ESCALOFRIANTES RELATOS
El infierno checheno
En 'cuadernos rusos', Igort lleva al cómic el compromiso con las víctimas de la violencia rusa que le costó la vida a la periodista Anna Politkóvskaya, azote de Putin

Fragmento de la portada de 'Cuadernos rusos'.

Solo las balas pudieron silenciar la voz de la periodista rusa Anna Politkóvskaya. Cuatro, disparadas con una Makarov IZH con silenciador cuando iba a subir al ascensor de su casa moscovita el 7 de octubre del 2006. Azote del poder de Vladímir Putin, denunció en sus acerados artículos, más que incómodos para el presidente ruso, las torturas, desapariciones, violaciones, saqueos y asesinatos en Chechenia que las tropas rusas, y la administración de Grozni respaldada por Moscú, infligían a hombres, mujeres, niños y hasta soldados que se negaban a cumplir órdenes de ejecución o tortura o pretendían denunciarlo.
Ocho años después, este junio, han sido condenados a cadena perpetua dos de los cinco pistoleros culpables del asesinato de Politkóvskaya, un crimen que olía a encargo y a unos responsables impunes y en la sombra.
Con la crisis ucraniana manteniéndose en pleno apogeo, el dibujante sardo de ascendencia rusa Igort (Cagliari, 1958) publica en España su particular homenaje a la periodista: Cuadernos rusos (Salamandra Graphic), cuyas viñetas, escalofriantes, siniestras y reales pinceladas sobre los horrores de, como reza el subtítulo, esa guerra olvidada del Cáucaso, son fruto de dos años recorriendo países de la ex-URSS. En ese viaje, el autor, fusionándose entre la gente de la calle, habló con personas cercanas a la reportera y recopiló testimonios de víctimas, sintiendo a menudo «el peligro» de intentar saber más sobre Chechenia. La intención del cómic era echar luz sobre la «democradura» de Putin, sobre «las mentiras, la propaganda y la desinformación de este Gobierno», un «imperialismo que lleva directamente a las atrocidades y la violación de los derechos humanos», explica Igort vía correo electrónico.
Violencia y derechos humanos
«Creo que el trabajo de Politkóvskaya es un buen espejo para reflejar la sociedad rusa actual. Un país liderado por un hombre fuerte que no duda en usar la violencia y abusar de los derechos humanos si es necesario para sus propósitos. Esto es algo que nosotros, los ciudadanos europeos, deberíamos saber sobre la política, que hay un alto nivel de hipocresía. Debemos reflexionar sobre ello -opina-.Y lo que más admiro de Anna es su fuerza, su postura ética ante esa hipocresía que quería desenmascarar. Y, por supuesto, su humanidad, su capacidad de comprender, escuchar, luchando contra algo que era mucho más grande que ella. Incluso sabiendo que podía tener un mal final no se echó para atrás. Es una característica de los grandes seres humanos, de las grandes almas».
Igort recorre reveladores episodios vitales de la periodista: su mediación en el asalto checheno al teatro Dubrovka de Moscú, en el 2002, que tras la intervención del Kremlin se saldó con decenas de muertos; el envenenamiento que a punto estuvo de costarle entonces la vida, que sufrió en el avión cuando se dirigía a informar del ataque a la escuela de Beslán, en el 2004, que también acabó en matanza; o su retención, con interrogatorios y simulacro de ejecución incluido, durante varios días en una base militar rusa, que le causó pesadillas durante semanas.
El autor, en su anterior Cuadernos ucranianos, donde hablaba de la hambruna de los años 30, Chernóbil, la brutal ocupación nazi y la dictadura de Stalin, ya recurrió a testigos reales. «Mi objetivo es dar voz a aquellos a los que les niegan el derecho a hablar, darles la oportunidad de contar su historia, una historia que para nosotros, los occidentales hemos ignorado durante mucho tiempo. Pero si queremos entender lo que está pasando estos días en Rusia y Ucrania necesitamos conocer cuál es la visión imperialista de Putin», avisa Igort, que no se considera «politólogo ni sovietólogo» sino un «narrador» que busca «la humanidad que rodea la noticia».
Litvinenko, envenenado
No faltan en el libro colaboradores y amigos de Politkóvskaya también amenazados y asesinados por defender a torturados y familias de desaparecidos -el abogado Stanislav Markétov y la becaria Anastasia Baburova, que trabajaban, como ella en Nóvaya Gazeta, tiroteados en plena calle, o el exagente ruso Litvinenko, envenenado con polonio radiactivo-. Pero, sobre todo están presentes con sus brutales relatos las víctimas, que como mostró la periodista en sus textos, «están en ambos lados, también entre los verdugos». Documentado médicamente está entre los soldados rusos el síndrome checheno: la adicción a la violencia gratuita y desmesurada. «Esos chicos que fueron a la guerra habían crecido con mitos americanos como Schwarzenegger o Stallone y volvieron devastados por la violencia, tanto como los civiles, cuya única culpa fue nacer en ese lugar». «Del infierno checheno no se sale indemne», sentencia.
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