UNA SAGA FAMILIAR, SÍMBOLO DEL EXILIO Y LA LUCHA ANTIFRANQUISTA

El silencio sobre los Alberti

Aitana, hija de Rafael Alberti y María Teresa León, reivindica la oscura figura de su madre y presenta una antología de la autora

También lamenta la poca presencia editorial de su padre

La escritora Aitana Alberti, el pasado jueves en elAteneu Barcelonès.

La escritora Aitana Alberti, el pasado jueves en elAteneu Barcelonès. / ELISENDA PONS

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ELENA HEVIA
BARCELONA

Cuando Aitana Alberti nació su nombre no estaba de moda. Ni siquiera era un nombre de mujer. Se lo inventaron sus padres, el poeta Rafael Alberti y la también escritora María Teresa León, a bordo del barco que les llevaba al exilio frente a la sierra de Aitana, en Alicante, el último trocito de tierra española que vieron sus ojos. Aitana Alberti (Buenos Aires, 1941) creció en el exilio argentino y más tarde en el italiano (allí echó a rodar su nombre como madrina de Aitana Sánchez-Gijón, pero esa es otra historia). Fue una joven rebelde, se peleó airadamente con su padre cuando, tras perder la memoria María Teresa León víctima del alzhéimer, él se buscó otro amor. También decidió seguir el mismo camino de sus padres, la escritura. «Tener unos padres con una personalidad tan poderosa ha sido a la vez una bendición y una losa», asegura.

El pasado jueves, Aitana participó en una mesa redonda en el Ateneu Barcelonès en la que presentó dos libros, la antología La memoria dispersa (Atrapasueños), que reúne diversos textos de María Teresa León -«una forma de darla a conocer al gran público»-, e Inquilinos de la soledad (también en Atrapasueños), tres narraciones de la propia Aitana en las que recrea la experiencia del exilio. La segunda es un trasunto del regreso de Alberti a Madrid, el 27 de abril de 1977, junto a una María Teresa León con la memoria completamente perdida. «Ella escribió que quería volver a Madrid cruzando la Puerta de Alcalá en un caballo blanco, pero, a pesar de que el recibimiento a mi padre fue apoteósico, mi madre apenas se dio cuenta de lo que ocurría».

Triste coda a la vida de una mujer que en la España de los años 20 se atrevió a abandonar a su primer marido, un «señorito burgalés» y a ser por ello apartada de sus hijos, los dos hermanastros de Aitana. Siguió así su propio camino, luchó por la independencia de las mujeres gracias a instituciones como el Lyceum, ayudó a salvar los cuadros del Museo del Prado durante la guerra -entre ellos Las Meninas-, abrazó la causa comunista y fue secretaria de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. No tenía, admite la hija, un carácter fácil. «No se la podía dominar ni imponerle nada pero aceptó ser la cola del cometa -como solía decir- que era mi padre tan solo por amor». Recuerda Aitana el escándalo que rodeó la relación de sus padres. «¿Quién es esa George Sand que ha raptado a Alberti», decían los periódicos. «Por entonces nadie se atrevía a separarse. Aunque al contrario de lo que se ha repetido, el de mis padres fue uno de los primeros matrimonios civiles de la República», puntualiza la hija. Hoy, aunque Gabriel Cacho, un estudioso argentino de su obra, ha recuperado para su publicación las charlas radiofónicas que la escritora escribió en los años 50, todavía están inéditos muchos de sus textos.

El legado que no cesa

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Desde hace casi tres décadas, Aitana Alberti reside en Cuba. «Para mis padres la revolución cubana fue muy importante. Mi padre solía llamarme Hija de los Desastres y es verdad, he dado muchas vueltas por el mundo, jamás he sentido que perteneciera a ningún lugar hasta que me instalé en la isla. Allí está mi casa».

Hoy, aunque le agote hablar del tema, a 25 años de la muerte de su madre y a 13 de la del poeta, Aitana sigue estando en el centro del complicado reparto, todavía no resuelto, del legado Alberti, al que también aspira su principal heredera, la viuda y segunda esposa del poeta, María Asunción Mateo. De ella, Aitana se abstiene de comentar nada, pero se duele de la «inactividad» de la Fundación Alberti en El Puerto de Santa María que «está a punto de cerrarse y reconvertirse en un museo municipal». Se queja además de que institucionalmente nadie haga nada por velar por su obra. «Es una lástima, en las librerías ya no se encuentran sus libros».