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El punto C de Javier Cercas: novela, ceguera y lucidez

'El punto ciego', el último libro del escritor de Girona, destaca entre los últimos ensayos literarios publicados de J. M. Coetzee y Cynthia Ozick

Domingo Ródenas de Moya

Acto de presentacion de los nuevos libros electronicos Kindle con firma digital

Acto de presentacion de los nuevos libros electronicos Kindle con firma digital / DANNY CAMINAL

Que Martin Scorsese hable de cine, del suyo o del de otros, es razón suficiente para aguzar el oído. Que Vargas Llosa escriba sobre Víctor Hugo o Juan Carlos Onetti o que J. M. Coetzee lo haga sobre Beckett Faulkner y Philip Roth es una oportunidad para entender desde dentro, en sus mecanismos internos, el sistema orgánico de las novelas. Así, 'Mecanismos internos', tituló Coetzee hace años una serie de penetrantes lecturas de grandes autores y ahora algunas de ellas se han recuperado en los dos volúmenes de 'Las manos de los maestros' (Random House). Coinciden en su aparición con otras reflexiones de escritores sobre su oficio, como son los recomendables ensayos de la novelista norteamericana Cynthia Ozick reunidos en 'Metáfora y memoria' (Mardulce) y, sobre todo, las conferencias Weidenfeld que Javier Cercas pronunció en Oxford el año pasado y que ahora se publican bajo el título de 'El punto ciego' (Random House).

No niego que un escritor metido a analista o en funciones de crítico puede ser una tabarra, pero solo porque el tedio, la confusión o la nadería que produzca serán los mismos de su obra plúmbea, repetitiva o inane. Por regla general hay pocas lecturas más fascinantes que las del artífice desvelando el artificio. Para un escritor hay tres caminos por los que discurrir sobre la literatura: el que conduce a su propia obra en forma de autocomentario, el que busca iluminar la obra de otros autores y, en fin, el que está trazado por las preguntas generales sobre el escribir ficciones y cómo esa actividad encaja en el abigarrado circo de la producción cultural. Los libros de Cercas, Coetzee y Ozick avanzan, respectivamente, por esas veredas, pero también las entrelazan y demuestran que un creador, ineluctablemente, siempre habla de sí mismo.

EL PUNTO C

De estos libros el más original es 'El punto ciego', en la medida en que contiene una propuesta de interpretación de toda la tradición novelística desde el 'Quijote'. Según Cercas, Cervantes creó no solo la novela moderna sino un tipo particular de novela, aquella que recusa el dogmatismo y sus verdades monolíticas, al que opone la ambigüedad y las verdades en diálogo y contradicción. Son novelas en las que impera la suspensión del juicio de los escépticos y la ironía de quien reconoce que los veredictos categóricos suelen estar viciados. Esas son las novelas que llama "del punto ciego".

La metáfora es afortunada, porque alude al punto en la retina del que arranca el nervio óptico y que, por esa razón, no capta la luz, si bien el vacío de la visión es subsanado por nuestro cerebro. Del mismo modo, la clase de novelas que interesa a Cercas, y a la que se adscriben todas las suyas, encierran una laguna, una omisión o sustracción, un punto de ceguera en forma de pregunta sin respuesta. 'Soldados de Salamina' no responde a la pregunta de por qué un soldado republicano dejó escapar al fascista Rafael Sánchez Mazas, así como el 'Quijote' no resuelve si Don Quijote está o no como una cabra ni 'El proceso' de Franz Kafka esclarece cuál es el delito de Joseph K. Las respuestas, como en el punto ciego retiniano, debe completarlas el cerebro del lector, que así se convierte en activo constructor del sentido de la novela, rellenando con su propia memoria vital, con sus valores y su entendimiento, el espacio de indeterminación que, para él, deja abierto la novela.

PRECEDENTES

Antes de Javier Cercas, otros escritores tuvieron la intuición de que las mejores narraciones pivotaban sobre un centro oculto y cada uno lo describió a su manera. Un Tolstoi anciano, entrevistado en julio de 1900, sostenía que lo más importante en una verdadera obra de arte es que exista un punto focal hacia el que todos los rayos de sentido confluyeran o, inversamente, del que partieran. Y ese mismo foco es el que un personaje de Jorge Luis Borges, el sinólogo Stephen Albert, explica a su futuro asesino que es el secreto de 'El jardín de senderos que se bifurcan', laberíntica novela de Ts'ui Pên ideada como una "enorme adivinanza" alrededor de una omisión voluntaria.

Más recientemente, el premio Nobel turco Orhan Pamuk, en 'El novelista ingenuo y el sentimental' (2011) se refería a ese mismo fenómeno estructural en estos términos: "Lo que distingue a las novelas de otras narraciones literarias es que tienen un centro secreto", un centro "que deberíamos buscar mientras leemos".

UN CENTRO NEURÁLGICO

La novedad de Cercas consiste en considerar que ese centro invisible de la novela no es característico del género sino solo de una estirpe de novelas: las que formulan preguntas sin respuestas o cuya respuesta, siempre de naturaleza moral, es lanzada al tejado del lector. Frente a estas novelas de punto ciego (o con nervio óptico) existen otras que brindan soluciones inequívocas a los interrogantes que plantean: casi todas las del realismo del siglo XIX y gran parte de las novelas de género. La diferencia entre unas y otras no determina la calidad literaria (no siempre, por lo menos), sino el modo en que el lector las procesa mentalmente y, en consecuencia, el efecto cognitivo que la lectura tiene sobre él. Así, 'La ciudad y los perros' de Vargas Llosa 'Moby Dick' de Melville son novelas de esa índole porque dejan en suspenso el asesinato del Esclavo o el enigma de la obsesión de Ahab por la ballena blanca. Por el contrario, 'El Gatopardo' de Lampedusa carece de punto ciego porque revela al final quién fue el verdadero amor de Tancredi, explicando con ello toda su conducta.

El punto ciego de la ambigüedad y la indeterminación (que no de la indefinición) es, de este modo, el auténtico punto G de la novela, su recóndita zona erógena, la que debe estimular el lector para obtener él mismo la máxima recompensa, la de enriquecerse de las verdades complejas y desasosegantes de la ficción literaria.