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Ideas

Arcade Fire, los nuevos U2

Ramón de España

Para un servidor de ustedes, lo que dice David Bowie va a misa. Por ese motivo, cuando el hombre dijo hace unos años que el grupo canadiense Arcade Fire era lo más grande que había oído en tiempos, me hice rápidamente con su primer trabajo. Si Bowie decía lo que decía, yo estaba obligado, por lo menos, a darles una oportunidad a esos chicos de Montreal. Les di tres antes de rendirme, archivar el disco y olvidarme de ellos: hacía tiempo que no me aburría tanto. La crítica se rindió a Arcade Fire, pero a mí sus canciones me resultaban severas, pomposas y llenas de pretensiones.

Dejé pasar el segundo disco, pero cuando salió el tercero -el mundialmente aclamado The suburbs- volví a picar (creo que fue coincidiendo con unas nuevas declaraciones de Bowie no sé donde en las que se reafirmaba en lo dicho años atrás sobre Arcade Fire). Esta vez les he dado a Win But-

ler y los suyos cuatro oportunidades, pero la conclusión a la que he llegado es: sí, no está mal, pero... ¿hay para tanto? ¿O es que el mainstream actual resulta tan lamentable que la gente sensible se agarra a lo que puede?

En cualquier caso, cuando me disponía a escuchar The suburbs por quinta vez, me di cuenta de que no tenía ganas y prefería disfrutar del Hawk de Isobel Camp-

bell y Mark Lanegan o del nuevo esfuerzo melancólico de Ray Lamontagne. Algo me olía a chamusquina en Arcade Fire y no sabía exactamente qué.

Lo averigüé unos días después, zapeando en el televisor, cuando me los encontré actuando en directo en la cadena MTV. Observé, en primer lugar, que me molestaba la apariencia de Win Butler, aunque no sabía si achacarlo a los pantalones metidos dentro de las botas o a ese corte de pelo entre hermano lego y tonto del pueblo. El fervor casi religioso del público tampoco resultó de mi agrado. Y el sonido épico-lírico de la banda me recordaba algo detestable que no acababa de situar.

Finalmente, di con la clave del asunto en los primeros planos del cantante: el resplandor mesiánico de sus ojos evocaba la misma chaladura trascendente de…¡Bono! Aquello se parecía peligrosamente a las misas de U2: diga Bowie lo que diga, una nueva pesadilla está a punto de empezar. Y si no, al tiempo.