28 nov 2020

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Ideas

El testigo atónito

DOMINGO RÓDENAS

¿Qué mérito tiene el escritor que triunfa porque tiene talento, cultura y escribe bien? Ninguno. El mérito es de quien obtiene una posición ventajosa sin talento y escalando con fraudes e intrigas. Eso sí es un self-made-man. La observación tiene casi 90 años y es de una crónica sobre Nueva York de Julio Camba, un periodista trotamundos que hizo de la contemplación socarrona de sociedades y costumbres un deporte de la inteligencia. Fue un humorista que desgranó ingenio y perspicacia en cientos de columnas que podrían haber sido los monólogos de un Buster Keaton muy viajado en el Club de la Comedia. Humor sin aparato pero con estoque. Por eso no hay que creerle cuando dice: «Yo he ido a París, y a Londres, y a Berlín, y a Nueva York con una ingenuidad y una buena fe de verdadero batracio». Camba es una bebida isotónica, pero se consume como una caja de bombones.

Camba se excusaba desde Constantinopla ante su director por enviarle una crónica demasiado larga debido a que la premura de tiempo le había impedido escribir más corto. Ahora, coincidiendo con sus experiencias viajeras de Playas, Ciudades y Montañas (Reino de Cordelia), se recupera la selección que él mismo hizo en 1956 de sus mejores artículos, escritos sin apremio, escuetos y ceñidos, sobre los ingleses desdeñosos, los restaurantes franceses, la cerveza alemana, los negros y los judíos en Estados Unidos, la expresividad italiana... Se titula Mis páginas mejores (Pepitas de Cabalaza) y no tiene hueso, todo es chicha, aunque alguna de sus opiniones sobre la República pueda atragantarse. Y como Camba era una máquina de taladrar las apariencias, también se fija en cosas de todas las latitudes, como la pereza, el pensaor a sueldo, o la justicia, aquella chica que era pobre pero honrada que con los años se ajamonó. Decía Unamuno de él que era un «filósofo celta», pero él aseguraba que su mayor aspiración era no tener que escribir. Desde 1949, sin familia, se instaló en el Hotel Palace de Madrid y no logró su ambición hasta su muerte en 1962. Quizá no sea verdad que sus últimas palabras fueron: «La vida es buena, pero se acaba», pero merecen serlo.