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CRÓNICA

Bruno Mars, un seductor 'entertainer'

El cantante ha ofrecido un dinámico montaje, deudor de los 80, en el Sant Jordi

Jordi Bianciotto

Bruno Mars, en el Estadi Olímpic de Barcelona, el pasado mes de abril

Bruno Mars, en el Estadi Olímpic de Barcelona, el pasado mes de abril

Bruno Mars no ha venido al mundo para revolucionar la música negra ni la música en general, pero sus conciertos son entretenidos, espectáculo a la clásica y multicolor usanza, a base de pop-funk azucarado, arreglos con vistas a los 80 y sin tiempos muertos. No es poco. Música manejable, golosinas pop que entran a la primera, suministradas por un tipo de aspecto simpático y enamoradizo que reclama credibilidad cuando proclama, en castellano, «Barcelona, te quiero mucho».

Noche de culto a un líder que no acaba de serlo, este viernes en un Palau Sant Jordi a rebosar (17.900 personas, según la promotora, Live Nation), una estrella que atrae a públicos de diversas edades y que se nutre de toda clase de logros del pasado para dar forma a su funcionalísimo greatest hits. Vistiendo un sencillo atuendo de chándal y gorra, aunque con cierto cultivo de la estética opulenta: la corona de cinco puntas, envuelta en laureles, que cubría los tres flancos visibles del escenario-cuadrilátero antes de caer el telón, y esos graciosos billetes de 100 dólares con su cara impresa que llovieron sobre las gradas del Sant Jordi.

Las primeras canciones, Firesse y la que da título a su tercer y más reciente disco, 24K Magic, rebosaron sonoridad ochentera, sintetizadores efectistas que marcaron el ritmo a coreografías con estética y uniforme de college. Cuando hablamos aquí de los 80 pensamos más bien en Lionel Richie, no en Prince: ahí estuvo ese perfumado Treasure, que dio paso a una pieza más fibrosa, Perm, envuelta en un sonido de superproducción. Metales en escena y metales enlatados, que no falte de nada. Escenario abierto, con elementos móviles, suelo con placas luminosas de plató televisivo y capas de niebla carbónica. ¿Rockopop, 1988? «Queremos bailar y queremos veros bailar», anunció, ahora en inglés, pasando de nuevo al español cuando, en el medio tiempo Calling all my lovelies, tras propinarnos un sentido solo de guitarra, se puso romántico: «te quiero mucho, mucho, mucho», proclamó enfatizando las sílabas.

DIVERSIÓN Y PIROTECNIA

Mars no dio un perfil de figura icónica arrolladora sino más bien de entertainer resolutivo, que juguetea con sus canciones y se mezcla con sus músicos, que se divierte y desea divertir. Entre fogonazos pirotécnicos y sincronizadas dinámicas coreográficas, recorrió canciones resultonas como Chunky y Straight up & down, viajando de los ecos de MC Hammer al fantasma del pobre Al Jarreau cuando se ponía radioformulable. Todo, con un acabado reluciente y yendo al grano.

Material, sobre todo, de 24K Magic, con extremos de blandura en Versace on the floor, y pasado el ecuador del concierto, repescas de sus obras anteriores como Marry you y un atolondrado Runaway baby con reflejos sesenteros. Ahí siguió, en el pasado, cuando anunció la muy bien recibida balada When I was your man, su momento de mayor lucimiento vocal, todo emoción y falsete. El paulatino tránsito hacia las cumbres de la noche lo anunció un dramático solo de teclados que condujo a Grenade, pieza beneficiada por el concurso de altas llamaradas y la intervención fugaz de una trompeta tex-mex.

De ahí, a la canción que le dio su primer número uno, siete años atrás, Just the way you are, alargada para que el público pudiera cantarla en un Sant Jordi con las luces encendidas y el consiguiente efecto «hay que ver cuántos somos».

El guión de la gira, que se repite de una noche a otra con un muy escaso margen para los cambios, condujo a un bis iniciado con Locked out of heaven a toda castaña, con lluvia de confeti. El colofón lo puso Uptown funk, hito que dos años atrás compartió con Mark Ronson, arrebatador como ningún otro momento de la noche. Clímax funky, tras 90 minutos de show, estirado a placer por un Bruno Mars con aspecto de estrella en observación.