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Paolo Conte, en su mundo de fábula

El cantante y pianista piamontés desplegó su sutileza y poder evocador en el Auditori

JORDI BIANCIOTTO / BARCELONA

Hay tanto ruido en el ambiente, tanto efectismo en los escenarios, tanta palabra subida de tono para hacerse notar, que cuando acudes a un recital de Paolo Conte debes pasar un periodo de descompresión para ponerte en situación. Sus canciones sigilosas, sus silencios, la gramática sinuosa de sus instrumentaciones, la ironía y el dulce anacronismo imponen una ley y desatascan los oídos, los sentidos. Sus recitales son paréntesis en los que la realidad, esa vulgaridad, es suplantada por la evocación. Nada ha cambiado. La seducción permanece. También anoche, una vez más, en el Auditori.

El abogado piamontés regresó al escenario que le acogió hace cuatro años, como entonces dentro del

Voll-Damm Festival Internacional de Jazz, esta vez con disco de estreno, Snob, grabado tras la pérdida de su productor de siempre, Renzo Fantini, fallecido en el 2010. Un nuevo destilado de sus artes que, como sus últimas obras, Nelson y Psiche, no parece estar especialmente llamado a hacer historia si tomamos en consideración el conjunto de su obra. Solo interpretó dos de sus canciones y, como es su costumbre, se decantó por el recorrido panorámico de su producción sin evitar una notable cuota de clásicos (entre los cuales no figuró Azurro, descartada de sus repertorios desde hace años). Se permitió rescatar piezas ausentes en sus últimas giras, como la sarcástica Ratafià, del ábum Aguaplano, de 1987 (uno de los más citados de la noche), con la que abrió el recital. La cantó de pie y se sentó luego al piano para abordar Sotto le stelle del jazz.

LITERATURA Y 'KAZOO' / Ahí estaba al decorado emocional de Conte, el de siempre: esos giros de jazz retro, la arquitectura melódica del cantautor, la suave fabulación. Y los chasquidos burlescos, con la famosa trompetilla, el kazoo, en la agitada Come di, y las onomatopeyas en la majestuosa Alle prese con una verde milonga. Por supuesto, Conte solo usó su voz para cantar y presentar sus músicos, 10, como el guitarrista Nunzio Barbieri, y se abstuvo de todo parlamento.

Volvió a levantarse y a dejar el piano en otras manos, cuatro en este caso, en la pieza estrella del nuevo disco, Snob, narrativa y sutilmente conmovedora, acerca de un excéntrico sabihondo que se entromete en una relación de pareja. Tras la otra canción nueva, Argentina, con ecos de la emigración piamontesa a ese país a finales del siglo XIX, recuperó Una giornata al mare y dos piezas de Aguaplano, Recitando y la que le da título.

Tras una pausa de 20 minutos, la segunda parte comenzó a andar con el ritmo de Dancing y derivó hacia un repertorio de clásicos: Gioco d'azzardo, Gli impermeabili, Madeleine... Palabras mayores. Y la popular Via con me («it's wonderful, wonderful, chips, chips...») rumbo a una secuencia álgida que viene repitiéndose desde hace ya varias giras, con la raveliana Max y el tour de force de Diavolo rosso. Pieza trepidante esta, inspirada en el ciclista Giovanni Gerbi, paisano de Asti que dominó la competición italiana a principios del siglo pasado, y en la que a los tres guitarristas les debió de quedar la mano muerta de tanto rascar. Clímax agotador antes de la calma, que llegó con Le chic et le charme, rumbo a un bis con Sijmadicandhapajiee. Nada ha cambiado en el mundo de  Paolo Conte. Todo permanece. Y ya está bien.