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CUENTA ATRÁS DE LOS PREMIOS DEL CINE ESPAÑOL (3)

Enrique López Lavigne: "Hay que rejuvenecer nuestro cine de arriba abajo"

Entrevista con el productor madrileño, que opta a una veintena de premios Goya con sus largometrajes 'Verónica', 'La llamada', 'Oro' y 'Selfie', y el corto 'Madre'

Julián García

Enrique López Lavigne, fotografiado esta semana en su oficina de la productora Apaches, en el edificio Torres Blancas de Madrid

Enrique López Lavigne, fotografiado esta semana en su oficina de la productora Apaches, en el edificio Torres Blancas de Madrid / JOSÉ LUIS ROCA

"El cine, para mí, es una pasión devoradora", reconoce López Lavigne (Madrid, 1967), productor de oro del cine español, desbrozador de nuevos caminos, descubridor de talentos. En su día, fue el hombre detrás de 'Lo imposible' y 'Un monstruo viene a verme', de J. A. Bayona, de '23 semanas después', de Juan Carlos Fresnadillo, o de 'Extraterrestre', de Nacho Vigalondo. Y este año, cinco de sus producciones optan a 20 Goya: 'Verónica', de Paco Plaza, 'La llamada', de los Javis, 'Oro', de Agustín Díaz Yanes, ‘Selfie’, de Víctor García León, y 'Madre', de Rodrigo Sorogoyen. Incansable y carismático -el aire de 'rock star', las patillas de calibre bandolero-, López Lavigne conversa con este diario sobre los inminentes Goya, sobre su especial modo de entender el cine y sobre los nuevos y difusos tiempos de interacción entre pantallas.

Usted ha dicho en alguna ocasión que se considera un productor "creativo e invasivo". Un productor tiene tres funciones principales. Por un lado, buscar financiación. Por otro lado, gestionar la parte creativa. Y, por último, gestionar la película. Hay productores que solo se dedican a una función. Otros acaparan las tres. Yo soy de estos últimos. Me vuelco en todo el proceso. En cualquier caso, me fascina la parte creativa. En cuanto a ser invasivo… ¿Cómo no lo vas a ser cuando te juegas tanto? Y no solo en lo económico o tu credibilidad personal, sino en la reputación de un director o un actor que ha apostado por ese proyecto. La responsabilidad es brutal. Si lo piensas fríamente, ¡el productor es un ser absolutamente irresponsable!

Este año sus películas suman 20 nominaciones a los Goya. ¿Cuál es el secreto? No hay una respuesta. Cada una de las películas es un mundo en sí mismo, pero todas tienen algo en común. De entrada, buscan una base empática con el espectador. Y todas tienen un elemento de energía, de riesgo, de textura artística, que las hace especiales. 'Verónica', por ejemplo, está destinada a ser un clásico del cine de género español. Era un proyecto que tenía entre manos desde hace siete años basado en un caso real de posesiones que descubrí a través de 'Cuarto Milenio'. Buscaba un director que tuviera la valentía de incorporar el elemento naturalista a un discurso de cine de terror. Y Paco Plazo se atrevió. Y ha triunfado.

Siendo cine de género, 'Verónica' ha sido nominada a mejor película en los Goya. El mérito es doble. Es que 'Verónica' ha trascendido el género. La gente ha empatizado con la película porque más allá de ser un 'thriller' paranormal, explica la historia de un personaje real, el de una chica que transita entre la adolescencia y la madurez. Y lo que sucede en la película es algo que te importa. En un entorno, además, que la gente conoce. Porque no aunque hayas vivido nunca en Vallecas, tú ese barrio lo conoces.

'La llamada' tiene cinco nominaciones. Es un pequeño gran fenómeno. 'La llamada' es un sueño. La produje con la idea que fuera un ‘sleeper’ y así ha sido: algo muy bonito, muy pequeño, lleno de corazón y energía, que ha llegado muy lejos. Es una película de su tiempo, un producto eminentemente 'millennial': ha conectado de maravilla con un público joven que no iba a las salas de cine ni consumía cine español.  Te encuentras mensajes en redes de gente que te dice que es la primera película española que ve en su vida, o que es la mejor que ha visto nunca. ¡Es bueno ir descubriendo vocaciones!

