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Novedades editoriales sobre el conflicto bélico de 1914

Hitler, "un cerdo de la retaguardia"

El historiador Thomas Weber tumba mitos sobre las heroicidades del futuro Führer como soldado en la gran guerra

Anna Abella

EL BIGOTE DE UN «HOMBRE SIN ROSTRO» 3Hitler, en 1915, primero por la izquierda junto a otros correos, y arriba, en Fournes, según Thomas Weber, «una patética figura secundaria en una foto que raya el desprecio». / TAURUS / K. WEIB - KORBINIAN RUTZ

EL BIGOTE DE UN «HOMBRE SIN ROSTRO» 3Hitler, en 1915, primero por la izquierda junto a otros correos, y arriba, en Fournes, según Thomas Weber, «una patética figura secundaria en una foto que raya el desprecio».
EL BIGOTE DE UN «HOMBRE SIN ROSTRO» 3Hitler, en 1915, primero por la izquierda junto a otros correos, y arriba, en Fournes, según Thomas Weber, «una patética figura secundaria en una foto que raya el desprecio».
Thomas Weber, en Barcelona.

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El soldado Adolf Hitler que en 1914 se alistó voluntario para combatir en el Ejército bávaro en la primera guerra mundial era un artista fracasado que pintaba postales. Un ser solitario y anodino que nunca participaba en las fiestas de sus compañeros del Regimiento List y que estando de permiso, mientras estos frecuentaban tabernas y burdeles, se dedicaba a hacer turismo con una guía de arquitectura bajo el brazo. Fue soldado raso, no cabo, no tenía dotes de mando ni de liderazgo y nunca se le escuchó un solo comentario antisemita, y si bien resultó herido, no lo fue en primera línea de fuego. No fue ningún héroe, aunque tampoco tuvo muchas oportunidades de ser un cobarde. Porque el soldado Hitler fue destinado a un cómodo y poco peligroso trabajo de correo en el puesto de mando y, mientras los soldados del frente sufrían carnicerías como la batalla del Somme y soportaban agua y fango hasta la cintura en las trincheras, rodeados de cadáveres putrefactos y diezmados por las bombas y el gas mostaza, él, seco y bien alimentado, dormía bajo cubierto a cientos de metros de ellos. Pero no son estas todas las revelaciones que el historiador Thomas Weber, doctorado en Oxford y profesor de Historia en la Universidad de Aberdeen, descubre en La primera guerra de Hitler (Taurus).

Explorando un filón de documentos y cartas originales del Regimiento List, con un 70% de material inédito, la investigación de Weber tumba mitos creados, tergiversados y exagerados por el propio Hitler y la propaganda nazi tras la gran guerra, que calificaban su papel de «valiente, intrépido y extraordinario». El principal, destaca en Barcelona el autor, es «la idea que nos han hecho creer de que Hitler fue fruto de la primera guerra mundial», de que la brutalidad del conflicto radicalizó sus ideas y las de sus compañeros originando el nacionalsocialismo. «La guerra sí hizo de Alemania un país menos estable y más volátil pero un análisis de lo que los soldados del regimiento de Hitler votaron antes y después de la guerra da resultados muy similares: reformistas y democráticos. No cambiaron sus ideas políticas». El ultranacionalismo nazi fue más consecuencia de la posguerra y la crisis económica de entreguerras.

¿Y Hitler? ¿Cómo alguien que no destacó en nada en la guerra llegó a ser un tirano de tal magnitud? «Es la pregunta del millón de dólares. Nunca fue ascendido porque ningún oficial vio en él dotes de mando. A finales de 1918, al volver de la guerra, era un ser solitario y raro, y es sorprendente que en menos de un año se convirtiera en el líder carismático que fue. Eso apunta a una transformación radical no solo personal sino a nivel político. Durante la guerra sus ideas políticas eran muy fluctuantes. No puede decirse que fue la guerra la que lo cambió».

En las contadas fotos con otros correos Hitler siempre aparece en la esquina y en la única imagen de él solo en la historia oficial del regimiento (arriba) «lo único reconocible es el bigote». «Fue un soldado atípico, pero fue un buen soldado, diligente, hacía lo que se esperaba de él y caía bien a sus iguales, los que hacían su mismo trabajo, aunque no participara de sus entretenimientos y bromas. Solía sentarse en un rincón leyendo el periódico o dibujando. En cambio los soldados que estaban en primera línea no tenían tan buena idea de él ni de los otros correos, les llamaban 'cerdos de la retaguardia'». No es extraño, pues mientras en trincheras caían como moscas, la tasa de supervivencia de los correos del regimiento fue del 100%.

«No es que fuera ya un monstruo -apunta Weber-, pero es revelador que el mayor vínculo que estableció en la guerra fue con un perro llamado Foxl. No era normal porque no sentía la necesidad de interactuar, establecer vínculos humanos o buscar el apoyo de otros correos aunque sí les consideraba como una familia adoptiva porque no conservó la relación con la suya. Pero no sentía los impulsos humanos de otros soldados por el sexo o la bebida. Le consideraban un ser asexuado».

