GRAN PREMIO DE CHINA DE F-1

¿Y la magia de Newey? ¿Y las manos de Vettel?

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EMILIO PÉREZ DE ROZAS / Barcelona

Al final va a ser cierto. Es difícil de creer, es más, muchos no se lo creen todavía, pero parece que los bicampeones van a sufrir. Es raro ¿verdad? ser bicampeón de algo y pasar apuros en cuanto empieza la temporada, sobre todo cuando el mundo entero te ha admirado porque, no solo eras el más listo y tenías (¿tienes?) al mago más mago de todos, conocido como Adrian Newey, sino que, encima, poseías las manos y la cabeza que todo el mundo cree la avanzadilla del nuevo siglo XXI, vitoreado con el nombre de Sebastián Vettel.

Pues llega, sí, el nuevo año y el castillo de naipes, dibujos, ordenadores, alerones invertidos, tubos de escape escondidos, conductos A, B, C, D, F, motores aspirados o desaspirados, túneles de viento de 10.000 millones de euros y te convierten en uno del montón. Y las manos prodigiosas del creador y del piloto parecen vulgares, ya no sirven, ya no marcan el paso del nuevo siglo y tú, que te habías convertido en el propagandista del señor Newey y del muchacho sonrisa profiden Vettel, te quedas boquiabierto porque todos, todos, te miran y te dicen que “te lo dije, si no tienes coche, no ganas”.

La magia en el mundo del motor, lo siento, tengan los vehículos dos, cuatro o 16 ruedas, pasa porque tu máquina sea, como poco, como mínimo, igual de buena, en diseño, potencia, prestaciones y evolución a la mejor. De lo contrario, olvídate, gana el otro. Y de calle. Este año, por ejemplo, parece que quienes han acertado el coche (de momento, pues esto solo hace que empezar y Red Bull y Ferrari, dos escuderías poderosísimas, con los dos patrocinadores más poderosos de la parrilla, avanzarán muchísimo, ya verán) se llaman McLaren, Mercedes, Sauber y Lotus Renault.

De ahí que se puede producir algo tan llamativo como ver que uno de los más jóvenes, Nico Rosberg (Mercedes), de 26 años, alemán hijo de campeonísimo finlandés Keke, con 110 grandes premios el chaval, lidera la parrilla al lado de su compañero de equipo, el veteranísimo Michael Schumacher, de 43, 68 victorias en 289 grandes premios y siete títulos. Ven, esas manos arrugadas de Schumi han pasado a ser maravillosas en cuanto su `estrella plateada¿ vuela. Y detrás de ellos, no se lo pierdan, un curioso japonés de 25 años (otro joven emprendedor y agresivo) llamado Kamui Kobayashi, con otro coche acertado el Sauber-Ferrari, que por poco derrota a Fernando Alonso en Malasia en manos del mexicano Sergio Pérez. Dos chavales que, sin ese Sauber, estarían comiéndose los mocos en la cola por mejores manos y cerebro que tengan. Y, como cuarto piloto en la parrilla, alguien por el que muchos (¡ingenuos!, ¡sabios bobos!) no daban un euro, el prodigioso (no les gusta porque no sonríe ni regala frases, ni casi autógrafos) Kimi Raikkonen, el `finlandés volador¿, que a sus 32 años (casi la edad de Cristo), ha decidido volver para disfrutar de ese Lotus-Renault.

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Es la nueva F-1 donde, posiblemente, sí, acabarán ganando los de siempre (no creo que el campeón pilote un Mercedes, Sauber o Lotus) pero costándoles más, mucho más, en esfuerzo humano y técnico, en recursos y medios. Cada coche puntero parece tener su toque de magia pero, al menos, en este arranque de temporada, no todos los trucos están en el mismo bólido, como ocurría el año pasado cuando Vettel y Mark Webber, su colega de vestuario, hacían lo que querían, cómo y dónde querían, el día que querían y de la manera que querían.

Todo está tan igualado y es tan raro, que el mundo se maravilla de que Fernando Alonso sea líder del Mundial con un Ferrari que hoy, sin ir más lejos, ha estado más cerca de quedarse fuera de la Q3 (el ensayo que decide el orden definitivo de la parrilla) que de pelear por la pole position. Porque, en efecto, tanto en la opulencia (como ocurría antes con Red Bull y sucede ahora con McLaren o Mercedes) como en las miserias, en la desesperación, las manos ayudan, pero jamás marcan la diferencia.