismo de barrio de trazo seco, extraído del disco de madurez ‘Cantares del subdesarrollo’, allá donde “la vida y la muerte bailan / con la cerveza en la mano”. Y de ahí a rendir honores a ‘Pablo Pueblo’, vestigio de la fértil alianza con Willie Colón.

De Héctor Lavoe a Paco de Lucía

El señor Blades, con su traje y su sombrero de ala corta, luciendo una voz a tono, se tomó el concierto como un homenaje no tanto a sí mismo como a la misma salsa, la música latina de una era, y no escatimó menciones a compositores, cantantes y arreglistas asociados a esas canciones que él, eso sí, un día supo llevar a otro plano. Con elegancia y ánimo didáctico, recuperó todas esas músicas con las que dotó de dignidad y un poco de épica la narrativa de las clases populares, mezclando jocosas historias de embarazos no deseados (‘Decisiones’) con el señor homenaje a Héctor Lavoe (‘El cantante’) y un par de incursiones en el swing a lomos de ‘Watch that happens’ y ‘The way you look tonight’. En ‘Todos vuelven’ desfilaron por la pantalla añoradas amistades como Lou Reed, Paco de Lucía (“estábamos por hacer un disco”, recordó) y Celia Cruz.

Baile desatado

Con ‘Ligia Elena’, la deliciosa historia de la “cándida niña” que se fugó con el trompetista (“mientras tristes, los padres, preguntan: ¿en dónde fallamos?”), la grada del Espai Port comenzó a registrar algunas bajas, pero no es que esos asistentes se fueran a dormir sino que saltaron a la pista a bailar. Natural. Ahí, a pie de escenario, el disfrute era mental y físico. Rubén abrió una cuña con canciones no previstas en el guion: ‘Amor y control’ (“la familia siempre es importante”) y ‘María Lionza’, cita esta al álbum de referencia ‘Siembra’ (1978), encuentro con Colón, que Blades dedicó “a la gente de Venezuela”.

Desde luego, su repertorio no depende de una sola canción, pero cuando sonó ‘Pedro Navaja’ (“la que todo el mundo estaba esperando”, bromeó) la fiesta ya fue total, con su tramo último, en torno a esas “sorpresas” que “te da la vida”, multiplicando las sonrisas en la pista. Blades la dilató con una propina a través de ‘Maestra vida’ (“la escribí cuando tenía 30 años y el 16 de julio cumplí 70”) y ‘Muévete’, con música de Juan Formell (Los Van Van) y dedicada en su momento a Mandela. Culminando casi dos horas y media de sesión de ciencia y ritmo, a la vez culta y popular. Un reconstituyente bis para después del adiós, o del hasta luego.

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