Alex de la Iglesia dijo el otro día que los Goya son más bien una plataforma de apoyo y promoción de películas y que sus películas no necesitan los Goya. ¿Qué opina usted? Aparte de que a De La Iglesia le tienen que dar igual las nominaciones o los espectadores, porque su cine es soberbio y una marca de prestigio, yo creo mucho en lo coyuntural. Hubo momentos de crisis en los que la presencia de cine comercial como 'Los otros' o 'Lo imposible' era totalmente necesaria en los Goya. Este año es curioso, porque las películas son más pequeñas, más diversificadas. Unas están rodadas en catalán, otras en euskera, otras en inglés, con historias muy distintas. La Academia podría haber apostado por algo como ‘Perfectos desconocidos’, con 20 millones de euros recaudados, o por comedias que lo han petado en taquilla. Pero ha preferido un cine más artesanal. Uno de los rasgos más interesantes de nuestra industria recientes es la diversidad. Y el público empieza a tener una nueva percepción del cine español, busca otras cosas. Paul Schrader dijo en una entrevista que no se trata de que las películas que hacemos ahora sean peores, sino que ahora mismo la audiencia no necesita las películas que quizá demandaba en los años 70. Estamos en ese estadio. Todo está cambiando.

¿Los modos de consumir cine son, quizá, el gran cambio que estamos viviendo? Es muy distinta la visión que pueda tener el espectador, el productor o el exhibidor. Nadie está de acuerdo. Lo cierto es que ha habido una evolución en muy poco tiempo hacia las multipantallas: el cine, la televisión, la tableta, el móvil. Y que nunca se ha visto más cine que hoy. Tú en tu juventud querías ver ‘Simón del desierto’ y tenías que esperar siete años a que un cine club de tu ciudad la proyectara. Cuando era chaval iba al cine a que me echaran lo que fuera: un programa de sesión continua. Te ibas con un bocata, te tragabas tres películas y no sabías qué ibas a ver.

No había información previa, ni tráileres. Se iba un poco a ciegas. Era una aventura. Ahora tienes toda la información: 'ratings', puntuaciones previas. Te puedes perder un poco. Decía antes que nunca se ha visto tanto cine como ahora, pero tampoco nunca se ha visto peor. De forma apresurada, con prejuicios sobre las películas antes de que se vean. Y puede pasar que entre tanta oferta te pierdas joyas como ‘Good time’, que una obra maestra absoluta y que no se ha estrenado en cines y se ha visto solo en Netflix.

"Uno de los rasgos más interesantes de nuestra industria es la diversidad. Y el público empieza a tener una nueva percepción del cine español"

¿Cómo vive usted, como productor, este momento de transición? Yo soy muy optimista. Ahora todo parece confuso, con mezcla de salas de cine y plataformas de televisión de pago, pero es una transición necesaria. Hace 15 años, un productor solo recibía beneficios del tíquet de taquilla. Hoy sigue siendo lo más importante, pero cada vez influye más que una película pueda estar en una plataforma que pueda llegar a 190 territorios. Y para las nuevas generaciones, que están alejadas del cine tradicional, que lo consideran un lujo o un simple evento sin más, el hecho de consumir cine en cualquier plataforma, pantalla y horario también crea una adicción necesaria.

Este año, se ha detectado en el Festival de Sitges, por ejemplo, un público más joven que en las últimas ediciones. ¿Es una buena señal? La generación 'Stranger things', a diferencia de la generación de los 'Goonies' o la nuestra, aún más remota, no conoce la sala de cine, o se ha asomado al cine a la imagen de una manera muy distinta a nosotros. No les vas a castigar por eso. Al contrario. Las discusiones de cinéfilos que tenemos en las redes sociales deben de ser patéticas para esos tíos jóvenes que ven 'Stranger things', 'Juego de tronos' o 'The end of the f***ing world'. Supongo que como nosotros veíamos a los que hablaban de películas maravillosas que eran mudas. En cualquier caso, tenemos que rejuvenecer nuestro cine de arriba abajo, en todos sus esquemas. Que yo sea considerado un productor joven con 51 años es un error. Que los directores jóvenes sean tipos de 35 años es un error. Que el espectador joven no vaya a la sala es un error. El relevo generacional no está produciendo. Así que si la adicción al cine viene por otros sitios, sea la multipantalla o lo que sea, hay que fomentarlo.

