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CRÓNICA DE DANZA

Viaje a lo más oculto de la existencia

Dimitris Papaioannou seduce al Mercat de les Flors con el multidisciplinario y visual espectáculo 'The great tamer'

César López Rosell

Un momento de la representación de The great tamer.

Un momento de la representación de The great tamer.

“La civilización humana avanza en gran medida a través de los descubrimientos del arte”. Esta afirmación de Dimitris Papaioannou, uno de los grandes creadores que han sobrevivido en Grecia a los tiempos de virulenta crisis de su país, ilustra gran parte de sus proyectos. El teatro visual, físico y la performance más experimental coexisten en sus propuestas dotadas de una permanente coreografía de movimientos de un gran calado simbólico y poético. El que fuera director de las ceremonia de los JJOO de Atenas en el 2004 y autor de más de una veintena de espectáculos acaba de demostrar la fuerza de su discurso multidisciplinar en el Mercat de les Flors, dentro del Grec, con ‘The great tamer’ (El gran domador).

La entusiasta acogida del público no deja lugar a dudas sobre la magia de este laborioso montaje desarrollado como un viaje de descubrimiento de lo más profundo de la existencia humana, explorando de forma arqueológica y anatómica los más ocultos y sagrados significados de la vida. Papaioannou, formado inicialmente en la pintura y el comic, despliega toda esa influencia sobre un suelo irregular formado con placas de linóleo. Sobre él crea acciones y provoca otras levantando tablas para que, desde la tierra, pueda emerger lo más subterráneo de la conciencia humana.

Once comprometidos artistas, que han participado activamente en el proceso de creación de la obra, exhiben su preparación atlética y estética, con soberbios ejercicios de contorsionismo incluidos. Las impactantes imágenes se suceden al pausado ritmo que marcan músicas amplificadas y distorsionadas con envolventes y repetitivos fragmentos como el del vals ‘El bello Danubio azul’ de Johann Strauss, hijo, y algunas ráfagas que remiten a ‘2001, una odisea del espacio’. La estética de los cuadros de El Greco El Bosco y de las antiguas esculturas grecorromanas aparece siempre como un referente a la hora de elaborar los ‘storyboards’ de cada escena.

EL FIN DEL VIAJE TERRENAL

Desde el primer ‘adonis’ que se desnuda y puede remitirnos a Adán, hasta el astronauta recogiendo piedras lunares, pasando por escenas religiosas -muy bella la composición de ‘La Última Cena’-, el espectáculo ofrece un tal vez demasiado ambicioso catálogo de situaciones sobre la historia de la humanidad. No faltan las evocaciones a la evolución del hombre de cuadrúpedo a bípedo y las alusivas al sexo y la procreación, además de las que reflejan los desencuentros entre seres humanos o las imágenes de un festín caníbal.

El montaje culmina con la irónica celebración de un funeral. El hombre es el único animal consciente de que su viaje terrenal termina con la muerte. Desde este punto de partida, consciente o no, Papaioannou ha edificado esta obra remarcando que el gran domador al que alude el título es el paso de tiempo como modulador del avance de la civilización. “Tenemos que aceptar que al final solo somos un saco de huesos”, resume el director griego plasmando sobre el escenario esta reflexión del ensayista Nikos Kazantzakis con restos óseos y un cráneo. Hay muchas posibles lecturas de esta producción, en la que todo se explica sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra.