Ir a contenido

ENTREVISTA CON EL ESCRITOR

George Saunders: "Mentiría si escribiera historias de ponis"

IDOYA NOAIN
NUEVA YORK

Diez de diciembre ha coronado a George Saunders (Amarillo, Tejas, 1958) como voz imprescindible de la literatura estadounidense, su genio del relato. Ahí están de nuevo su excelencia en el lenguaje, su brillante creación de mundos y su oscuridad, aunque con más esperanza filtrada en las historias. Que nadie crea que se ha instalado cómodamente en el género que ha perfeccionado.

-Un estudio acaba de mostrar que la ficción, aparte de estimular, cambia físicamente el cerebro. 

-No me sorprende lo más mínimo. Es como la empatía. Escritor y lector nos hacemos una figura imaginaria y practicamos que nos importe. En el cerebro debe provocar similar actividad neuronal que cuando nos importa una persona. Cuando escribo, las revisiones me producen algo similar. Empiezas quizá despreciando un poco al personaje, riéndote de él. Te vas dando cuenta de que a la historia eso no le gusta. Y debes mirar más cerca. Y eso, al final, es práctica para la vida real. Lo que no es verdad es que la ficción deba ser cálida y adorable, puede ser oscura. Lo poderoso es el proceso de imaginación mutua.

-En ese proceso de revisión, ¿le dicta el personaje? ¿Usted decide?
-Somos ambos, pero en mi caso lo determinante es el lenguaje. Reviso una y otra vez. Un día hago pequeños cambios, al siguiente les doy la vuelta... Es gradual. No pienso mucho en el personaje, con mayúscula, sino en las frases que lo producen.

-¿Cuándo acaba ese proceso?
-Es como pintar un suelo. En un momento tienes casi todo como quieres, te queda un trozo junto a la puerta. Es el final, sales del cuarto y lo pintas. Intento mantenerme atento a mi propia reacción. Una de las mayores cosas que he aprendido con los años es a no sentirme demasiado bien sobre mi trabajo. De joven todo es maravilloso. Ahora el proceso básicamente es revisar una y otra vez. En un momento hace click. Me hace pensar en la definición de pornografía: sabes qué es cuando la ves.

-Su esposa revisa sus historias. ¿Habrían sido las que son sin ella?
-De ninguna manera. Es más inteligente que yo, tiene más experiencia del mundo, tiene un juicio muy agudo. Desde el momento en que nos conocimos me quiso, pero también me ha mejorado. No sería el ser humano que soy sin ella, sin duda.

-El éxito impresionante de Diez de diciembre ¿qué ha cambiado?

--Ha creado algo de presión, pero eso no lo acepto. Lo bueno es que ya antes de que se editara había empezado a trabajar en un proyecto, duro, más largo, en voz distinta. Es un reto y libera mi mente del miedo, las alabanzas y todo eso. El problema es que he estado demasiado ocupado el último año, pero el libro llegó en el momento justo. A los 28 años habría sido un desastre, pero ahora, con un pie en la tumba... (Ríe)

-¿Entonces en su próximo proyecto se aleja del relato?
-Se mueve en el terreno de la novela corta. En mi vida de escritor me he dado cuenta de que siempre hay algo que tengo que probar, incluso si no sé si va a funcionar o no sé cómo cuadra con lo que he hecho antes. Es como enamorarte: hay gente atractiva, y esa en particular es con la que quieres estar. Este proyecto es así. Asumo que el subconsciente es inteligente y te dice qué debes probar, aunque solo sea para crecer.

-Y ¿cómo está siendo la creación?

--Si funciona como quiero estructuralmente será como un relato; todo encaja con lo siguiente, pero cada elemento tiene un poco más de capacidad, por decirlo de algún modo. Cuando hice reportajes para GQ a veces me obsesionaba tanto con las frases que sentía el techo sobre mi cabeza. Porque las piezas eran descriptivas más que inventadas, por la presión de tiempo y porque tenía un gran editor pude relajarme un poco. Algo de eso pasó a Diez de diciembre y a este nuevo trabajo.

-¿Le llevará más tiempo?
-Un año o dos. No es Tolstói. Si me lleva cinco tendré que dejarlo. Podría tomarme el tiempo que quisiera, siempre lo hice. Siento como si cruzara un arroyo con rocas, profundo y con pirañas. No tengo prisa. Lo que no quiero es caerme.

-Se ha dicho que Diez de diciembre es oscuro pero suave.
-No estoy seguro. Varias historias están contadas de forma extraña pero son más realistas y quizá porque son más reconocibles la gente ve eso. Yo miro mis primeros trabajos y no los veo tan distintos. No reniego. Hay un guiño, el tono ya dice que es algo de caricatura. Y siempre me incomodó la idea de que una historia que describía acontecimientos negativos fuese negativa. Si está bellamente contado algo deprimente puede ser luminoso. Es como una obra de Shostakovich: Hay oscuridad, pero la belleza, la verdad y las dinámicas internas te hacen sentir elevado.

Estoy en un lugar en mi vida en que me siento agradecido y más sosegado pero espero que eso no signifique que empiezo a escribir historias sobre ponis porque sería una mentira. Y la suerte que he tenido me ha permitido ver lo que hace la cultura popular norteamericana: la gente se sube al aire purificado y asume que el mundo está hecho de aire purificado. Para un escritor es muy importante no hacerlo, seguir atento. Que tú llegues a un buen lugar no quiere decir que disminuya la crueldad del mundo. Eso es parte de mi programa de automantenimiento.

Le doy muchas vueltas y distintas respuestas a la idea de la oscuridad, pero lo que siento es que la cultura americana está dispuesta a decir: 'Oh, es tan oscuro, oh, es tan extraño'. Y eso es reaccionario, porque significa que el arte con final feliz es arte feliz, y eso es lógica de principiante.

-Enseña escritura creativa. ¿Qué parte cree es talento innato y qué parte es aprendizaje?
-En los talleres de escritura de EEUU en la última década la actitud ha cambiado a 'cualquiera puede hacerlo'. No es verdad. Todo el mundo puede mejorar o beneficiarse del intento de mejorar, pero… Cuando miras a Zadie Smith o David Foster Wallace... Ahí hay un ser humano excepcional. En los escritores que amamos hay algo en nuestra personalidad que no se puede cambiar, no siempre positivo. En mi caso creo tener algunas cualidades extrañas. La esperanza es encontrar herramientas profesionales que presenten las cualidades claramente. Luego el mundo dirá si es excepcional.

--¿Llevará el libro al cine? (Ben Stiller prepara desde 1998 la adaptación de Guerracivilandia en ruinas).

--Después de dos o tres libros pensé que podía hacer esto y lo otro y concluí: 'sí, quizá puedes, pero no lo vas a hacer tan bien como haces la ficción'. Mi resolución es no hacer nada más que ficción el resto de mi vida si puedo. Una frase de Flannery O'Connor se ha vuelto una especie de mantra para mí: 'Uno puede elegir sobre qué escribe, pero no qué hace vivir', en el proceso literario. A cualquier talento que pueda tener quiero hacerle justicia.