19 sep 2020

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Novelas que mezclan emociones y memoria

La guerrilla sentimental de Almudena Grandes

La novelista reemprende sus episodios de la posguerra con 'El lector de Julio Verne'

ERNEST ALÓS
FUENSANTA DE MARTOS

almudena Grandes reconoce que padece «una obsesión sentimental casi enfermiza por la guerra civil y la posguerra». Ella, y medio país. Incluyendo por supuesto los 250.000 lectores de Inés y la alegría, destinatarios ahora de la segunda entrega de los previstos seis Episodios de una guerra interminable: esta vez El lector de Julio Verne (Tusquets), en torno a la represión de la guerrilla en la Sierra Sur de Jaén entre 1947 y 1949. Sentimental, muy sentimental. Vehemente, y llena de giros melodramáticos. También con recuerdos que de tan crueles también parecerían trucos de narradora efectista si no fuera porque son muy reales. Se encargaron ayer de recordarlo, en el mismo escenario de los hechos, Fuensanta de Martos, el hijo de guardia civil que ha inspirado el libro y la nieta del guerrillero cuya leyenda recorría la sierra en los años 40, Tomás Villén, El Cencerro.

UN CORAZÓN PARTIDO / En el libro, Nino, hijo de un agente con pasado familiar republicano que es mejor olvidar, ve con remordimientos, desde la casa cuartel de Fuensanta, cómo su padres y sus colegas persiguen con saña a los comunistas echados al monte, a sus enlaces y a sus familiares. Detrás de Nino está de hecho un Tino: el catedrático de Sociología Cristino Pérez Meléndez, amigo de la escritora, que igual que el niño de la novela oía cómo los gritos de los interrogados resonaban de noche por los tabiques de la casa cuartel de Fuensanta. Un noche en que, recuerda Grandes, se «pusieron sentimentales» le contó la historia, una «historia extraordinaria». Y allí nació la novela.

Para Nino / Tino, el guerrillero el Cencerro era el fantasma que perseguía el Cuerpo, hasta el punto de prohibir en la comarca la canción La vaca lechera (por lo de un cencerro le he comprado, y al mismo tiempo una leyenda a la que admiraban, tan chulo que dejaba por los cortijos billetes con la leyenda así paga el Cencerro y prefirió suicidarse, después de romper a pedacitos todo el botín acumulado, antes que rendirse.

Ayer también estuvo en Fuensanta Esther Estremera Villén, nieta del Cencerro, de cuya muerte, de las salvajes vejaciones que sufrió su cuerpo y de cómo tuvo que ser enterrado en un hoyo por sus hijas habló con la voz rota. El del Cencerro es un recuerdo que su familia siempre mantuvo vivo (su abuela pasó más de nueve años en la cárcel por reconocer que su hijo había sido engendrado un día que su marido bajó de la sierra, y no era fruto de una relación extramatrimonial, que era la excusa habitual en esos casos) pero siempre procuraron que el pasado familiar pasara lo más disimulado posible de puertas afuera. «De tener miedo a decir quién era el abuelo, de ocultar la historia de la familia, hemos pasado a poder estar orgullosas de ella», explicaba ayer Esther Estremera, quien aprovechó para apoyar a Baltasar Garzón y recordar que su abuela, la mujer del Cencerro, que no se lo pensó dos veces a esconder paquetes de Mundo Obrero cuando su nieta se metió en política, aunque fue feliz con la democracia, «le daba mucho miedo la derecha». «Igual -añadió- que ahora se lo da a mi madre».

EL TRIENIO DEL TERROR / Las peripecias de Nino, del Cencerro y de quienes le siguieron, de un teniente resentido, un misterioso Pepe el Portugués que enseña al niño qué es la vida y una maestra represaliada que le pone en las manos los libros de Verne, Galdós y Stevenson, sirven a Grandes para hacer una crónica «de la época más terrible en tiempo de paz que ha vivido España, la oleada de represión feroz contra la gente que daba de comer, apoyaba y en definitiva quería a los guerrilleros». A diferencia de la frialdad con que fue acogida la invasión guerrillera del Vall d'Aran, narrada en su última novela, en Jaén, «una provincia con bases jornaleras y mineras revolucionarias», la colaboración fue intensa, «tanto activa como pasiva».

También a diferencia de en Inés y la alegría, aquí no hay malvados monolíticamente malvados. «Han de tener luces, porque la maldad no está encarnada en las personas. El terror es una espiral que baja desde arriba y los instrumentos de este terror están tan aterrorizados como las víctimas, o al menos sienten la humillación de tener que actuar como represores. Porque para que el terror -explicaba ayer Grandes- vertebre una sociedad de arriba abajo, no ha de tener excepciones». Hasta el punto de que aún se le recuerde 65 años después.