05 ago 2020

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GESTIÓN HÍDRICA

Regar la sal en el delta del Ebro

La intrusión del agua marina es cada vez mayor por el cambio climático y la falta de nuevos sedimentos

El problema afecta a la producción de arroz y obliga a aumentar el riego

SÍLVIA BERBÍS / AMPOSTA

Tramo final del río Ebro, con la Illa de Buda al fondo, uno de los ecosistemas más frágiles del delta.

Tramo final del río Ebro, con la Illa de Buda al fondo, uno de los ecosistemas más frágiles del delta. / JOAN REVILLAS

La lucha contra la salinización del terreno es una constante en el delta del Ebro desde hace siglos, cuando el cultivo del arroz sustituyó precisamente a la producción de sal. Sus habitantes decidieron transformar el medio en busca de un mayor beneficio y extendieron el riego por inundación sobre miles de hectáreas.

Sin embargo, ese medio que fueron capaces de poner a su disposición se ha visto afectado por otra decisiones. Una de ellas fue la posterior construcción de embalses en la cuenca del Ebro. Gracias a las inundaciones ocasionadas por las avenidas del río, el agua dulce mantenía a raya la salinización de la capa freática, pero sin los sedimentos acumulados en los pantanos, el delta se hunde irremediablemente y vuelve a subir la sal.

Aunque hace décadas que se libra esa batalla, ahora han tomado partido otros combatientes. El calentamiento global, que eleva el nivel del mar, juega a favor de la salinización, y resulta que también lo hace el caracol manzana. El delta lleva años retrocediendo, pero la amenaza ya no se cierne solo sobre las zonas naturales costeras, sino sobre el conjunto del sistema económico. Y es ahí donde saltan las alarmas.

“Los años lluviosos ayudan a mantener la sal a niveles bajos, pero, cuando hace viento, con el ambiente seco, la sal sube más y tenemos que regar más la tierra”, afirma el presidente de la Comunidad de Regantes de la Derecha del Ebro, Manel Macià. “Hacemos lo que podemos con la concesión disponible, de 1,8 litros por segundo y hectárea, para mantener niveles aceptables de salinidad de la tierra, pero hay que tomar otras decisiones”, reclama.

El caracol manzana, que proflifera en agua dulce, ha sido la puntilla para los arrozales

La salinidad afecta a la producción. Según el Institut de Recerca i Tecnologies Agroalimentàries (IRTA), si se mantiene el actual ritmo de calentamiento global y el nivel del mar subiera 0,73 metros en el 2100, situación que podría darse con una probabilidad del 66%, la productividad del arroz descendería un 10%. Paradójicamente, los arroceros han empezado a cultivar en seco, obligados por la plaga del caracol manzana, que prolifera en agua dulce. Lo que pierde el caracol, lo vuelve a ganar la sal.

El equilibro se complica aún más en la línea de costa, donde el embate del mar es menos sutil. No hay condescendencia marítima en las playas, fincas en producción o espacios naturales tan emblemáticos y protegidos como la Illa de Buda. El temporal del pasado mes de enero dejó una nueva señal de alarma sobre la vulnerabilidad del litoral ante la regresión. Se rompió de nuevo la barra que protege a los Calaixos, lagunas de agua dulce donde habitan especies protegidas, pero esta vez la regeneración de la barra se estaba produciendo a un ritmo mucho más lento que las anteriores, y los responsables del parque natural han optado por ayudar, aportando arena de la zona.

La entrada de agua salada perturba también los ricos ecosistemas de las lagunas

“La entrada de agua del mar perturba los ecosistemas propios de las lagunas. Si finalmente regresa a su estado previo, tardan en regenerarse”, apunta el director del parque, Francesc Vidal. Además, si la tendencia al cambio persiste, habrá que mentalizarse. Hay sectores, sin embargo, que reclaman soluciones más intensas. La aportación de sedimentos es una de ellas. Esta, por lo menos, emula el antiguo proceso natural que aporta el río Ebro. Otras medidas apuntan a diques duros frente a la costa. El estudio de las opciones se realiza ya a contrarreloj.