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Por favor, prohíba ese libro. La guerra de las bibliotecas en EEUU

Valerie Nye desvela en el Born las batallas de grupos de presión, padres y mecenas para eliminar títulos de las estanterías

Ernest Alós

Incineración de ejemplares de libros de ’Harry Potter’ en Alamo Gordo, Nuevo México, en el año 2001.

Incineración de ejemplares de libros de ’Harry Potter’ en Alamo Gordo, Nuevo México, en el año 2001. / NEIL JACOBS / GETTY

Las noticias sobre vetos y prohibiciones de libros en estados, condados o distritos escolares de EEUU nos llegan de vez en cuando. ¿Censura en el país que instituyó la libertad de expresión en la primera enmienda de su Constitución? Sí, explica en el Mercat del Born, en uno de los actos de La Setmana de la Cultura ProhibidaValerie Nye, autora de 'Historias reales de batallas por la censura en las bibliotecas Americanas'. Pero no se trata de censura estatal, básicamente. Los bibliotecarios de EEUU se sienten en primera fila de una batalla contra sus propios lectores, dispuestos a presionar para que un libro que les desagrada se retire de los estantes. Hasta han creado  una Carta de Derechos de las Bibliotecas y un doble concepto (hay libros 'prohibidos', por una administración, y libros 'amenazados' por algún colectivo, 'challenged', y estos son la mayoría).

¿Quiénes son estos censores voluntarios? Según las estadísticas del departamento dedicado a defender la libertad de lectura de la ALA, la Asociación de Bibliotecarios Americanos (sí, ay, existe), en un 40% de los casos son padres. En un 27%, mecenas. En un 10%, la junta de quien depende la biblioteca. En un 6%, grupos de presión. En otro 6%, los propios bibliotecarios o profesores. Solo en un 4% de los casos, una institución gubernamental. Algo que no extraña cuando, tras el 11-S, el 50% de los norteamericanos opinaba que su Constitución era demasiado generosa defendiendo la libertad de expresión. En el 2014, otro sondeo demostró que los ánimos se habian calmado: 'solo' el 38% de la población compartía esta opinión. 

Prohibido por 'insensibilidad cultural'

Ante el estupor del auditorio, un centenar de bibliotecarios catalanes, Nye muestra una nube de palabras con los principales motivos para exigir que un libro deje de estar a disposición pública, recopilados por la ALA. 'Inadecuado para el grupo de edad'; 'Alcohol'; 'Tabaquismo'; 'Sexualmente explícito'; 'Insensibilidad cultural'; 'Propaganda liberal'; 'Homosexualidad'; 'Punto de vista religioso'; 'Antifamilia'; 'Racismo hacia los blancos'; 'Promueve la perversión'; 'Mención a Alá'; 'No conformidad de género'; 'Satanismo oculto'...  Un cúmulo de presiones que va del fundamentalismo cerril a la corrección política más inflexible ante las que el personal de las bibliotecas, explica Nye, se siente solo e indefenso. 

En la pantalla muestra un libro ('Vamos a Cuba') con la imagen de tres niños cubanos riendo. Los grupos del exilio reclamaron que se retirara de una biblioteca escolar de Miami porque daba una visión complaciente del régimen cubano. Los recursos y antirrecursos se repitieron... hasta llegar al Tribunal Supremo. Y por cierto, sí, el libro se tuvo que retirar.

Acto seguido se desarrolla un taller sobre 10 casos reales. Denuncia por un libro que explica qué es un tránsgenero a niños de primaria. Bibliotecaria despedida tras no retirar los libros de Anna Todd en el instituto. Debate en el rectorado de una universidad por tener en el  la biblioteca 'Las once mil vergas' de Apollinaire. Bibliotecario que quiere tirar a la basura un 'Mein Kampf'. Una exposición de arte en que aparece la Virgen María en bikini...

Y aquí, ¿qué?

Mientras Valerie Nye va desgranando el minucioso protocolo que debe seguir una biblioteca en los EEUU para decidir cuándo y cómo atiende o rechaza las demandas de retirada de libros de sus fondos o de traspaso a una "sala de libros especiales" (a través de un 'formulario de reconsideración'), entre los asistentes al acto se van viendo caras de extrañeza. Sí que están mal, estos americanos.

Y es cierto. Se trata de una situación inimaginable. Afortunadamente. Pero llega el turno de preguntas. Empieza una bibliotecaria, con cargos de conciencia porque decidió cancelar la suscripción a la revista 'Más Allá' cuando la única lectora que tenía "empezó a obsesionarse demasiado" por los ovnis y la parapsicología. Efectivamente, lo nuestro es un remanso de paz.

Una bibliotecaria del Baix Llobregat explica otro caso: un joven la increpó, agitado, en una ocasión, porque había visto en los estantes el libro 'El Ala radical del Islam'. "Alá no es radical, no es violento, es amor", protestaba. Pese a alguna amenaza bastante inquietante, tras entender la confusión lingüística en la que había caído no llegó a presentar una queja formal, que de haber llegado habría ido a parar al servicio de mediación intercultural del ayuntamiento.

Bueno, esto ya inquieta un poco más. Pero también tenemos, explican algunas bibliotecarias, sin querer dar nombres, políticos que presionaron al Govern para que aumentara el porcentaje de libro religioso en las librerías públicas catalanas, o regidores que presionan a las librerías de sus municipios para que se suscriban a ciertos diarios de Madrid, o que critican que se acoja un acto de Arnaldo Otegi. "Para conseguir que se retire un libro, aquí lo que hacen es cogerlo y no devolverlo", apunta la jefa del servicio de bibliotecas de la Generalitat, Carme Fenoll. Así de informales somos, hasta para censurar.

31 librerías quemadas en Francia

Pero, con todo, podemos respirar incluso si miramos a la Francia defensora de la libertad de expresión, donde decidir si se exhibe la revista 'Charlie Hebdo' es una decisión de riesgo (aunque los libreros se sumaron de forma masiva al 'Je suis Charlie'), concejales del Frente Nacional o activistas contra el matrimonio gay pueden pedir más historia de Francia o autores tradicionalistas o donde se quemaron 31 bibliotecas durante los disturbios de la 'banlieue'. "Jóvenes inmigrantes quemaron dispensarios, escuelas y bibliotecas, los lugares donde habían tenido el primer contacto con la sociedad que les había hecho entender que no tenían las mismas oportunidades que los otros", explica la especialista en la historia de las bibliotecas francesas Martine Poulain. Sí, 31.