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Escritor y académico de la RAE

Javier Marías: «Hoy veo que de joven me comporté de forma poco aceptable»

ELENA HEVIA

Los caminos del éxito editorial son inescrutables pero es evidente que Así empieza lo malo (Alfaguara) está llamado a ser uno de los libros más leídos este otoño. Javier Marías, su autor, ha levantado una alegoría moral localizada en 1980, con aires de viejo melodrama de Hollywood y secretos matrimoniales. Lo ha teñido con su cinefilia -no en vano es sobrino de Jesús Franco- y sirve el conjunto con su prosa sinuosa y digresiva, puro Marías, aquí más adictiva que nunca pues se dirige al galope a un final de alta intensidad literaria.

-En general todas sus novelas van de lo particular a lo general. ¿Es por eso que los secretos inconfesos de un matrimonio son el reflejo de la tabla rasa con el pasado que los españoles establecieron en la Transición?

-Esa es una cuestión sobre la que he pensado mucho, aunque no tenga una postura clara. Da mucha rabia que no se hayan castigado las cosas atroces que los nacionales hicieron durante la guerra civil, pero lo cierto es que no se podía, porque el único que tenía las armas entonces era el Ejército franquista. En mi novela un personaje dice que no es factible llevar a medio país al banquillo. A cambio de eso, hemos tenido durante casi 40 años un país casi normal, con elecciones, alternancia en el poder, sin censura. ¿Hay que recordar que hasta entonces los periodos de libertades se contaban por trienios?

-Mucha gente calificó ese pacto de bajada de pantalones.

 

-Y claro que lo fue, pero no hubo otro remedio. Y la claudicación, relativa, porque las cortes franquistas accedieron de una forma inverosímil a hacerse el haraquiri.

-¿Y así empezamos a ser un país desmemoriado?

-Bueno, hubo gente que no es que no tuviera memoria sino que habiendo sido complacientes con el franquismo, empezaron a inventarse biografías de ficticias resistencias.

-En la novela menciona concretamente a un pintor y a un filósofo.

-Eso lo dice un personaje.

-Pero son fácilmente reconocibles. 

-¿Ah, sí? ¿Quién es el pintor?

-¿El pintor podría ser Tàpies y el filósofo, Aranguren? 

-Yo no voy a decir nada que la novela no diga. Pero bueno, es verdad que no hubo confesión por parte de casi nadie. Mi padre solía decir que no creía en las transformaciones políticas de un día para otro. Si veo recorrer un camino a alguien, me lo creo. Como en el caso de Dionisio Ridruejo, que lo hizo tempranamente y con mucho riesgo. Pero otros no lo hicieron.

-¿Hay recuerdos suyos de los años 80? No le veo pateando la Movida.

-No es una novela de ambientación pero es verdad que solo pudo ocurrir en los 80 cuando el divorcio todavía no había llegado. Entonces el rencor era la argamasa para mantener a la gente unida.

-Esta sería, por tanto, una novela sobre el infierno matrimonial relatada por un soltero recalcitrante. 

-Soy soltero, sí. He tenido mis parejas, pero una convivencia continuada, casi nunca. Se supone que los novelistas debemos tener imaginación y capacidad de percepción. Y, como decía mi padre, no hace falta ser gallina para describir un huevo.

-La figura del voyeur, ese narrador que está cerca de los hechos pero no los protagoniza, abunda en sus novelas. ¿El voyeurismo sería una buena definición de su escritura?

 

-De la mía y de la que cualquier escritor. Si uno se para a pensar, leer novelas y ver películas es una actividad voyeurística. Lo más extraordinario que tiene la novela es que muchas veces la sentimos con más intensidad que lo que nos cuenta un amigo.

-En la relación del joven narrador y secretario con Muriel, el marido y director de cine, hay ecos de la suya con Juan Benet. Él le llamaba joven Marías.

 

-Muriel sería una mezcla imposible de Benet y de mí tío Jesús. Y lleva un parche.

-Como John Ford  y tantos otros autores del Hollywood clásico. 

-Sí, pero también tiene un carácter simbólico, porque no ve, o no quiere ver, con claridad.

-Respecto a la juventud, no hay en la novela una mirada complaciente. La gente suele contemplar el pasado con nostalgia. ¿Usted no?

-No hay que engañarse pensando que la juventud es un periodo dorado. Lo es en algún momento, en algunos aspectos, pero en otros es bastante rufianesca.

-¿Podía haber escrito una novela como esta antes o necesitaba la madurez que tiene ahora?

 

-Supongo que la necesitaba. Mi propia juventud no siempre fue agradable. Me comporté de una forma que hoy no me parecería aceptable. Nada muy grave, pero sí hubo cosas de utilización, de fuerte egoísmo. Recuerdo que cuando murió mi madre yo tenía 26 años. Y claro que fue un golpe tremendo, pero no tiene ni punto de comparación a cómo sentí la muerte de mi padre cuando yo tenía más de 50 años. En la muerte de mi madre, a la que echo mucho de menos, estaba demasiado ocupado con mi propia vida, poniéndola en marcha, construyéndola, sufriendo penas de amores. Es el egoísmo fácil de los jóvenes. En cambio en la madurez, eso tiene otra dimensión.

-A partir de los 50 te enfrentas a la mortalidad. ¿Es eso?

-Bueno sí, aunque lo cierto es que yo he pensado siempre en la muerte.

-A lo mejor me equivoco pero diría que esta es su novela con escenas sexuales más explícitas. 

-Quizá es la que tenga un mayor erotismo porque sobrevuela la novela entera. Pero es que es uno de sus temas: cómo el deseo a ciertas edades se impone a cualquier consideración o cortesía.

-Y hablando de cortesía, sorprende el lenguaje soez en la escena erótica crucial. Y más en el exquisito Marías. 

-Eso se corresponde a lo que piensa un hombre y para el pensamiento no hay testigos. Un hombre no se dice a sí mismo: estoy haciendo el amor, lo piensa en términos un poco más groseros.

-¿Escribir una escena erótica no es entrar en un terreno muy resbaloso?

 

-No resbaloso, espantoso. O bien se cae en la cursilería, o bien se es soez, o bien, si intentas ser neutral, se acaba siendo obstétrico. Mis escenas de pasión carnal suelen ser raras, porque intento no caer en esos errores. No sé si lo logro, pero habitualmente en ellas no suele haber mucho detalle. La mayoría de las veces no hay en ellas más que un leve roce.

-La sexualidad ha impregnado también la habitual aparición del profesor Rico, a quien dibuja como un conquistador. 

-Le gusta jugar a eso, saber que puede estar con una mujer determinada aunque no necesite consumarlo. Aunque, me consta, está muy enamorado de su mujer.

-A Francisco Rico, que en esta novela más que un extra con línea es un secundario de lujo, le divierte comportarse en la vida real como el personaje de sus novelas. 

-Esta vez me pidió que le sacará más. Y lo he hecho así solo porque cuadraba en la novela. El otro día en la radio me pusieron una grabación en la que él decía: «Javier Marías, el muy cabrón, veo que me saca mucho con la esperanza de que lea la novela. ¡Pues va listo!». A mí Rico me parece muy gracioso, pero sé que no todo el mundo piensa lo mismo.

-Se ha resistido hasta ahora a hablar de Catalunya, aunque ha estado usted muy vinculado. En su último artículo y primera incursión en el tema habla de miedo.

 

-Decía que si yo fuera catalán estaría aterrado. Y aunque la gente es muy libre de querer lo que quiera, no se para a pensar a quién le interesa que Catalunya se convierta en un coto cerrado, porque quedaría, y esto es un hecho, fuera de la Unión Europa durante años.

-Catalunya se siente afrentada. 

-Y es cierto, pero tengo la sensación de que eso se está utilizando para tapar la política extremadamente de derechas de CiU y también de Esquerra, que de izquierda no tiene más que el nombre.

-El próximo jueves se hará público el Nobel de Literatura. Su nombre está  en las quinielas.

 

-¿Las quinielas de quién, de un grupo de chalados apostadores ingleses? Eso no tiene el menor crédito. Estoy en esas listas como está el Tato o la Chelito.

-Se me ocurre que como los académicos no tienen lector de español pueden acudir a sus traducciones en inglés. Y los libros de Marías deben sonar muy bien en inglés. 

-También estoy traducido al sueco. Pero mis libros en inglés suenan mejor que en español porque tengo una traductora excelente.