NOVELA

El pueblo de los suicidas

El escritor zaragozano Julio José Ordovás publica 'Paraíso Alto' , una parábola sobre la muerte marcada por el humor negro

Julio José Ordovás en la librería La Central.

Julio José Ordovás en la librería La Central. / JORDI COTRINA

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Elena Hevia
Elena Hevia

Periodista

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Un lugar donde la gente va a suicidarse. 'Paraíso Alto' (Anagrama). El topónimo sirve de título a la segunda novela del zaragozano Julio José Ordovás, que ha destilado una parábola de aires buñuelescos cargada de soledad y de humor negro. Una novela breve, porque breve es el tiempo que este crítico literario y panadero tiene para la creación literaria. "He de esperar a que mi hijo se duerma, porque le cuesta mucho y no se va a la cama antes de las 12. Eso ha influido en la atmósfera un tanto sonámbula que tiene la novela".  

Alejado de los presupuestos realistas de muchos de sus compañeros escritores en lo que se ha venido a llamar, no sin guasa, el 'Aragon Power' (otra de las etiquetas aglutinadoras que a Herralde le gusta utilizar), Ordovás toma prestado el nombre de un pueblo real de Teruel para urdir una trama de toques surreales. Un hombre, con aspecto de espantapájaros, llega a ese pueblo fantasmagórico para acabar con su vida pero en el último momento se arrepiente y decide quedarse allí acompañando como ángel guardián a todos aquellos decididos a suicidarse, lo que propicia una procesión de historias extrañas y extravagantes con ecos de Javier Tomeo, Kafka y Jacques Tardi (a este último y a su comic ‘Ici Même’ debe el aspecto chaplinesco del protagonista).

De la mano de Rulfo 

Pero ya desde la primera línea, "Yo también vine a Paraíso Alto a suicidarme", la novela nos lleva por alusiones a otra geografía, el desierto de Juan Rulfo y su 'Pedro Páramo'. “El desierto mexicano me fascina -cuenta- como me fascinan los pueblos abandonados. Y en Aragón tenemos lo uno y lo otro. Un poeta, Julio Antonio Gómez, dijo que Zaragoza limita al sur con la desolación y Bolaño describió su cielo como austero y burlón. En esos secarrales se han llegado a rodar westerns y es fácil imaginarse un paisaje como el de Rulfo. Nosotros no tenemos esa violencia pero sí ese humor desesperado determinado por el paisaje”. Así que a nadie debe extrañarle que esa geografía dramática sea un personaje más de la novela porque Ordovás creció en un pueblo muy cercano a las ruinas de Belchite , y ahora que vive en Zaragoza no ha dejado de soñar con ese lugar "donde conviven vivos y muertos".

Y todo eso lo cuenta con una prosa concisa y directa que, explica, coincide con su manera de hablar, sin florituras. “Intento que la poesía no se filtre en lo que hago. Tampoco me interesan las frases complejas. Imagínate lo que debería ser tomarte un café con Proust, pese a que era un gran escritor. Pero yo, personalmente, prefiero el estilo desnudo de Simenon”.

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Tratándose de una parábola no es extraño que Ordovás se declare lector habitual tanto de la Biblia como de 'La historia de la orden de San Jerónimo' del Padre Sigüenza , de la que Benet aseguró que era el mejor ejemplo de una prosa perfecta. "Yo alardeaba delante de mi amigo  el escritor Ismael Grasa de que los cuatro años que estudié en un seminario no me habían producido ningún trauma. Pero Grasa, con la ironía que le caracteriza, me soltó que a lo mejor mis lectores no pensaban lo mismo". Y sonríe con inocencia, mientras te cuenta que le gustan esas viejas fotografías de muertos tan populares en el siglo XIX, porque sabe bien que en esos claroscuros está el motor de su literatura.