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Mario Vaquerizo, el polvorilla simpático

Tàssies

EL PERSONAJE DE LA SEMANA

Mario Vaquerizo, el polvorilla simpático

El diagnóstico de artrosis crónica le estropeó las navidades, pero la 'celebrity' se ha ido a promocionar Almería a Fitur

Ramón de España

Mario Vaquerizo Caro (Madrid, 1974) está malito. Un súbito dolor en las cervicales empeoró notablemente hasta dejarlo postrado en el lecho sin poder prácticamente moverse, lo cual es una pesadilla para todo el mundo, pero aún más para un polvorilla como él que ni sabe, ni puede, ni quiere quedarse quieto.

Tras unas informaciones confusas al respecto, centradas en un insoportable dolor de espalda, parece que lo suyo es una artrosis crónica, enfermedad más cercana a la molestia permanente que a la tragedia definitiva. Los médicos le han dicho que, a base de analgésicos y demás potingues –más las sopitas que le prepara su querida esposa Olvi, en arte Alaska–, se irá recuperando lentamente hasta regresar a su vida normal, aunque puede que se vea obligado a bajar un poquito el ritmo, que es trepidante no, lo siguiente.

Tras casarse con una celebridad local, Mario se convirtió también en una de ellas. Empezó de periodista, pasó a hacer de mánager de algunas actrices –Leonor Watling, por ejemplo–, y de ahí hacia arriba: creó el grupo de postureo pop Nancys Rubias (donde él adopta el personaje llamado Nancy Anoréxica) y se dedicó a aparecer en cuanto programa de televisión que reclamara su presencia.

Dicen quienes le conocen que es un tipo extremadamente simpático, cariñoso y buena persona. Los que nunca nos lo hemos cruzado tenemos una opinión sobre él que oscila entre la simpatía y la hostilidad, dependiendo del pie con que nos hayamos levantado.

Frivolidad

Mario ocupa un lugar intermedio entre los dos modelos de 'celebrities' que disfrutamos en España: los famosillos por la patilla –concursantes de 'reality shows', instagramers, oportunistas sexuales, 'influencers' y cantamañanas varios, respuesta local todos ellos al universo de las Kardashian y Paris Hilton–, y los famosos que hacen algo, aunque sea mal (cantantes, actores, presentadores de televisión, 'socialités' de estar por casa a lo Carmen Lomana)Mario Vaquerizo no sabe hacer nada bien, aparte de ser un profesional de la simpatía y la frivolidad. Sus Nancys Rubias son un chiste sin demasiada gracia en el que nadie sabe tocar ningún instrumento y que suelen actuar con un 'playback' grabado por músicos de verdad. Están especializados en versiones atroces de canciones de éxito, como su 'Me da igual', que era un tema de Icona Pop, pero con unos arreglos y una letra de juzgado de guardia.

Para no desentonar con sus compañeros, Mario canta que da pena oírlo: Alaska no ha aprendido a cantar en 40 años, pero ha sabido sustituir los maullidos de su época en Kaka de Luxe y los Pegamoides por una voz de tono profundo y severo que da el pego, sobre todo entre aficionados a la electrónica sin mucho criterio, como demuestra el éxito del dúo Fangoria, que forma junto a Nacho Canut.

Ocupa un lugar intermedio entre
los famosillos 
por la patilla y 
los famosos 
que hacen algo, 
aunque sea malo

En realidad, Mario no canta, berrea. No se sabe muy bien quién ha comprado los cinco discos publicados hasta ahora por las Nancys Rubias, pero aún resulta más incomprensible para el rockero con fundamento que se les permitiera ejercer de teloneros de The New York Dolls a su paso por Madrid hace unos años, tras la reunificación de los que quedaban vivos de la formación original, cuya catastrófica carrera –alcohol, drogas, desorden, caos y la oportuna aparición de Malcolm McLaren para darles la puntilla– se resume en un primer disco espléndido y un segundo prescindible que parecía hecho con descartes del primero.

También se ignora de donde salió el dinero para rodar un videoclip en el Museo Liberace de Las Vegas –hoy chapado por falta de público–, pero quedó asaz pinturero.

La principal utilidad de las Nancys Rubias ha sido participar de comparsas en el programa de MTV 'Alaska y Mario', que tuvo bastante éxito y un presupuesto que permitió a Mario plantarse en Estados Unidos y al público comprobar que, pese a los esfuerzos de Alaska, el hombre no conseguía hablar inglés ni a tiros. De hecho, tampoco habla español, sino una variante del madrileño popular con el que se comunican los habitantes del barrio de Vicálvaro, donde nuestro héroe pasó su niñez y adolescencia.

Desfachatez

Mario Vaquerizo también ha publicado algún que otro libro que no se ha vendido mal. Su actitud vital y creativa se sustenta en la desfachatez, así que puede dedicarse a lo que se le antoje. Su talento es básicamente social y consiste en caerle bien a todo el mundo, aunque a veces dependa del estado de ánimo del receptor: yo, cuando me levanto de buen humor me sumo a la simpatía generalizada por el personaje, pero si amanezco de mal café, ¿para qué negarlo?, lo estrangularía con mis propias manos.