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Héroes y villanos de un repertorio infinito

Los jefes de los cárteles inspiran cientos de letras

N. C.
BARCELONA

Si las biografías de los narcocantantes ya son escalofriantes, aún lo son más las de los narcos reales. Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo, es el jefe del cártel de Sinaloa y, por lo tanto, el rey del negocio. La revista Forbes lo situó hace poco en el puesto 55º de los hombres más poderosos del planeta y durante un tiempo fue la segunda persona más buscada por la CIA tras Bin Laden. Su vida de leyenda está glosada en narcocorridos como 701, El señor, El chaparrito y decenas más que se componen cada año. Digamos que es la primera fuente de inspiración del género.

Cada semana aparece un puñado de narcocorridos nuevos. Y es que el filón es infinito. Fijémonos, por ejemplo, en el traficante Raúl Mesa. En 1997 ya fue detenido en posesión de 384 kilos de cocaína, pero, cosas de la justicia mexicana, salió en libertad. Diez años después murió y le compusieron el prescriptivo narcocorrido. Decía así: «Murió un gallo de pelea / pero les dejo un pollito / me tocó la de perder / mi destino estaba escrito / ya me voy a descansar / ahí les encargo a Raulito». Raulito era su hijo, que ya de niño cargaba un fusil AK-47 más pesado que él. Raulito heredó el negocio y murió en el 2010 con 18 años. Otro narcocorrido, El mini 6, narraría sus precoces hazañas y relataría con gran detalle el tiroteo en el que fue abatido.

No siempre los corridos tuvieron una vinculación tan directa con el narcotráfico. La Banda El Recodo, fundada en los años 30 y pionera del género, funcionó hasta los años 80 como formación puramente instrumental. La introducción de texto en las canciones vinculó la música a la realidad del tráfico de drogas y los cantantes se convirtieron en glamuroso espejo del negocio. A principio de los 90 ya fue asesinado el cantante Chalino Sánchez. Y desde entonces la lista no ha dejado de crecer.

Hoy todos los narcocorridos hablan de héroes y villanos de la sociedad mexicana: algunos en activo, otros en prisión y otros bajo tierra. El gobierno sabe que esta música no ayuda a combatir el delito. Han detenido a cantantes, pero si no pueden probar su vinculación con el narcotráfico deben liberarlos. Lo único que pueden hacer es vetarlos en las radios. También intentaron, sin éxito, prohibir que sonasen en clubs y cantinas. ¡A ver quién entra en un local de Culiacán y confisca un CD!

FILMES BARATOS / El género goza de tal éxito que, además de sus videoclips (con tantas prostitutas, armas y droga como en los de rap) y clubs especializados, ha brotado una industria especializada en filmes baratos de acción que narran las violentas peripecias de los distintos clanes. Algo así como el cine de blaxploitation de los años 70. El cantante Fabián Ortega, además de grabar sus discos, también protagonizó alguna cinta.

En una escena de El bazukazo entierran a uno de los capos. En la iglesia, junto al ataúd, un grupo canta el narcocorrido que se le ha compuesto como despedida. La familia canta y brinda mientras los hombres juran venganza. Realidad y ficción se alimentan mutuamente en una espiral sin fin de canciones y asesinatos. En México, al conocer la muerte de un narcotraficante, sus allegados, con orgullosa resignación, dicen: «Ya se ganó su corrido».