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Aquella matinal de Pete Seeger en Sants

El cantante folk, fallecido el pasado 27 de enero, actuó por primera vez en Barcelona el 15 de febrero de 1971 en un concierto clandestino en un bar de Sants. El día antes habían prohibido su actuación en la ciudad, y Jordi Llopart, que debía presentar el recital, le ofreció cantar a la mañana siguiente en la taberna de su familia.

Fragmento del recital que Pete Seeger ofreció en el bar Llopart de Sants, el 15 de febrero de 1971.

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NÚRIA MARRÓN / Barcelona

Aquel 14 de febrero de 1971, un grupo rico en barbas y melenas intentaba templar los nervios ante la que se estaba armando al otro lado de la puerta de la Escuela de Ingenieros de la Diagonal, llamada por imperativo franquista avenida del Generalísimo. Entre quienes intercambiaban impresiones había dos caras conocidas: Pete Seeger y Raimon, que lo había traído a Catalunya. A última hora, el gobernador civil había prohibido el concierto del cantante folk en Barcelona, que una semana antes ya había actuado en Terrassa. Y por lo visto, mucha gente no se había enterado del veto in extremis y empezaba a arremolinarse a las puertas de la escuela. Había grises por todas partes. Incluso a caballo. En aquel crescendo no ayudó mucho a apaciguar la tensión el hecho de que se desplegara una enorme bandera catalana. Y empezaron las cargas, los gritos, las carreras, los manguerazos de agua de tinta para poder indentificar luego a los maleantes. 

¿Qué hacían? –debatía el grupo–. ¿Cancelaban el recital? ¿Abrían las puertas y se liaba? «Aquí no se puede hacer, pero me gustaría cantar en algún sitio, para que vosotros lo grabéis y lo podáis pasar a la gente –dijo entonces Seeger–. ¿Se os ocurre algo?». 

–Bueno, podríamos hacerlo en el bar de mi padre. 

Aquellas nueve palabras salieron de la boca de Jordi Llopart, el facilitador inesperado del primer concierto en Barcelona de Seeger, un recital que durante años ha quedado circunscrito al anecdotario familiar, a la historia clandestina del barrio de Sants. Justo 43 años más tarde, en el mismo rincón donde Pete Seeger desenfundó el banjo –y donde, a modo de reliquia, cuelgan unas fotos–, Jordi y su hermano Eusebi, que hoy regenta el bar, desenredaban la madeja de casualidades que una mañana de febrero llevaron al cantante de Patterson hasta aquella taberna de la calle de Guadiana.

Para entender qué hacía Jordi, un profesor de prácticas de mecánica de la escuela de ingenieros, desatascando la situación con Seeger y Raimon, hemos de tomar un poco de carrerilla. Además de profesor, Jordi «andaba metido» en el Departamento de Actividades Culturales de la escuela. «Organizábamos recitales y actuaciones, y alguna vez vinieron Els Joglars. ¡Pagábamos 5.000 pesetas!». Y además –para que esta historia ocurriera debían darse varios ademasesSEnDcuando salía de la escuela, iba al Institut del Teatre. «Me lo recomendó mi madre, que era un cerebro, decía que me daría seguridad». Soltura aparte, Llopart también pasaba por ser un espécimen exótico de la época: no solo había estudiado inglés, sino que un verano trabajó tres meses en EEUU en la fábrica de armas de fuego Colt y lo hablaba de forma fluida.

POR ESO, CUANDO LA CANTANTE Barbara Dane, activista anti-Vietnam, actuó en 1969 en la Escuela de Ingenieros, no fue extraño que le pidieran que la presentara sobre el escenario y la tradujera. Lo hizo con tanto desparpajo que dos años más tarde recibió una llamada de Raimon, que había impulsado el concierto de Dane y recordaba la actuación de Llopart. «Me dijo que vendría un cantante muy conocido, Pete Seeger, a Terrassa y a Barcelona, y que si lo quería presentar. ‘¡No fotis!’, le dije, porque lo conocía. Me citó en su casa del paseo de Maragall y, cuando fui, también estaba Quico Pi de la Serra. Allí me dieron unas traducciones al catalán de las canciones».

Llegó el día 7 de febrero y Llopart presentó a Seeger en Terrassa. «Una de las cosas que me hizo más gracia fue ver que, en una hoja en el suelo, tenía apuntadas todas las canciones que iba a interpretar». Tal fue la expectación que incluso un joven policía al que mandaron a «controlar» se acercó al camerino junto a una chica «muy guapa» y, amablemente, le rogó: «¿Podrías pedirle que me firme un autógrafo para mi novia?». Al acabar el concierto, Raimon lo invitó a cenar con ellos, confiando en que su inglés desenredaría la comunicación. «Era un grupo de CCOO en el que quien no había estado 10 años en la cárcel, había estado 20. Fue impresionante».

