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CRÓNICA

Ruper Ordorika, campos magnéticos

El cantautor de Oñati ofreció un poderoso recital en solitario en su regreso a Barnasants después de 20 años

Jordi Bianciotto

Ruper Ordorika durante su actuación en el Auditorio Barradas.

Ruper Ordorika durante su actuación en el Auditorio Barradas. / MIGUEL MORALES LÓPEZ

Hay artistas que parece que busquen al público con la mirada y con cada uno de sus actos y armonías y otros que permanecen en una posición fija dejando que sus canciones actúen como un imán. Las de Ruper Ordorika, como las de Mark Eitzel o Tindersticks, crean campos magnéticos que van más allá de la suma de palabras y acordes, y que sitúan al oyente en un absorbente estado mental, como ocurrió este domingo en el auditorio Barradas.

En su regreso a Barnasants, festival al que no había vuelto desde que, en su tercera edición, en 1998, presentó ‘So ‘ik so’ en las Cotxeres de Sants, el cantautor de Oñati construyó esa atmósfera valiéndose tan solo de su voz penetrante y sin afectación, y de un par de guitarras, una acústica que tocó sin púa y una eléctrica con caja. Ligero de equipaje, jugó con su cancionero hasta el punto de que no interpretó ni una pieza de su último disco, ‘Guria ostatuan’ (2016), quizá porque ya se ha cansado de hacerlo durante el último año y medio.

Atmósfera introspectiva

Pero sean cuales sean los títulos elegidos, se diría que Ruper Ordorika hace de todo el recital una larga canción que va modulando bajo un cielo encapotado e invitando a una paulatina introspección. Diálogos con uno mismo en torno a la belleza (‘Edertasunaz mintzo’), a los buenos presagios del viento de cuaresma (‘Ezbaieko gogoan’) y a unas playas imaginarias en las que el mar y el tiempo son todos tuyos (‘Hondartza galduan’). Piezas de sus discos del siglo XXI y contados rescates de partituras como ‘Ene begiek’ (mis ojos), de sus primeros tiempos, con texto de Joseba Sarrionandia, y ese ‘Martin Larralde’ dedicado al desdichado ‘bertsolari’ del siglo XIX.

Las canciones fueron acumulando un peso y un poder emocional que alcanzó su punto más álgido en la conmovedora ‘Bihotz begiekin’, aludiendo a los “ojos del corazón” con los que ve paisajes de tilos hoy asolados por la motosierra. Un Ordorika que se pregunta si él es el aguafiestas o “el perezoso que quiere detener la rueda del bienestar”, y que condujo a las fibras tradicionales de ‘Ama Euskadi’, de Etxahun-Iruri, y a la visita a los cuarenta ladrones de ‘Mila gau’, con los asistentes incapaces de retirar su mirada de su arte de la canción, discreto y magnético.

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