Crítica

¿Qué hacemos con Maisie?, la mirada paciente de una niña

Tráiler de ’Qué hacemos con Maisie’.

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QUIM CASAS

Henry James ha sido adaptado al cine hasta la saciedad: ¡Suspense!, magistral lectura de la clásica Otra vuelta de tuerca, La heredera, La chambre verte, Los europeos, Las bostonianas, Los papeles de Aspern, Retrato de una dama... Pero en muy pocas ocasiones, por no decir ninguna hasta la fecha, su prosa había sido trasladada a los tiempos actuales.

Esto es lo que han hecho Scott McGehee y David Siegel con ¿Qué hacemos con Maisie?, relato sobre una niña literalmente desatendida por sus padres. En la película, la acción acontece en el presente, el padre es marchante de arte y la madre es una cantante de rock, pero pocas cosas más cambian, en esencia, en relación al durísimo texto de James.

Tres de las cinco películas realizadas por McGehee y Siegel giran en torno a núcleos familiares que se desintegran por diversas razones: En lo más profundo tiene como protagonista a una madre que encubre un asesinato para proteger a su hijo adolescente, y La huella del silencio muestra la descomposición familiar a partir de las obsesiones de un padre con su hija, experta en ortografía.

Los directores se sienten cómodos pues con el excepcional relato de Henry James. Lejos de cualquier efectismo melodramático y partidismo demagógico, ¿Qué hacemos con Maisie? muestra la imposibilidad de unos padres separados en atender a su hija y cómo otros deben ocupar poco a poco su lugar, todo ello filtrado por la mirada pausada, inocente pero a la vez herida, de la pequeña Maisie.

Si el reparto es excelente, con Julianne Moore limando un personaje a veces desagradable, buena parte de la efectividad de la propuesta de McGehee y Siegel recae en esos ojos pacientes de la pequeña actriz Onata Aprile, en uno de los personajes infantiles más complejos que nos ha ofrecido el cine reciente.

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