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Lenin, la gran arma alemana

XAVIER CASALS

El 16 de abril de 1917 Lenin llegó a Petrogrado (nuevo nombre de San Petersburgo desde agosto de 1914), donde una multitud le esperaba. La revolución ya tenía líder y, paradójicamente, habían sido los alemanes quienes lo habían llevado allí desde Suiza. ¿Por qué lo hicieron? La respuesta está en la situación creada en Rusia por el fin de la monarquía.

Cuando en 1894 Nicolás II accedió al trono, su imperio de 184 millones de habitantes sufría tensiones importantes: los liberales querían limitar el gran poder del zar; los campesinos tenían hambre de tierras, pues 30.000 terratenientes poseían la mitad de las disponibles; la industrialización, concentrada en pocas zonas, se financiaba con inversiones extranjeras e impuestos del campo. En este marco, cuando Rusia perdió la guerra ante Japón en 1905, cristalizó una primera revolución. El zar la conjuró autorizando la constitución de una Duma o parlamento, sin liberalizar su régimen.

HAMBRE Y HUELGAS / El rumbo desastroso de la Gran Guerra agravó la situación y a inicios de 1917 se extendió un clima revolucionario: la inflación coincidió con un duro invierno y escasez de comida, las huelgas crecieron, la producción cayó el 50% y las deserciones aumentaron en el Ejército. El 12 de marzo, la Duma formó un Gobierno provisional, a la vez que se constituyó un poder asambleario paralelo, el Sóviet de obreros y soldados. El primero representaba a una octava parte de la población, la que tenía derecho al voto; el segundo poseía un enorme arraigo social. Solo un miembro del Gobierno, Alexander Kerensky (responsable de dirigir la guerra), lo era también del Sóviet. Nicolás II tuvo que abdicar en su hermano, el gran duque Miguel, que renunció a la Corona y puso fin a la monarquía. Fue entonces cuando Lenin llegó a Petrogrado en un tren de un solo vagón facilitado por los alemanes. Estos preveían que los bolcheviques o socialistas radicales podían provocar disturbios en la retaguardia rusa. Pese a sus 17 años en el exilio (desde 1900 solo había estado medio año en su país, entre 1905 y 1906), Lenin sintonizó con la población con sus Tesis de abril, plasmadas en la consigna «pan, tierra y paz».

Los hechos jugaron a su favor: en julio fracasó una ofensiva rusa; en septiembre los alemanes tomaron Riga; y un general reaccionario, Lavr Kornilov, efectuó un golpe de Estado que los bolcheviques impidieron. La frágil posición en la que quedó el Gobierno provisional abrió las puertas a la toma del poder por aquellos: «Ha llegado la hora de un duelo a muerte entre la revolución y la contrarrevolución», afirmó Trotsky en octubre. Finalmente, el 6 de noviembre ocuparon los centros vitales de Petrogrado y el Palacio de invierno. La revolución había triunfado.

Los bolcheviques necesitaban la paz a toda costa, para luchar contra sus enemigos en Rusia, y en marzo de 1918 firmaron el tratado de Brest-Litovsk con los alemanes, cediéndoles 2.600.000 kilómetros y 62 millones de habitantes. Pero en noviembre, el eco bolchevique retumbó en Berlín, donde una revolución acabó con la monarquía. Según el ensayista Sebastian Haffner, cuando Alemania llevó a Lenin a Petrogrado firmó un «pacto con el diablo» y, como en el Fausto de Goethe, pagó por ello con su alma.

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