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MUERE EL REY DEL BLUES

B. B. King, noche tras noche

Jordi Bianciotto

B. B. King y su Lucille, en el festival de Cap Roig, en julio del 2011.

B. B. King y su Lucille, en el festival de Cap Roig, en julio del 2011. / JORDI COTRINA

El pasado otoño aún andaba de gira porque así fue siempre su vida, una caravana en movimiento permanente con la que se divertía, paladeaba el triunfo del humilde, marginal, blues como género global, y alimentaba sus hambrientas arcas. B. B. King nunca vendió grandes cantidades de discos, ya que el público prefería verle además de escucharle, tenía una gran familia a la que alimentar (15 hijos, 50 nietos), y una debilidad por el juego que hizo conveniente un potente ritmo de ingresos.

En Catalunya comenzamos a verle en los tiempos en que su carrera alzaba el vuelo a escala internacional, tras ofrecerse al público del rock a través de, por ejemplo, la gira americana de 1969 con los Rolling Stones. El Palau de la Música le acogió en 1973 en un recital al que se sumó inesperadamente Miles Davis, que había actuado la noche anterior. Una escena, la del guitarrista dando paso al autor de ‘Kind of blue’, que brindó un sentido solo de trompeta en 'You know I love you', conservada con el aura mítica del blanco y negro en You Tube.

HABITUAL DE BARCELONA

Con el tiempo, B. B. King se convirtió en un asiduo a nuestros escenarios, incluso algo parecido a un recurso fácil de los programadores de verano. Algunos años, la noticia era que B. B. King no actuaba en Barcelona. Bolos que se integraban en sus vertiginosas dinámicas escénicas, con más de 200 actuaciones al año (en su momento más activo, en 1956, habían sido 346) y lanzamientos discográficos más recreativos que creativos: abundancia de discos de dúos, de regrabaciones a todo lujo. Pudimos verle con frecuencia en el Poble Espanyol y también en Zeleste, el Velòdrom d’Horta e incluso el Palau Sant Jordi.

En el 2004, cerca ya de los 80, un King risueño, cordial, un poco automatizado en sus respuestas, recibía a este diario en su camerino de Las Ventas, actuación en la que acogió a su amigo Raimundo Amador, anunciando que difícilmente volvería a actuar en Europa. "Deseo compartir más tiempo con mis hijos, nietos, sobrinos...", confesaba a este periodista tras destacar que su propósito como músico era "decir mucho con muy poco". Así seguía siendo su estilo con las seis cuerdas, distinguido y emocionante sin abrumar al oyente con exhibiciones de mecánica dactilar. Dos años después, el adiós se formalizó con otra gira que le trajo por última vez a Barcelona, al Poble Espanyol, con un gran Willie DeVille como telonero.

LARGA DESPEDIDA

Entrábamos en una nueva fase, la escenificación cronificada del tour de despedida, tan practicada desde todos los flancos del 'show business' (desde Chavela Vargas hasta Scorpions). Sí, pero no. El adiós que es un hasta luego mientras la contratación siga abierta. Volvió a España en el 2010, y hasta una vez más en el 2011, cuando pasó por el Festival de Cap Roig en horas bajas, hablando más que tocando, como si supusiera que su sola presencia bastaba para complacer al público.

No lo sabíamos, pero aquel sí que era su adiós. Hay artistas que eligen esta manera para marcharse: mostrándose como son, también con sus flaquezas y su decadencia, fundiendo profesión y vida hasta sus últimas consecuencias. Así lo quiso el guitarrista y, aunque aquella imagen póstuma, una aromática noche de verano en la Costa Brava, no es la que más le favorece, quizá ningún otro retrato podría decir tanto de él. Dar más de 200 conciertos al año no fue nunca una estrategia de mercado, sino un modo de vida. Hasta el último suspiro.

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