Y ya estamos, de nuevo, una semana más tarde, con los manguerazos de tinta, los grises cargando a caballo y Jordi sugiriendo a Seeger que podía actuar en el bar de su familia. «La verdad es que lo solté sin encomedarme a nadie. ¡Y pensar que podría haber metido a mi padre en un lío! Pero el bar siempre había sido la casa de todos y yo, aun con formación académica, era un chico de barrio».

La soltura y las inquietudes le venían de casa. Su padre, que había nacido en una masía en Santa Margarida de Montbui, llegó a Barcelona y se puso a trabajar en el bar Almirall, en la calle de Joaquim Costa, donde empezó a alternar con periodistas y «gente de ideas».«Apenas sabía leer y escribir, ¡y se puso a estudiar esperanto!». Hasta 1928, el local era conocido como «el bar del manco, un señor que un día, trabajando, presenció un asesinato en la calle y le afectó tanto que acabó traspasando el negocio». Entonces lo cogió el padre de Jordi y lo convirtió en el Bar Llopart, esa «casa de todos» en la que lo mismo se ofrecían platos de sopa a los hambrientos en la posguerra que shows de varietés e ilusionismo en los que se sorteaban una botella de champán. «El día que murió no se cabía en la iglesia de Sants, las escaleras estaban a abarrotar. Lo expusimos aquí, en el bar, e invitamos a todo el mundo a café, copa y puro, como él había pedido», tercia Eusebi en la charla.

En el bar se habían visto tantas cosas («una vez estuvo comiendo un jovencísimo Alfonso Guerra con su compañía de teatro y otra, tuvimos aquí unos días a una americana que decía ser amiga de una amiga y que, en realidad, era espía norteamericana», añade Eusebi) que cuando, sobre las once de la mañana, Seeger entró sin Raimon y con una camisa floreada que solía lucir en los conciertos muy pocos alzaron la vista. Excepto la treintena de personas que había llegado a la taberna a la llamada clandestina de Seeger, la veintena de parroquianos habituales siguieron a lo suyo. «En EEUU había sido muy perseguido y aquí, en realidad, pocos lo conocían», admite Jordi. Y prueba es que, en la grabación que registró en su propio magnetofón y que luego pasó dos sábados en la Escuela de Ingenieros, se oye el ruido de dados y cubiletes. «Sí, la gente seguía jugando al parchís y a las cartas. En un momento, uno de los habituales levantó la cabeza y dijo: ‘Este es importante, ¿verdad?’». Los que luego preguntaron, supieron que aquel señor que rondaba los 50 y que había desenfundado un banjo en el que se leía «este instrumento atrapa el odio y le obliga a doblegarse» era una conciencia insobornable, un hombre que nunca separó el folk de su ideario político –en las antípodas del género ensimismado y melancólico de hoy–, que ingresó en 1942 en el Partido Comunista y que fue interrogado durante la caza de brujas y condenado a un año de cárcel.

Aquella mañana en la taberna, Jordi tuvo la sensación de que nada separaba al hombre de su hoja de servicio.«Fue en todo momento correcto, sencillo, de esas personas que siempre ponen fáciles las cosas –explica–. Era un tipo comprometido, con ideales, que quería que su música llegara a todas partes. ¡Y un avanzado! A principios de los 70 ya le interesaba el medio ambiente ¡y vivía en una cabaña que se había hecho él mismo!».

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Seeger se tomó en serio aquella matinal en Sants y fue ofreciendo, una a una, las canciones que ya había interpretado en sus conciertos en la Península. We shall overcome. This land is your land. Where have all the flowers gone. Last train to Nurember. Y se permitió algún pellizco a la autoridad. «Hace mal tiempo, en Barcelona –se le oye decir en la grabación–porque he cantado sin problemas en Terrassa, Sevilla y San Sebastián y, en cambio, ayer no pude hacerlo en la Escuela de Ingenieros. Espero que pronto mejore el tiempo y pueda cantar en Barcelona».

Durante años, Jordi pensó que, si volvía a darse la oportunidad de presentarlo, recogería aquellas palabras: «‘El tiempo debe de haber mejorado, porque ya puedes tocar en Barcelona’, planeaba decir». Y estuvo a un tris hacerlo. En 1977, se fue a trabajar a Libia y, un año más tarde, pasaba unos días en casa de su madre cuando sonó el teléfono. Raimon de nuevo al aparato. «Seeger vuelve, al Palau dels Esports. ¿Quieres presentarlo?». El trabajo se lo impidió, pero sí pudo acudir al recital. «Al acabar lo fui a saludar, pero había tanto jaleo que no sé si realmente me reconoció».