23 oct 2020

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Gente corriente

Joan Soler-Jové: "Son incalculables los dibujos que hice de Charlie Rivel"

Gemma Tramullas

La primera prueba documental de su pasión por el circo apareció en la revista Destino, que  en 1950 publicó una foto de un jovencísimo Soler-Jové pintado con caballete cinco elefantes del circo Pinder. Sesenta y cinco años después, el editor madrileño Javier Sáinz ha publicado Dibuixos del circ, un libro que reúne más de 50 láminas de este artista establecido en Sitges, un homenaje a su manera sencilla y profunda de entender el arte y la vida.

-Usted no sabía nada de este libro.

-¡Ni siquiera sé de dónde ha sacado Javier los dibujos! Que me haya hecho un libro sin enterarme, tan bien editado y con el detalle  de un prólogo en catalán ha sido la ilusión más grande que me han dado en 15 años.

-¿Recuerda su primera función de circo?

-Fue en 1948. Vivíamos cerca de la plaza Monumental de Barcelona y allí se instaló el circo Amar de París. Éramos seis hermanos y mi madre había fallecido, así que dinero para ir al circo no había. Pero yo pasaba cada día por delante, veía la lona y los carromatos y pensaba: «Ahí dentro tiene que haber algo».

-Finalmente convenció a su padre.

-Imagínese, un chico de 14 años que solo había ido al cine de varietés frente a un espectáculo de pista redonda con malabaristas, trapecistas, payasos, 12 caballos, 6 tigres, 3 elefantes…  Entonces, ¡boom!, se produjo la explosión, pero no solo del circo sino también de la intención de dibujarlo.

-¿Había precedentes artísticos en su casa?

-Mi padre, Ramon Soler Liró, pintó toda su vida y formó parte del grupo Nou Ambient; de ahí mi obsesión por la pintura. Fue él quien, años después de llevarme a mi primera función, me contó una historia increíble. ¡Resulta que mi abuelo era artista de circo! Él y su hermano se hacían llamar Soler Frères -así, en francés- y tenían un número de equilibrios sobre la cabeza que acabó cuando el hermano de mi abuelo, que era el que iba arriba, cayó y se abrió el cráneo.

-A menudo dibuja a sus personajes de espalda. ¿Por qué?

-Iba mucho al circo, repetía funciones día sí y día no, y no quería molestar al público con el caballete. Por eso solía sentarme junto a la orquesta, donde nadie quería estar porque los artistas se ven de espaldas. A mí me daba igual porque el movimiento y la característica de la persona no se ve solo de cara. ¿O cree que todo el mundo tiene el mismo cogote? [Risas]

-Charlie Rivel era un dios en Alemania y usted logró que se le reconociera también en Catalunya. ¿Cómo se conocieron?

-La primera vez que le vi fue en el circo, en 1954. Fui a varias funciones y un día me atreví a ir a saludarle. Le regalé un dibujo mío pero no me hizo mucho caso: «Esto es solo un boceto», dijo.

-Pero usted no se dio por vencido.

-No. Para mí el arte no consiste en dar las cosas masticadas y acabadas; no se trata de solucionar problemas sino de plantearlos y dar pie a que el espectador los acabe. Lo que yo intento con mis dibujos es insinuar, no  acabar nada, porque no hay nada que se acabe, solo nos acabamos los humanos.

-Acabó siendo muy amigo del payaso. ¿Qué le atraía de su personalidad?

-El artista más que el hombre. Como persona amaba la pompa y el boato y era un provocador nato que presumía de su amistad con Hitler. Pero era un gran artista. Convirtió sus dificultades físicas reales para encaramarse a una silla en una de sus entradas más famosas. Era tan listo que de sus limitaciones hacía arte.

-¿Cuántos dibujos llegó a hacerle?

-Son incalculables los dibujos que hice de Charlie Rivel. Ahora apenas dibujo porque sufrí un ictus y mi mano derecha no tiene la habilidad de antes, pero cuando me daba el ataque de dibujar no paraba.