SIN ANTISEMITISMO

Una de las mayores sorpresas para Weber ha sido comprobar «la ausencia de antisemitismo en el Ejército. Puede que hubiera algún comentario antijudío pero nada comparado con lo que vino después. Los soldados judíos estaban más integrados y arraigados en el Ejército que el propio Hitler. Ahí hubo una transformación en Alemania, pues si había cierto antisemitismo a nivel religioso y económico, a nivel racial era muy limitado».

Más sorprendente es que una de las dos cruces de hierro de Hitler fue a propuesta de un oficial judío, Hugo Gutmann, cuyo nombre la propaganda nazi corrió a silenciar. «Fue muy raro, pero refuerza el hecho de que Hitler nunca expresó su antisemitismo públicamente. De ser así, difícilmente le habría propuesto».

UN CLON

Las cruces de hierro se prodigaban entre la tropa de retaguardia, más por su cercanía a los oficiales que las proponían, que por su valentía. «Los soldados rasos de la línea de fuego, que podían ser los más valientes, raramente recibían esta medalla». ¿Y si Hitler hubiera estado en trincheras? «Habría tenido muchísimas más posibilidades de morir y quizá la historia del siglo XX habría sido totalmente diferente. Pero probablemente habría surgido un clon suyo, aunque veo más posible un líder autoritario al estilo de Franco».

Otras novedades sobre la gran guerra

'PARTE DE GUERRA', de EDLEF KÖPPEN: Herido grave en el Somme. «De repente el hombre cae al suelo. Y brota la sangre. Y ese hombre regresará a casa y nunca más en la vida volverá a tener mano izquierda. ¡Es una putada!». Como Hitler, aunque no en retaguardia, Edlef Köppen (1893-1930) estuvo en la cruenta batalla del Somme, donde el escritor alemán, voluntario, fue herido de gravedad. Llegó a oficial y le concedieron la Cruz de Hierro de primera clase, hasta que la guerra le causó tal rechazo que desobedeció órdenes y fue acusado de insubordinación, declarado loco e ingresado un tiempo en un psiquiátrico. 'Parte de guerra' (Sajalín), publicada en 1930, prohibida por los nazis en 1933 como «literatura nociva» y redescubierta hoy, es una novela, pero en ella Köppen usó su experiencia en combate además de documentos oficiales y artículos de prensa para escribir un alegato antibelicista que nada tiene que envidiar a Sin novedad en el frente.


'GUERRA DEL 15', de GIANI STUPARICH: La ansiedad de un periodista. «Siento dentro de mí una ansiedad que no consigo aplacar. Compruebo una y otra vez el fusil, calo la bayoneta (...) los austriacos disparan al bulto: caen muchos de los nuestros; la confusión, los gemidos, el grito de algunos cobardes: '¡huyamos, estamos rodeados!', ponen al resto en fuga», relata el periodista y escritor triestino Giani Stuparich (1891-1961) en 'Guerra del 15' (Minúscula), publicado en 1931. El autor de 'La isla' vivió desde las trincheras las sangrientas batallas de Isonzo tras alistarse voluntario en las tropas italianas junto a su hermano Carlo, que no sobrevivió. Como dice él mismo, este diario es «un documento psicológico y personal», que muestra su evolución en sus dos primeros meses en Monfalcone, desde que llegó convencido de que iba a luchar por su patria, hasta que en seguida la narración se llena de la sucia vida de trincheras, sufrimiento, heridos y muertos y la nostalgia de la familia.


'COMPAÑÍA K', de WILLIAM MARCH. Cara a cara con la muerte. «Todos los hombres de la sala habíamos sido gaseados, y todos íbamos a morir». Conciso y contundente. Con 133 breves relatos, titulados con los nombres de cada hombre de su compañía de Marines estadounidenses, el voluntario William March (1893-1954), distinguido por su valor en algunas de las más crudas batallas de la primera guerra mundial en Francia, alumbró en 1933 un clásico de la literatura antibelicista, comparable a 'Trampa 22'. 'Compañía K' (Libros del Silencio) refleja la brutal experiencia de los soldados y la del propio escritor, que resultó herido y sufrió estrés postraumático. Una vez, March quedó aislado y se topó cara a cara con un alemán, contra quien embistió por instinto con su bayoneta. «El joven alemán tropezó y la bayoneta le perforó la garganta, matándolo con los ojos muy abiertos y mirando fijamente el rostro de William», recuerda su biógrafo.


'VIDAS ROTAS', DE BÉNÉDICTE DES MAZERY: Cartas censuradas a la tropa. «Mamá, tengo muy baja la moral y tengo miedo de no volver. La batería ya no es más que un amasijo informe de escombros y las piezas están hechas trizas. Mamá, reza por mí. Tu Henri, que lo intenta todo por aguantar» o «Querido Gustave: Se dice que la moral de las tropas es buena. A los periodistas les pagan para decir mentiras: la moral es tan buena que un pobre soldado que ya había tenido bastante se cortó el cuello esta mañana con la cuchilla de afeitar en presencia de sus compañeros». Como estas, las cartas que aparecen en la novela 'Vidas rotas' (Alianza) son reales. La periodista y escritora francesa Bénédicte des Mazery halló en archivos militares franceses montones de misivas de soldados que nunca llegaron a su destino porque fueron censuradas por el Ejército por criticar a los mandos, hablar del horror y la miseria de la vida de las trincheras o mostrar derrotismo o desmoralización.

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