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CRÓNICA

Miguel Ríos, sinfónico pero rockero en Pedralbes

El cantante granadino exhibió poderío en el recorrido a sus clásicos con envoltorio orquestal en el Festival de Pedralbes

Jordi Bianciotto

Miguel Ríos, en el Festival Jardins de Pedralbes

Miguel Ríos, en el Festival Jardins de Pedralbes / CALVERA - GARCÍA - PARAMES

Miguel Ríos: ¿pero no se había retirado? Pues eso parecía, pero si bien en los conciertos existe esa institución llamada bis, el cantante granadino se ha acogido a ella para aplicarla a su misma carrera. El ‘revival’ de ‘El gusto es nuestro’ (2016) ya lo sacó de la madriguera cinco años después del adiós, y luego, tras aceptar la tentadora invitación de un concierto orquestal en la Alhambra, una cosa ha llevado a la otra, ya saben, y en fin, ahí le tuvimos este jueves, como si el tiempo se hubiera parado, recorriendo sus clásicos uno a uno en el Festival Jardins de Pedralbes.

Viéndole nos quedó claro que su retirada no tuvo nada que ver con una hipotética merma de sus facultades. El señor Ríos (74 años) exhibió un arrollador poderío tanto vocal como escénico, y no utilizó la orquesta como coartada para hacer de baladista. Nada de eso: “¡Esto es rock’n’roll también!”, exclamó el granadino después de una apertura a través de la un poco nostálgica pero vigorosa ‘Memorias de la carretera’ y del subidón instantáneo de ‘Bienvenidos’ (saludando en catalán “als fills del rock’n’roll”). Miguel Ríos en estado puro, latiguillos incluidos: su clásico “¡no se os oye!”.

Inspiración ‘heavy’

Rock’n’roll, sí, y sinfonismo, con grupo eléctrico (los Black Betty Boys) y orquesta, la de Universal Music, dirigida por Carlos Checa. Un total de 56 músicos suministrando envoltorios exuberantes (mencionemos la fantasía andalusí de ‘Boabdil el chico’) en diálogo con una batería atronadora y un guitarrista con ramalazos ‘heavy’. De hecho, Ríos mencionó a Metallica (y su ‘S&M’) como fuente inspiradora antes de aventurarse en el ‘crescendo’ que condujo ‘Reina de la noche’ a ‘Un caballo llamado muerte’, con su memoria de los años en que la heroína causaba estragos.

Las baladas adoptaron formas corpulentas: de ‘El río’ (con un recuerdo a su autor, Fernando Arbex) a ‘No estás sola’, y de ahí a  un ‘Todo a pulmón’ con desenlace épico y a una dedicatoria a los implicados en las caravanas de las giras del rock en ‘El blues del autobús’. El llamativo ritmo ‘disco’ de ‘El sueño espacial’ (“cuando la escribí soñaba que sonara como esta noche”) y un ‘medley’ rocanrolero encabezado por ‘Rock around the clock’ que acabó por levantar de sus sillas a los más resistentes.

Denota un complejo de inferioridad cultural pensar que una canción de rock deba ser mejor porque la toca una orquesta sinfónica, pero no parece que Ríos, en este tiempo añadido a su carrera, se haya movido tanto por un afán de prestigio como por el disfrute y la sublimación de cierto ideal latente su obra: su talante artístico siempre ha sido poderoso, lírico y atento a los matices instrumentales (no hay más que recordar los teclados y la flauta de Thijs Van Leer, ex-Focus, en los días de ‘Rock & Ríos’). Así que no fue ajeno a su naturaleza ese empaque que siguió arropándole en la últimas cartas, ‘Los viejos rockeros nunca mueren’ (aunque “siempre vuelven” y “mienten mucho”, ironizó), ‘Santa Lucía’, ‘Vuelvo a Granada’ y el humanista ‘Himno a la alegría’. Un lujoso bis para su carrera. ¿El penúltimo?

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