Perspectivas cegadas

CRÍTICA Isaac Rosa hace un logrado esfuerzo por mostrar la actual desesperanza

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DOMINGO RÓDENAS

A los escritores comprometidos, es decir, a aquellos que no han querido disociar su descontento político o social de su profesión literaria, se les ha solido plantear un dilema de no fácil resolución: o hacían prevalecer el mensaje cívico por encima de la calidad artística de la obra o bien, intentando salvaguardar esta, debilitaban la rotundidad y nitidez de su protesta. Ética o estética. Como casi toda disyuntiva formulada a bulto, esta también es falsa. Muchos de los escritores que, bajo la dictadura, militaron en una literatura de combate, dieron en engolfarse años después en una escritura experimental. La crisis económica ha originado una serie de respuestas literarias que pueden ser calificadas de comprometidas (e incluso de indignadas), pero cuya característica común consiste en la superación de la dicotomía entre carga ideológica y quehacer estrictamente literario, y La habitación oscura de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) es una de las más destacadas.

Esta novela habrá de permanecer como un esfuerzo logrado de narración colectiva pero también como una amarga expresión de la desesperanza ante el estado de cosas actual y, lo que es más desalentador, ante la posibilidad de superarlo o revertirlo. Conviene advertir que Rosa tiene la edad de sus personajes, unos 40 años, y que es un hombre de izquierdas poco conformista con el creciente desamparo en el que el Gobierno del PP va sumiendo a los ciudadanos menos favorecidos. Y conviene tenerlo en cuenta para aquilatar en su justo valor este relato alegórico sobre un grupo de amigos que, por el azar de un apagón, descubrió las alegrías sexuales que podía brindarles la oscuridad y el silencio pactado. Desde ese día resolvieron disponer de una habitación oscura donde entregarse anónimamente al intercambio de fluidos pero también donde refugiarse sin más de los agobios del mundo exterior, cada vez más hostil. A medida que esta hostilidad se endurece y el miedo se acrecienta, la función evasiva de la habitación se hace más clara y se impone la alternativa entre actuar ante las circunstancias o abstenerse, es decir, entre la acción política (por ejemplo democratizar el miedo) o el silencio paralizado de los corderos. Isaac Rosa no elude encarar esta encrucijada, pero le corresponde al lector decidir cuál es la opción del autor y ponderar los porqués.

La primera mitad de la novela, en la que se desarrolla la metáfora de la habitación oscura, puede hacerse algo fatigosa, pero resulta pertinente para caracterizar a la generación del autor, acosada por la precariedad laboral, las deudas hipotecarias y la incertidumbre sobre el porvenir, que ahora se siente defraudada y atrapada como una mosca en una telaraña. Como Isaac Rosa pretende que sea esa generación la que protagonice y narre su novela, ha ideado un narrador múltiple, grupal, para el que no existe el yo sino el nosotros y nosotras. Este mecanismo de despersonalización narrativa es convincente, pero Rosa sabe que una novela requiere de una trama por mínima o delgada que sea. De este modo, hacia la mitad empieza a dibujarse la silueta de un conflicto que plasmará la antítesis entre la acción y la abstención.

En el despliegue de ese conflicto se vislumbra no solo la indignación ante la injusticia y el estado de amenaza permanente inducido con que los poderosos perpetúan la desigualdad social, sino también una lúcida duda acerca de la eficacia real de ciertas acciones antisistema. La habitación oscura no es solo una excelente novela sobre el impacto de la crisis en la generación del autor, sino una requisitoria contra el miedo y la ceguera dirigida a cualquier ciudadano.

3LA HABITACIÓN OSCURA

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Seix Barral. 300 págs. 18 €