Un Baroja crepuscular

'Los caprichos de la suerte' es un bosquejo de novela con más valor documental que literario

Pio Baroja

Pio Baroja

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Domingo Ródenas de Moya

En mitad de la guerra civil, en 1938, apareció en el Valladolid fascista un volumen de Pío Baroja titulado 'Comunistas, judíos y demás ralea'. El libro infamante no era obra nueva de Baroja -ni había sido fabricado por él aunque quizá contó con su anuencia-, porque consistía en una antología de fragmentos de su obra anterior que sí respondían al propósito vejatorio que delata el título. Pero las embestidas anticomunistas o antisemitas no respondían a un trato diferencial del autor vasco, puesto que en sus páginas hay pocos caracteres, actitudes o ideologías que se libren de sus desdenes y arponazos. Ese Baroja áspero y corrosivo, escéptico y desencantado de casi todo, está presente en esta novela inédita que se conservaba en una carpeta en la casona familiar de Bera de Bidasoa y que ahora ve la luz. 'Los caprichos de la suerte' era la tercera entrega de una trilogía dedicada a la guerra, 'Las saturnales' cuyos primeros títulos fueron 'El hotel del Cisne' (1946) y 'Miserias de la guerra', de 1951 pero que no autorizó la censura y hubo de esperar a que Miguel Sánchez-Ostiz la editara en 2006.

Estamos, pues, ante un producto de senectud y no precisamente por lo que Edward W. Said llamó "estilo tardío", sino por los descuidos, repeticiones e incoherencias del texto. No parece que Baroja hubiera preparado el original para la imprenta, como sí había hecho con el título anterior. Al libro le faltaban varias fases de composición y reescritura, de modo que más parece un conjunto de esbozos y apuntes que propiamente una novela cerrada. La narración está deslavazada, los episodios son escuetos y apenas se hilvanan en un argumento que, en realidad, procede de una novela corta de 1948, 'Los caprichos del destino' (de donde deriva incluso el título).

LA PERIPECIA

La trama, en síntesis, gira en torno a un intelectual republicano vasco, Luis Goyena -o Juan Elorrio, seudónimo con que firma sus artículos y que adopta como nombre-, que huye del Madrid bélico en compañía del cómico Emilio Muñoz (que luego se esfuma). Primero a "Valencia la roja", en cuya Casa de Cultura conoce a Gloria, de la que se enamora, y luego a París, que es donde se sitúa más de la mitad del relato. El París sombrío de los refugiados había sido el escenario de 'El hotel del Cisne', que reaparece aquí con alguno de sus huéspedes, como Pagani. Este forma un pintoresco tándem con el coronel inglés Evans, a su vez extraído de 'Miserias de la guerra'. Junto a ellos, otras dos parejas le sirven a Baroja para ir tejiendo vaivenes triviales y conversaciones: la femenina que forman Gloria y Julia y la de Elorrio y el dibujante Abel. Y entre ellos, la figura del escultor Barral, en el que Baroja parece homenajear a Emiliano Barral, que murió en noviembre de 1936 víctima de un obús.

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A pesar del carácter esquemático de la novela, no son raros los destellos del genio barojiano, en los brochazos de rápida caracterización, en los diálogos empedrados de opiniones contundentes y en algún capítulo mejor perfilado, como 'Gloria y Julia', donde se trata de los desterrados y del pensamiento reaccionario. Es necesario admitir que este bosquejo de novela tiene más valor documental que literario. Baroja quiere reflejar la vida en vilo de los exiliados republicanos que, en París, aguardan que se aclare un destino muy oscuro, pero estas páginas acaban siendo el registro de ese propósito y, en cierto modo, de la erosión del tiempo en la persistencia de una escritura muy vigorosa como había sido la suya.

LOS CAPRICHOS DE LA SUERTE