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La máquina de escribir: un invento que nació por amor

LA PRECURSORA DEL ORDENADOR

La máquina de escribir: un invento que nació por amor

La designación de la cuna de la factoría Olivetti, en el corazón de Italia, como patrimonio industrial de la humanidad devuelve este mítico ingenio a nuestra memoria

Carme Escales

El amor y la guerra han estado detrás de no pocos inventos humanos. En el caso de la máquina de escribir, precursora del ubícuo ordenador, fue el amor. En el año 1808,  el mecánico toscano Giuseppe Pellegrino Turri se estrujó las meninges para dar con una forma de comunicarse por carta con la condesa Carolina Fantoni, su joven amante ciega. El artefacto combinaba el papel carbón –que también inventó el avispado italiano– con un sistema de teclas. 

En 1855, otro italiano, Giuseppe Ravizza, registró un modelo basado en el funcionamiento del piano, 'il cembalo scrivano' (el címbalo escribiente), del que fabricó 16 unidades. Y una década más tarde, el estadounidense Christopher Sholes patentó un prototipo similar, pero con el teclado 'qwerty', que la firma Remington –en manos de los descendientes del fabricante de los revólveres más usados en el Oeste– se encargó de industrializar y colocar al alcance de los oficinistas de la revolución industrial.  

Pero, todavía faltaba un capítulo importante en la vida de este mítico artilugio. Y éste se estaba escribiendo, mientras tanto, en la pequeña y agrícola localidad piamontesa de Ivrea, entre Turín y el valle de Aosta, donde un lugareño, Camillo Olivetti, protagonizaba el episodio, uno de los más brillantes de la historia del progreso en Italia. Y por qué no, en el mundo. 

Camillo Olivetti, fundador de la histórica factoría.

Decisivo viaje a EEUU

Olivetti (1868-1943), hijo de una familia de la burguesía judía y huérfano de padre cuando tenía un año, se licenció en Ingeniería en Turín y viajó a Gran Bretaña para estudiar inglés. «Quería visitar fábricas y aprender la organización de las más avanzadas. Tenía ganas de hacer algo importante, era un hombre muy inteligente»,  lo define Enrico Capellaro, exempleado de Olivetti, la que llegaría a ser la primera y más fructífera factoría de máquinas de escribir de Europa. «En 1893, Camillo Olivetti viajó a Estados Unidos y conoció, entre otros empresarios, a Thomas Alva Edison, inventor del fonógrafo y la bombilla, y quedó impresionado con la máquina de escribir que Underwood fabricaba en Nueva York», describe Capellaro, que también conoció a su hijo y sucesor, Adriano  Olivetti (1901-1960). 

Adriano Olivetti, hijo de Camillo, engrandeció la empresa.

El toscano Pellegrino Turri creó un artefacto con teclas para comunicarse con su amante ciega

A su regreso de Estados Unidos, Camillo convenció a la familia para vender algunas tierras y con el dinero abrir, en 1908 –hace 110 años–, la fábrica Olivetti. «Empezó con 20 empleados y en los años 70 llegó a los 72.273». Capellaro lo tiene anotado todo en un papel que guarda junto a uno de los libros que estudió en el Centro de Formazione Mecanici (CFM) que Camillo Olivetti fundó para preparar a los jóvenes que serían contratados en su empresa. 

Examen y entrevista

«Para entrar, teníamos que superar  un examen escrito y una entrevista. Eran tres años de estudios que incluían prácticas en la empresa. Además de las materias troncales, como química, física y matemáticas, y las clásicas como literatura italiana, estudiábamos el cuerpo humano, arquitectura, filosofía, política y sindicalismo. Era una formación extraordinaria», recuerda el antiguo empleado, que hoy es uno de los 30 voluntarios que guían la visita a Tecnologic@mente, un laboratorio-museo situado en Ivrea que cuenta con el respaldo de la Fundación Natale Capellaro, el ingeniero que empezó ensamblando las máquinas Olivetti M-1 y acabó diseñando las calculadoras que convirtieron a su jefe en líder del sector. 

La M-1, la primera máquina de escribir que produjo Olivetti.

