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Chrissie Hynde

Pinchazos de vieja rockera

NOELIA SASTRE

Dicen que la mueca de Chrissie Hynde es la mejor desde Elvis. Un alma punk, de ojos ahumados y flequillo salvaje que ha sobrevivido a las tragedias del grupo que montó en 1978 y con el que se subió al escenario hasta el 2008. «Hynde ha escrito las memorias rockeras del año. Lo tienen todo: clases de modelo al natural con Sid Vicious, trabajos de limpieza con Johnny Rotten, edredón con Iggy Pop y drogas con todos los demás», dice The Sunday Times sobre Reckless (Temeraria), el libro donde se culpabiliza de su violación y afirma que algunas mujeres, por actitud y forma de vestir, parece que se lo buscan.

«Te aseguro que, técnicamente hablando y lo mires como lo mires, aquello fue culpa mía. Asumo toda la responsabilidad. No puedes ir por ahí haciendo el imbécil con gente que lleva escrito en la frente 'me gusta violar'», escribe la cantante sobre el ataque sexual que sufrió, estando drogada, cuando una banda de moteros de Ohio prometió llevarla a una fiesta pero acabó en una casa abandonada. «Si me paseo en ropa interior y estoy borracha, ¿de quién más puede ser la culpa?», se pregunta en la entrevista con la publicación británica.

«Fui ingenua... ¡Era una banda de moteros! Si juegas con fuego te quemas. No es ningún secreto», insiste. «Si voy discretamente vestida y alguien me ataca, diría que es culpa suya. Pero si provocas y excitas, estás tentando a alguien que ya de por sí está trastornado. No hagas eso. ¡Venga ya! Es de sentido común», subraya. «Si no quieres incitar a un violador, no lleves tacones que te impidan escapar de él. Si te pones algo que dice 'ven y fóllame', más te vale correr rápido. No creo que esté diciendo nada polémico, ¿verdad?», concluye.

Una opinión peligrosa

Para muchos, lo que dice no solo es polémico, sino profundamente negativo y peligroso para las víctimas y la sociedad. Sus palabras han indignado a asociaciones de ayuda, a feministas y básicamente a cualquiera que crea que las mujeres pueden vestir como quieran. De sus comentarios se deduce que el riesgo de ataque sexual depende de los centímetros de falda o la V del escote. Y que las chicas deberían saber reconocer a los violadores para no provocarlos. Primer gran error: según la organización Rainn, que ayuda en EEUU a las víctimas de abusos sexuales, el 82% de los ataques son perpetrados por un conocido, y no por desconocidos (en el 47% de los casos se trata de un amigo, en el 25% de alguien muy cercano y en el 5%, de un familiar).

Lucy Hastings, directora de la británica Victim Support, advierte de que con las afirmaciones de Hynde pueden sentirse aún más avergonzadas en su búsqueda por encontrar una razón a lo ocurrido. O a no buscar ayuda. «Las víctimas jamás deberían sentirse responsables por lo ocurrido, independientemente de las circunstancias. Los violadores son los únicos responsables», sentencia Hastings en The Guardian. «Es clave que puedan denunciar y buscar ayuda».

También Jackie Fuchs, exbajista del grupo californiano de chicas The Runaways, ha criticado los comentarios de su colega. «No quiero tirarle piedras a Hynde, pero ha lanzado un mensaje muy peligroso», apunta la conocida como Jackie Fox, que hace unos meses reveló cómo su manager, Kim Fowley, la violó delante de sus compañeras en la Nochevieja de 1975. «La mayoría de los mensajes que he recibido son de mujeres que siempre han pensado que fue por su culpa, así que esto es como decirle a toda esa gente que sí, que tienen la culpa. Nadie lo va pidiendo. No hay excusa para una violación».

La bajista de Runaways está de acuerdo en que deberían llevar menos tacones. Pero solo porque son malos para los pies, no para escapar de un violador. «¿Podríamos escapar aunque lleváramos zapatillas? ¿Quién cree que un violador vaya a dejar de hacerlo porque vayamos con zapatos planos?».

Hynde habla en su libro de Nancy Spungen, otra víctima de la violencia machista (su novio Sid Vicious, bajista de los Sex Pistols, fue arrestado por su asesinato en el hotel Chelsea de Nueva York en 1978). «No iría tan lejos como para decir que Nancy era una mula [de droga], pero podía meterse la goma, la cucharilla, un Zippo y un paquete de toallitas de mano por el culo, y todavía le quedaba sitio para un bote de laca y una bolsa de Maltesers».

La cantante asegura no haber podido escribir este libro en vida de sus padres, que pretendían educarla en la conservadora Akron (Ohio), donde nació en 1951. Hija de una secretaria y un responsable de las páginas amarillas, su entorno no le interesaba. «En el instituto nunca fui a un baile ni tuve una cita. Aquella época fue horrible para mí, salvo cuando iba a algún concierto a Cleveland [era fan del pinchadiscos Ernie Anderson, padre del cineasta Paul Thomas Anderson]. Veía a cualquier banda y siempre estaba enamorada, pero de músicos que no conocía. Saber que Brian Jones o Iggy Pop estaban por ahí hacía muy difícil que me fijara en los chicos que me rodeaban. Tenía grandes y mejores planes».

Huir de lo apacible

A los 14 supo que debía irse de Akron, cambiar su apacible suburbio por el rock&roll, las motos y los músicos que veía en directo (Velvet Underground y David Bowie entre ellos). Hynde estudió arte en la Universidad de Kent. Allí tuvo su primer grupo y probó las drogas. En la capital británica vivió el estallido del punk, trabajó en New Musical Express y en la tienda de ropa de Malcolm McLaren y Vivienne Westwood. Y se desesperó por no poder formar su propia banda. «Toda la gente que conocía en Londres estaba en un grupo. Yo era la perdedora». Hasta que en 1978 grabó una maqueta y se la envió a Dave Hill, propietario de Real Records, que se convirtió en su mánager y le recomendó tomarse tiempo para formar una banda. Así nació Pretenders, con Pete Farndon, James Honeyman-Scott (ambos fallecidos por sobredosis) y Martin Chambers. Un nombre inspirado en la versión de Sam Cooke del tema de los Platters, The great pretender.

Hynde fue novia de Ray Davies, de los Kinks, padre de su hija mayor. Y se casó con Jim Kerr, de Simple Minds, con quien tuvo a su segunda hija. «Un sex symbol poco convencional, casi nunca vemos su parte luminosa, si es que la tiene. En sus memorias, Hynde demuestra que puede competir con sus colegas masculinos: ha escrito un libro tan flojo y decepcionante como muchos de ellos», dice la crítica de The New York Times.

Que Hynde haya sobrevivido para contarlo es, según ella misma reconoce, una especie de milagro. «Cualquier experiencia es mejor que no tener ninguna». Esa idea ha movido su vida. «La moraleja de mi historia es que las drogas, incluyendo el alcohol y el tabaco, solo causan sufrimiento». La rockera agradece a sus padres por desaprobar su ímpetu adolescente. «De no haber sido por su total rechazo a aceptar mi enganche por el rock, posiblemente me habría quedado en Ohio, me habría casado con un motero y ahora estaría buscando los dientes postizos debajo del sofá».

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