El testamento aplazado de Mankell

El escritor sueco habla del cáncer y recuerda episodios de su vida en su nuevo libro, 'Arenas movedizas'

Diagnosticado en enero del 2014, el creador del inspector Wallander resiste contra pronóstico la enfermedad

Una imagen del escritor sueco Henning Mankellen Malawi.

Una imagen del escritor sueco Henning Mankellen Malawi. / TORBJÖRN SELANDER

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ERNEST ALÓS / BARCELONA

En enero del 2014, con 65 años, el escritor sueco Henning Mankell se enfrentó a la verdad: ese dolor en las cervicales que le molestaba desde hacía un tiempo era producto de una metástasis en una vértebra derivada de un cáncer de pulmón, con muy mal pronóstico. Durante un mes quedó paralizado por la noticia: en los cuatro siguientes escribió un libro de recuerdos vitales y reflexiones que podría haber sido su testamento (pero que quedará en suspenso). Arenas movedizas se publica este martes en castellano y catalán (Tusquets) y afortunadamente no será el último libro del autor, al que le molesta que le recuerden solo como el creador del inspector Wallander y no, también, por sus novelas sobre el continente africano. Mankell reaccionó bien a la quimioterapia, mantiene a raya la enfermedad e incluso acaba de publicar en Suecia, otra nueva novela, Botas de goma suecas, la continuación de Zapatos italianos.

Arenas movedizas es a la vez una crónica de cómo se enfrentó Mankell a los primeros embates de la enfermedad, una biografía desordenada, con continuos viajes al pasado, y una serie de opiniones, entre militantes, agoreras y naïf, sobre varios temas que le obsesionan. Al escritor no se le van de la cabeza imágenes como las de los niños de su edad que murieron al caer en agujeros en el hielo, los soldados hundidos en las trincheras en Flandes que esperan la llegada del gas mostaza, los hijos muertos reproducidos junto con los vivos en un retrato familiar del siglo XVIII o las arenas movedizas que atraen hacia el fondo a quien ha caído en ellas, y que dan título al libro. Sueños o pensamientos que remiten una y otra vez a la enfermedad de quien se ve a sí mismo como «un ser humano que se aferraba a la orilla de un banco de arena mortal que quería tragárselo».

Durante los cuatro meses en las que se somete a quimioterapia, Mankell elogia los avances de la oncología moderna y, en uno de sus flashes autobiográficos recuerda que atendía llamadas telefónicas para la televisión sueca el día que Uri Geller armaba el mismo número de la cucharita que en España le montó a Íñigo. «No hay mucha distancia entre Uri Geller y el cinismo de todos esos especuladores que utilizan a los enfermos de cáncer tratando de venderles todo tipo de terapias inútiles», opina.

Tras conocer la gravedad de su mal (pintaba mucho peor al principio), Mankell explica que no dejó de pensar en su infancia: «De repente fue como si la vida se estrechara [...]En el caos emocional en que me encontré inmerso de repente después de que la tortícolis se convirtiera en cáncer, me di cuenta de que la memoria me lleva no pocas veces a la niñez». Mankell recuerda escenas de su infancia, de su juventud conflictiva (dejó el instituto a los 16 años, pasó medio año en París viviendo en una pobreza de las de coger colillas por el suelo, se embarcó como marino mercante) y de sus inicios como director de teatro y aspirante a escritor, incluyendo una escena que le hizo replantearse la vida, en Salamanca: el arrebato de un camarero harto de quejas que de repente tiró la bandeja con todo su contenido al suelo, se quitó el delantal y plantó su trabajo. Aunque el libro es solo parcialmente biográfico: ni una referencia a su suegro Ingmar Bergman, una sola, de pasada, a su creación más conocida, Wallander...

Si hay, en cambio, muchas reflexiones sobre dos temas que lo preocupan hasta la obsesión: una fijación enfermiza por el futuro milenario de los residuos nucleares, la llegada de una futura era glaciar que acabe con la civilización, la pervivencia de las creaciones de los primeros artistas rupestres y del neolítico, la indestructibilidad de los residuos plásticos... Siempre el paso del tiempo y el contraste entre lo duradero y la inminencia de la muerte.

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Y es que la enfermedad era ya lo único que le faltaba a este sueco con un temperamento más bien taciturno y al que le han pasado algunas cosas tremendas. Haber visto la muerte cara a cara muchas veces en África, por sida, hambre o violencia, donde llegó «con el propósito, tan firme como erróneo, de encontrar diferencias entre los africanos y yo» y lo único que encontró «fueron similitudes», haber visto como la cabeza de un chico que le saludaba desde un autobús en la autopista estallaba al chocar con un puente y los restos iban a parar a su parabrisas o lo peor que le puede pasar a un niño, dice. Que su madre lo abandone. (Encima, cuando se encontraron por primera vez, en su juventud, cuando se acercó ella levantó las manos y solo le dijo «no te acerques demasiado, estoy resfriada»; «Nunca lo olvidaré. Cada vez que escribo una obra de teatro o un guion para una película, trato de superar esa situación y esa réplica).

Mankell, frágil, siente miedo. Y por eso escribe este libro: «He tratado de levantar una empalizada para resistir lo que me asusta».