Además de triunfar en el cine, lo está haciendo también en televisión. ‘Vergüenza’ ha sido uno de los hitos del año en Movistar+. Era un proyecto que llevaba siete años moviéndose. Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero habían producido un piloto, pero tuvo que madurar la televisión de pago, y tuvo que madurar la ficción española, para que Movistar+ apostara por ella. Durante estos siete años, la enseñábamos en las televisiones y nos miraban como si estuviéramos locos. Estamos sorprendidos y contentos de que algo tan extremo y provocador haya triunfado, porque es el anticoncepto de TV: vas a ver una serie que te obliga a no mirar la pantalla en muchas ocasiones, algo que te hace sentir vergüenza y fascinación al mismo tiempo.

Es una serie incómoda de ver, una especie de 'The office' a la española. No se trata de mal gusto, sino de retratar situaciones que nadie se ha atrevido a hacer en nuestra televisión. Es un poco, salvando las distancias, como el cine de Azcona y Berlanga. 'Vergüenza' somos nosotros en el siglo XXI: el español que todavía no ha evolucionado. El mundo se tiene que adaptar a él porque él no se piensa adaptar al mundo.

¿Cómo ve la interacción entre cine y televisión? La frontera está poco clara. Es algo brutal. Vas a un preestreno en cine de ‘La peste’, que es algo hecho para televisión, y los formatos se confunden. ¿‘Twin Peaks’ 3 es cine o televisión? ¿O lo es todo? Las multipantallas rompen la barrera. Tú y tu abuela igual veis algo en una televisión grande en horario normal, pero igual un chaval joven lo ve en ‘streaming’ en el móvil y de madrugada.

"El cambio en el sistema de ayudas al cine está bien, pero tiene pegas. Se penaliza al joven talento, y la dotación es insuficiente"

En estos tiempos difusos, ¿le pediría algo al Gobierno español para hacer más fácil su trabajo? Los políticos deberían entender que no hablamos de cultura para unos pocos sino de la necesidad de abrir las puertas a la industrialización del cine, que en EEUU es el segundo sector más importante. En este momento hay un caldo de cultivo para crecer. El cambio en el sistema de ayudas está bien, pero tiene pegas. Se penaliza al joven talento, y la dotación es insuficiente: 30 millones de euros. Debería multiplicarse por tres, y aun así sería poco comparado con los 400 millones italianos o los 700 franceses.

¿Usted lo habría tenido más fácil si en lugar de trabajar en España lo hubiera hecho en Francia, por poner un ejemplo? Soy medio francés y no conozco fronteras en mi cabeza y eso hace que me importe bien poco como se me considere en mi país, porque el cine no tiene patria ni bandera, al menos el cine que me gusta a mí. No creo mucho en el éxito y los premios. La fama es un sentimiento efímero que normalmente se sube a la cabeza y viene asociada a una resaca espantosa.

Usted estudió Derecho. ¿Cómo llegó al cine? Desde niño viví el cine como una pasión. De pequeño hacía críticas. Hacía mis películas en super 8, jugaba con indios y vaqueros. Me atraía la fantasía. Los que tenemos más de 50 no teníamos esas escuelas maravillosas de cine que hay ahora, así que, de las carreras que había entonces, la que menos me dolía era Derecho. Ejercí poquito. Por una carambola acabé en una empresa que empezó por casualidad a hacer películas y, en fin, así ha sido hasta ahora. He hecho de todo.

Tengo entendido que es un fan a muerte del wéstern. Sí, de hecho mi compañía se llama Apaches por eso. La iconografía, los espacios azules, el desierto… El wéstern sería un poco mi horizonte existencial. Mi primer recuerdo importante relacionado con el cine es ver 'La muerte tenía un precio' en el cine Tívoli de la calle Alcalá. Tendría 8 años. Vivía más en el cine que en casa. Había pocas cosas que hacer. La televisión era mucho más aburrida, aunque hoy la recordemos como algo divertido. Conocía Madrid gracias a los cines de barrio, y ahora me da pena ver que todos son tiendas de ropa. No sé, aquel olor a desinfectante, el aerosol, el tipo que te ponía la linterna en la cara. Me gustaba bastante. Aunque, bueno, tampoco hay que pasarse con la nostalgia.