La otra cara de los octavos

Explosión de júbilo en el barrio de Sant Antoni por el triunfo de Marruecos: "Todos a la calle"

Aficionados de Maruecos eufóricos con la clasificación de su selección para  cuartos

Aficionados de Maruecos eufóricos con la clasificación de su selección para cuartos / Ferran Nadeu

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Irati Vidal

Se suele decir que uno no es de donde nace, sino de donde pace. Aunque en términos de fútbol, mejor celebrar con los tuyos que cerca del rival. Sobre todo si es un día histórico. O al menos así lo entendió la comunidad marroquí residente en el barrio de Sant Antoni (Barcelona). Media hora antes de que arrancara el decisivo encuentro ante la selección española quedaba claro que aquello no era una tarde normal. El silencio sepulcral de la calle Sant Pau contrastaba con el bullicio de cada bar y terraza al que te acercabas. Banderas, caras pintadas e ilusión. Mucha ilusión.

La historia ya estaba hecha. Aunque querían más. “No he podido dormir en toda la noche”. “Yo llevo días sin apenas comer, va a ser único”, se podía escuchar en una charla entre amigos camino del bar con una bandera marroquí al cuello. Los nervios existían, aunque desaparecieron con el rodar del balón. El silencio solo existió durante el himno de Marruecos. Después, era momento de animar.

Sobre todo a Ziyech, el más querido de la afición. Los gritos de “Zi, Zi, Zi” cada vez que el habilidoso jugador del Chelsea tocaba el balón ensordecían a cualquiera en el Restaurante Rahma de Barcelona, en el que la retransmisión se vio en árabe. Aunque la locura llegaba con cada regate de Boufal. Sus movimientos en el perfil izquierdo eran el encender de una afición que se lo fue creyendo con el paso de los minutos. Los comensales gritaban. Y los camareros se mimetizaban con la mirada al televisión y aplausos entre bandeja y bandeja. En el Rahma se celebraba todo. Sobre todo las recuperaciones y las acciones defensivas de un combinado que supo sufrir para celebrar. Aunque en Barcelona sufrir, no sufrían ni con la presión de los de Luis Enrique sobre Bono. Habían venido a celebrar. Y a hacer historia.

Aficionados marroquís siguiendo el partido en el Restaurante Rahma de Barcelona

/ Ferran Nadeu

Aunque, como cada cuento de hadas necesita su momento tétrico, en el minuto 23, tras las mejores ocasiones de los Leones del Atlas, se fue la señal del televisor. Volvió el silencio. Y todos corrieron al móvil para suspirar con cada actualización que Twitter les ofrecía. Los aplausos devolvieron la señal y los presentes parecieron entender que aquella tarde la única forma de triunfar era aprendiendo a sobrevivir. O a celebrar cada pequeño triunfo.

El momento de la revancha

Como llegar al tiempo de asueto con empate a cero. “¿Has visto eso? Podemos ganar. Hay que devolverle a España esos dos penaltis que nos robaron en el último Mundial. Es momento de la revancha. Podemos”. Y vaya si creían, fue empezar al segunda mitad y una de las camareras acerco dos bengalas de humo verde a los comensales. La fiesta estaba armada. Y aunque les dejó sin ver futbol durante unos minutos, todo daba igual. Estaban escribiendo historia. Y todavía les faltaba lo mejor.

Los últimos compases del partido se vivieron entre rezos, camareros que no querían mirar a la pantalla y gritos de ‘Viva Marruecos’. Firmaban la prórroga y querían la tanda de penaltis, aunque ver a Nico Williams preparado para entrar les cambió la cara. Algo dentro de ellos parecía intuir lo que el joven jugador del Athletic podía hacer. Hasta que alguien alzó la voz, “Hoy ganamos”. Se lo creyeron.

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Con las banderas de Marruecos y Palestina ondeando al son de varios cánticos en árabe se llegó a la prórroga y celebraron. También cuando Unai Simón sacó una pierna milagrosa para mantener el empate a cero. Lo habían visto dentro. Como el disparo de Sarabia a la madera. La repetición del tanto que no encajaron les sacó la sonrisa porque sabían que ahora llegaba lo mejor. Confinantes de que aquella tanda de penaltis no se les escapaba, acercaron los petardos a la puerta del restaurante y los dejaron preparados. Tenían a Bono, estaba hecho, se repetían. Y así fue.

Con la primera pena máxima se intentaron contener pero a cada balón que España erraba, la fiesta era mayor. Camareros desatados encima de la mesa, sillas volando, una madre alzando a su bebé al aire, besos a la bandera marroquí y una consigna: “Todos a la calle”. Porque sin planearlo medio barrio se congregó justo delante del restaurante para inquietar a cualquier coche que pasara, para gritar y para dar por iniciada una velada histórica.