Un holandés errante con limitaciones

Un reparto con carencias desluce en el Liceu la irregular versión escénica del cineasta Phillip Stöltzl de la ópera de Wagner

Albert Dohmen, en un ensayo de ’El holandés errante’ en el Liceu.

Albert Dohmen, en un ensayo de ’El holandés errante’ en el Liceu. / CARLOS MONTAÑÉS

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César López Rosell
César López Rosell

Periodista

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No es todo oro lo que reluce en el cofre de los tesoros del fantasmal barco del holandés errante condenado a navegar sin rumbo por los mares hasta que su capitán encuentre un amor en tierra que lo redima del castigo divino. La cuarta ópera de Wagner ha regresado al Liceu con un botín cargado de promesas no cumplidas, como la de la irregular versión escénica del cineasta Phillip Stöltzl, que se centra en la mirada/sueño sobre la historia de una trastornada Senta, y la de un fallido reparto.

 

El debut en la dirección musical con este autor de la ucraniana Oksana Lyniv era otro de los alicientes, pero estos ingredientes no bastaron para superar, la noche del martes, la mediocridad de un elenco de mínimos, en el que destacó Albert Dohmen encarnando con solvencia wagneriana al protagonista de la trama, mientras que los otros participantes en la producción mostraban sus carencias. El montaje tiene buenas ideas. Es interesante el planteamiento de una adolescente que crece en  la restrictiva y machista sociedad del siglo XIX y se refugia en el mundo de las leyendas de los libros, entre ellas la del 'Holandés', para escapar de una realidad adversa.

 

El ingenuo amor que siente desde niña por este espectral personaje se mantiene vivo cuando se transforma en una mujer adulta. Las visiones/alucinaciones de Senta se originan en la represión de su entorno presidido por su padre, el marinero Daland que pactará su matrimonio con el viejo y fantasmagórico capitán, y el cazador Erik, su posesivo pretendiente. Stölzl intenta incidir en ese trasfondo psicológico mostrando a una protagonista neurótica y autodestructiva que llegarà hasta el suicidio para cumplir su misión redentora.

Un gran cuadro en el fondo respalda a su mundo onírico y sirve para dar vida a pasajes como las acciones marítimas y simbólicas, aunque muchas de ellas no consiguen su propósito de conectar con el espectador por falta de claridad expositiva. Por el contrario, está bien resuelto el doble juego de la vida real en el salón de la casa paterna y el que, en el fondo del escenario, refleja el universo fantasioso de ella, expuestos con la ayuda de una niña actriz y la encarnación del Erik niño.

Lyniv dirigió con nervio a la orquesta, sacando partido a la cuerda y madera, pero la fuerza se le fue por los metales. Dohmen fue un siempre convincente holandés. Elena Popovskaya sirvió con expresividad a Senta, pero aunque exhibió un poderoso volumen careció de la riqueza de matices que exige su personaje. Attila Jun (Daland) se pasó de frenada vocal y tampoco gustó el cargante registro de Timothy Richards como Erik. Cumplió el coro, sobre todo el masculino, con sus prestaciones. 

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