EL LIBRO DE LA SEMANA

El ojo que vio lo inmundo

Menéndez Salmón alimenta su ciclo de la maldad

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DOMINGO RÓDENAS

Supongamos que existe un artista de la imagen, pintor, fotógrafo, cineasta, que ha sido testigo de algunas de las mayores atrocidades de la historia del siglo XX y ha querido dejar testimonio a través de su obra. Supongamos que estuvo presente mientras se cometían crímenes abominables, sin intervenir y empuñando su cámara como un reportero gráfico. Supongamos que semejante artista de la abstención desapareció hace décadas, empeñado en no dejar rastro físico de sí mismo, decidido a pasar sin ser visto ni recordado habiéndolo visto él todo, habiendo alimentado con su trabajo la memoria del espanto en los campos de exterminio o en Hiroshima. Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) ha imaginado a ese artista, Prohaska, y lo ha convertido en el objeto de una investigación biográfica en la que se combinan los datos sobre su vida con la historia de las pesquisas que los saca a la luz. El resultado alterna la perturbadora inhibición del artista ante el horror del que se sirve como materia prima y la perplejidad fascinada del narrador anónimo que reconstruye sus pasos.

ASCO / Este narrador, nacido en 1971 en Gijón, casado y con hijos, que hizo una tesis sobre la iconografía del mal, tiene muchas semejanzas con el autor, obviamente. Su persecución de la escurridiza figura de Prohaska aspira a entender cómo un fotógrafo de guerra que fue cronista del dolor y un espíritu artístico refinado pudo mostrarse indiferente a la monstruosidad y declararse ajeno a cualquier ideología. En el narrador hay un imperativo moral que no admite suspensiones del juicio ante actitudes éticamente incomprensibles: «¿Se puede defender la obra de alguien que filmó ejecuciones con tiros en la sien, ahorcamientos de niños de ocho años, vivisecciones en embarazadas [...] y que hizo todo eso sin emitir una queja?», se pregunta y el interrogante se incrusta como una bala en el lector. Como espectador del mal, Prohaska le inspira a su biógrafo piedad; su inadmisible distancia le da asco.

MEDUSA DEL MAL / Menéndez Salmón plantea el problema irresoluble de la responsabilidad (y la complicidad) del artista que se limita a reflejar el horror sin denunciarlo ni intentar corregirlo, siendo él un hombre común, sujeto a los gozos y desdichas de cualquiera. La cuestión no es trivial y, convertida en paradoja, recorre todo el arte del siglo pasado. Pero este Prohaska, el Ojo que vio lo inmundo, parece eludir la paradoja mediante su obstinación por borrarse como individuo y permanecer solo en las imágenes que son su legado. Se diría más: ha sacrificado su individualidad a la función de dar testimonio, ha entregado su vida a mirar de frente a la Medusa del mal para que otros vean lo inconcebible.

EnMedusaopera una interpelación incómoda al lector, como en los títulos anteriores de este mismo ciclo sobre la maldad, porque para Menéndez Salmón la literatura no es una actividad lúdica e intrascendente sino una poderosa vía de conocimiento.

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