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Odalisca, óleo sobre cartón realizado por Marià Fortuny en 1861.

EFE / FERNANDO ALVARADO

exposición

El Prado se rinde a Fortuny

La pinacoteca madrileña celebra la mayor antológica sobre el artista con 169 obras que recorren todas las técnicas que cultivó, del óleo al grabado pasando por la acuarela y el dibujo

Natàlia Farré

Virtuosismo y ambición son las palabras que más se repetían este viernes en el Museo del Prado durante la presentación de la antológica dedicada a Marià Fortuny (Reus, 1838-Roma, 1874), el artista español con mayor proyección internacional que ha habido entre Francisco de Goya y Pablo Picasso. Una figura en el mundo del arte del siglo XIX tan perseguida por los coleccionistas como envidiada por su compañeros de profesión por la facilidad casi insultante que tenía para ejecutar con éxito y calidad cualquier técnica. Y una figura cuya muerte prematura dejó, además de una gran consternación en Roma, una carrera hecha y otra por hacer.

Fue el más internacional de los creadores españoles que ha habido entre Goya y  Picasso

A la cima ya había llegado de la mano del todopoderoso Adolphe Goupil, que consiguió catapultarlo a la fama vendiendo, en 1870, 'La vicaría' por 70.000 francos, una cifra nada despreciable para la época. Pero jamás se sabrá hasta dónde habría llegado de haber tenido una vida mucho más longeva. Prometía. Mucho. Tanto por su virtuosismo como por su modernidad y ganas de renovación: "Ahora puedo pintar para mí, a mi gusto, cuanto me place: eso  me da la esperanza de progresar y de mostrarme con mi propia fisonomía", escribió en su dietario poco antes de morir. Y es que por entonces estaba a punto de dejar a su insaciable marchante y a la detallista y minuciosa pintura de género que tan bien se vendía para dedicarse a lo que realmente quería: una pincelada de factura más moderna y expresiva alejada de la llamada pintura de 'casaca y peluca' y de los convencionalismos y academicismos. 

La felicidad de Granada

Lo hizo durante un tiempo, entre 1870 y 1871, cuando se instaló en Granada y gozó de gran independencia artística. "Los años más felices" de su vida, según consta en su epistolario.  Fue una de sus etapas más importantes. Llegó ahí huyendo de la fama y encontró tranquilidad y una nueva manera de captar la luz y el color al natural. Las sombras mudaron a coloreadas y los tonos se volvieron cambiantes según la incidencia del sol: sin ir más lejos, la barba blanca de 'Viejo desnudo al sol' tiene pinceladas azules. Todo muy moderno.

'Viejo desnudo al sol', óleo sobre lienzo realizado por Marià Fortuny en 1871. / FERNANDO ALVARADO (EFE)

El viaje que realizó en 1860 a África marcó su manera de pintar y su fascinación por el orientalismoo

Pero si la estancia en Granada fue importante, mucho más lo fue el viaje que realizó en 1860 al norte de África comisionado por la Diputación de Barcelona. El encargo consistía en realizar una serie de pinturas apologéticas sobre las gestas del general Prim y el batallón de voluntarios catalanes. De ahí salió la inacabable e inacabada 'La batalla de Tetuán', que no está en la exposición, y otras piezas como 'La batalla de Wad-Ras' y la 'Odalisca', esta última la primera obra en tener reconocimiento público y el trabajo que anuncia el futuro interés de Fortuny tanto por los temas orientales como por el lenguaje realista alejado del purismo académico.

Auténtico y veraz

No en vano "la atmósfera, la desnudez de los espacios árabes, el paisaje geométrico, además de la confrontación entre la luz brillante y la oscuridad le hicieron cambiar su manera de pintar", apunta su comisario Javier Barón. Una manera que aún era muy académica pues recién salía de su etapa de formación, en la Llotja de Barcelona y la Academia Giggi de Roma. La afinidad y fascinación por la manera de vivir de los árabes le perseguió hasta su muerte, e hizo que su orientalismo fuera mucho más auténtico y veraz que el del resto de artistas europeos que también se sintieron atraídos por el tema.  

Si el virtuosismo lo pone  Fortuny, la ambición la ha puesto El Prado con la exposición a él dedicada. Una muestra "ambiciosa por el número y la importancia de las piezas que expone, por ser la primera vez que se da una visión integral de Fortuny, por los años de estudio que ha supuesto, y por la compra de cuatro obras del autor", afirma Barón. Razón no le falta, la exposición reúne 169 obras, de las cuales, 67 nunca han dejado las paredes que las custodian y 12 son inéditas para el público.

Piezas inéditas

Entre las primeras uno de los pocos retratos que Fortuny realizó en su carrera: 'Mirope Savati', viene del Met de Nueva York y sigue el modelo francés de la época a la vez que recuerda a Velázquez por el extraordinario uso de los negros. Muy diferente a las acuarelas 'El fumador de opio' 'La carrera del Darro', la primera llegada del Hermitage y la segunda del British Musuem, y ambas de una modernidad pasmosa por la desenvoltura de la pincelada y la calidad de los colores. Entre las inéditas: 'Calle de Granatello en Portici', donde se puede ver una factura enormemente suelta que deja ver la preparación lo que le da una vibración extraordinaria.

Óleo y acuarela, pero también otras técnicas, pues Fortuny fue un artista poliédrico que además de revolucionar la acuarela innovó en el grabado y sobresalió en el dibujo y fue un gran coleccionista. Cualidades que también están presentes en la exposición que, además, muestra  por primera vez los estudios que hizo sobre los grandes maestros de la pintura. Todo, hasta el 18 de marzo. 

Tan impresionante como difícil de ver

'El vendedor de tapices', acuarela sobre papel realizada por Marià Fortuny en 1870.  

Marià Fortuny era un virtuoso en todas las técnicas que tocaba pero si en alguna fue especialmente innovador y revolucionario fue en la acuarela. Su técnica y calidad era tal que despertaba tanta envidia como admiración en la corte de artistas que le seguían para beneficiarse de su capacidad creativa. De todas las acuarelas que ejecutó, hay una, a juicio de Javier Barón, que destaca por encima del resto: El vendedor de tapices. «Es impresionante, compite en calidad y consistencia con cualquier óleo». Pero semejante obra maestra no es fácil de ver. Está en el Museu de Montserrat, donde llegó en 1980 como legado del coleccionista Josep Sala Ardiz, pero rara vez se exhibe ya que es una pieza muy frágil y el papel no puede estar permanentemente expuesto a la luz. A Madrid sí ha viajado, la exposición lo merece. Y su disfrute justifica por sí solo la visita a la antológica. 

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