01 abr 2020

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Pink Floyd, el dinosaurio despierta

JORDI BIANCIOTTO

Todo empezó con un tuit, el que publicó, el 5 de julio, la escritora británica Polly Samson, esposa del guitarrista David Gilmour, anunciando que un disco de Pink Floyd titulado The endless river saldrá en octubre. «Basado en sesiones de 1994, es el canto del cisne de Rick Wright, y muy bonito», añadía con sintaxis comprimida. Poco después, Durga McBroom, que fue corista del grupo, se sumaba a la buena nueva y colgaba una foto en Facebook en la que aparecía grabando unos coros con Gilmour.

Sí, la banda que, en otros tiempos, se movía a golpe de anuncio oficial, con toda la pompa del show business, ha dado nuevas señales de vida a través de la informalidad de las redes sociales. El signo de los tiempos. Y, aunque la edición de un nuevo disco de Pink Floyd sea un hecho noticioso, hablamos del primero desde The division bell (1994), todavía es precipitado hablar de regreso del grupo con todas las letras. Sí, habrá un lanzamiento con material inédito. ¿Nuevo? No literalmente: su base son sesiones de hace 20 años. ¿Gira? No hay planes por ahora. ¿Reunión con Roger Waters? Menos todavía: la nueva obra procede de grabaciones realizadas por la última formación del grupo, es decir, Gilmour, Wright y Nick Mason. Aunque la actuación del cuarteto al completo en el festival Live 8, de Londres, en el 2005 (la primera desde 1981), alentó las especulaciones, el ambiente se fue enfriando a medida que ambos líderes, Waters (que ha acabado gestionando el capital del grupo en sus giras en solitario dedicadas a The dark side of the moon y The wall) y Gilmour daban largas cada vez que un periodista les lanzaba la pregunta.

El gran porro

Los fans sabían de sesiones perdidas en torno a la grabación de The division bell. Se trata de música decantada hacia el ambient, «principalmente instrumental», apuntó hace unos días un comunicado discográfico, descripción que cuadra con la información disponible desde hace años sobre un proyecto que acabó congelado, el álbum tentativamente titulado como The big spliff (El gran porro). Parece una broma, pero el grupo llegó a sopesar su edición, aunque acabó echándose atrás. Era un material experimental, que sintonizaba con tendencias del momento en torno a la música electrónica ambiental. En aquella época, el semanario británico Melody Maker publicó un tema de portada, «Pink Floyd se cita con The Orb», en el que Gilmour y Alex Paterson, miembro de ese dúo electrónico londinense, compartían reflexiones en torno al álbum The dark side of the moon. Lo que no sabíamos entonces era que el grupo tramaba explorar ese territorio, aunque tardaríamos dos décadas en conocer los frutos.

Todo apunta a que Gilmour, secundado por Mason, ha recuperado ahora aquellas piezas y les ha dado un formato de canción añadiendo algunos textos en los que Polly Samson ha intervenido como autora (ya se le permitió firmar el de What do you want from me?, de The division bell). Se ha confirmado la intervención, en la producción, de Phil Manzanera, guitarrista de Roxy Music, y de Martin Glover, Youth, de Killing Joke. También participa Guy Pratt, bajista reclutado por la banda en1988 (y que está casado con Gala, hija de Rick Wright), y dos voces inesperadas: David Crosby y Graham Nash. Lo anunció esta semana el segundo a la cadena VH1, añadiendo que había participado en una pieza «sobre amigos que han muerto». 

La antaño poderosa EMI, hogar histórico de Pink Floyd, se desvaneció en el 2011, desmembrada entre Universal y Warner, y será esta última discográfica la que publicará el álbum a través de la rama Parlophone. La industria sueña con una gira de Pink Floyd, la reunión más deseada junto con la de Led Zeppelin. Pero los dinosaurios callan. Y el tiempo sigue corriendo.