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Rigola se queda a las puertas de la gloria

La valentía de adaptar la enorme 'Incerta glòria' se salda con resultado óptimo

JOSÉ CARLOS SORRIBES / BARCELONA

Tan elogiada fue su adaptación en el Lliure de 2666, de Roberto Bolaño, que Àlex Rigola casi parecía obligado a seguir por igual camino con su versión de otra novela, Incerta glòria, de Joan Sales. El director sale airoso en el TNC del reto de llevar a la escena otra monumental obra (con entusiastas admiradores), pero sin la nota máxima de aquella vez y con un resultado más desigual.

Incerta glòria narra las vicisitudes en el frente de Aragón en 1937 y en la retaguardia republicana de tres amigos barceloneses, exponentes de una juventud perdedora y destrozada por la guerra. Son el joven burgués Lluís (Nao Albet), el seminarista Cruells (Marcel Borràs) y el filósofo Soleràs (Pau Roca). Un personaje poliédrico, casi inabarcable, que es un espejo para los otros. Los tres, cada uno a su manera, están enamorados de Trini (Mar Ulldemolins), que tiene un hijo con Lluís. A su alrededor, una galería de personajes (familiares y de la trinchera) enmarca un texto de aire existencialista, trágico y mensaje cristiano que nunca oculta. Al igual que su ajuste de cuentas con los desmanes anarquistas.

Ya podía ocurrir con la obra del autor mexicano, cuya dramaturgia tejió con Pablo Ley, pero ahora es más evidente que solo quienes conozcan la novela pueden seguir sin algunos despistes el desarrollo del montaje, sobre todo en su inicio. Es por ello que Rigola hubiera necesitado un nuevo socio/dramaturgo para que la primera parte no pecara de confusión narrativa y de exceso de lenguajes. Por ejemplo, si funciona el movimiento de Toni Mira como un miliciano de Cappa no ocurre igual con el baile de Laia Duran o con el intrascendente uso del vídeo en una pantalla lateral.

ESTATISMO / En favor de Rigola hay que apuntar, en primer lugar, su osadía de enfrentarse a la enorme novela, y además con su estilo estático y casi ausente de juego teatral de los últimos tiempos. También la emoción de la segunda parte en la retaguardia, mucho más nítida que la primera. Se mantiene el brillo en la tercera, algo larga en un cierre anticlímax, con el impactante momento del diálogo entre trincheras rivales. Y en contra de su montaje juegan una puesta en escena y una escenografía muy propias del exdirector del Lliure, pero que parecen algo desconectadas del referente de la novela de Sales. Con todo, a Rigola siempre hay que seguirle la pista.

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