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CRÍTICA

La vida de un buen ermitaño

Denis Johnson crea en 137 páginas toda una obra maestra: 'Sueños de trenes'

SERGI SÁNCHEZ

He aquí una Gran Novela Americana concentrada en 137 páginas. ¿Un milagro? Si no lo es, se le parece: la vida de Robert Grainier, que pasa de trabajar para el ferrocarril a ser viudo y ermitaño por culpa de un incendio, se despliega ante los ojos del lector como una miniatura quebradiza, tan sencilla en su diseño como monumental en su belleza, que concentra las ambiciones históricas, sociales, antropológicas y artísticas de esa obra maestra de dimensiones faraónicas que gran parte de la literatura norteamericana ha buscado desde que el mundo es mundo. Sin ir más lejos, Árbol de humo, de Denis Johnson, pertenece a esa tradición, pero pese a todas las bondades de aquel memorable National Book Award, Sueños de trenes le da diez mil vueltas.

A tres páginas de terminar, Johnson resume la novela en 15 líneas memorables, que bien podrían ser la neutra necrológica, publicada en un periódico local, de un hombre que pasó por el mundo como una sombra, sin que nadie echara de menos su existencia carnal. Y son memorables, decíamos, porque llegan después de que Johnson demuestre que la literatura puede hacernos entender justo lo contrario: que toda vida siempre deja huella si alguien sabe contarla. No ocurren grandes cosas en Sueños de trenes, ni siquiera somos muy conscientes del paso del tiempo, porque los ochenta y pico años de edad de Grainier, que gravitan sobre una única tragedia -la pérdida de su mujer y su pequeña hija entre las cenizas de un bosque en

llamas-, van y vienen desde una cabaña reconstruida sobre la memoria de los muertos hasta un pueblo que, en las escuetas descripciones de Johnson, imaginamos como el de un wéstern rocoso. Sin embargo, la novela está impregnada de tal modo de la sensibilidad de un país que, sin hacer referencia a ningún hecho histórico aparte de la gran guerra, sentimos el peso de esa mirada mítica, donde los indios y los trenes, los carromatos y los predicadores, los fantasmas y la indomable naturaleza, evocan un siglo que nada tiene que ver con el XX.

Johnson acaricia al poeta que lleva dentro celebrando una contención expresiva que extrae lirismo de una prosa depurada, tanto que a veces puede pasar por simple. Como simple es reaprender a respirar cuando se está tan triste como Grainier, que, reduciendo la vida a su esencia, como un anacoreta que ni siquiera se permite el lujo de enfadarse con el mundo, consigue sobrellevar la soledad y la melancolía con la única compañía de una perra salvaje. La estructura vagamente episódica de la novela puede hacernos pensar que Johnson depende demasiado del encanto de la anécdota, pero la galería de gloriosos personajes secundarios que aparecen en esta obra maestra -desde el pederasta moribundo que, con su confesión, da un giro de 180 grados a la adolescencia errática de Grainier hasta el niño lobo que, con su aullido, certifica lo que el narrador denomina la defunción de toda una época- sirve para definir el universo moral del protagonista.

Un universo moral sin mácula, desprovisto de prejuicios, alérgico al melodrama y adicto a la belleza de las cosas. Sueños de trenes se lee como un largo poema en prosa, como esas Hojas de hierba que tanto admira Johnson. De estar vivo Walt Whitman la habría disfrutado a gusto.

FICHA: 'SUEÑOS DE TRENES', de Denis Johnson.Trad: Javier Calvo. Literatura Random House. 137 págs. 14,90 €