En el año 1908, el visionario Camillo Olivetti abrió en Ivrea la primera de sus fábricas

La divulgación de la cultura técnico-científica entre alumnos de escuelas italianas –con talleres y celebración de aniversarios– tiene ahora un amplificador mundial tras el reconocimiento de Ivrea como Ciudad Industrial del Siglo XX y la inclusión de la ciudad en la lista de Patrimonio de la Humanidad elaborada por la Unesco «Esperamos que la declaración nos ayude a poner en órbita el museo y mostrar a chinos, canadienses o australianos la base tecnológica, psicológica y filosófica del mundo Olivetti,  así como la historia de la escritura y el cálculo», anhela Luciano Iorio, presidente del laboratorio-museo Tecnologic@mente.

Cultura e industria

«Olivetti potenció hace un siglo la  inclusión del papel de la cultura en el proceso industrial como base de mejora de la producción, y  la relación fábrica y ciudadanía,  y sería bueno que hoy fueran incorporadas en el discurso político y social», anima Carlo della Pepa, exalcalde de Ivrea. Su mandato finalizó días antes del veredicto de la Unesco, el pasado julio. El nuevo alcalde, Stefano Sertoli, recoge el guante y timoneará las reformas en los 27 edificios incluidos por la Unesco, muchos de ellos vacíos. La ciudad espera con este operativo atraer a inversores «convencidos al 100% de que hablamos de un valor único en el mundo», apunta Sertoli. Comercio, turismo, restauración, aparcamiento y señalización serán protagonistas en la reescritura de la historia de una ciudad que fue en su momento el Silicon Valley de Italia. «Un gran objetivo es atraer nueva economía, incubadoras de 'startups' y crear ocasiones de turismo», indica Renato Lavarini, coordinador de la candidatura de la Unesco.

Centro Cultural La Serra, en el interior del complejo Olivetti. El edificio imita una máquina de escribir.

Olivetti, en su época dorada, atrajo a muchos ejecutivos que querían copiar su modelo empresarial

Una de las iniciativas en las que Camillo Olivetti y su hijo Adriano fueron pioneros, además de ofrecer a los trabajadores servicio de comedor, guardería hasta los 6 años, actividades culturales y salidas a esquiar, fue montar las primeras colonias de verano para los hijos de sus empleados en Italia. También fue la primera empresa, en 1936, que aumentó sueldos y el periodo vacacional una semana con respecto al resto de empresas del país.  

Logros sociales

«Camillo Olivetti implantó el concepto de bienestar entre sus asalariados. Venían de todo el valle y de más lejos. A quienes eran agricultores les ayudaba a mantener su actividad en el campo, les permitía hacer vacaciones en julio para combinar el trabajo en la fábrica con su labor agrícola en agosto», explica Maria Aprile. Ella tenía 16 años cuando entró en Olivetti. Por las mañanas, era administrativa en la fábrica y por las tardes, se desplazaba con su Fiat 500 a Turín, donde estudiaba Ciencias Políticas y Economía. Luego se ocupó de la formación del personal –unos 700 empleados–, de las tiendas en toda Italia y gestionó la automatización y optimización de procesos. 

Oficinas de la empresa en el año 1936.

Olivetti se valía de sus innovaciones para aumentar la eficiencia en sus fábricas y puntos de venta. También de una mentalidad que nunca perdió de vista a las personas. «Compraron un sistema suizo, que fue traducido e implantado por Cesare Musatti –el padre del psicoanálisis italiano– para ofrecer el mejor puesto a cada empleado según su potencialidad y carácter personal –explica Aprile–. Eso que hoy plantean las empresas más innovadoras, Olivetti ya lo impuso en los años 40», explica. Aprile fue una de las únicas mujeres con cargo ejecutivo en la empresa. «El desequilibrio que había entre el poder en manos de hombres y mujeres  no era un tema únicamente de la empresa, sino detoda la sociedad», justifica. 

El alcalde de Ivrea, Stefano Sertoli, coordinará la reforma de los 27 edificios protegidos por la Unesco

Hoy Maria Aprile está al frente del Gruppo Turismo di Confindustria Canavese, nacido en el 2013 para promover viajes de negocios y estancias vacacionales en Ivrea y su entorno. Durante la edad dorada de Olivetti –actualmente integrada en el grupo Telecom Italia, la mayor compañía de telecomunicaciones del país–, que enriqueció a la región e hizo ganar autoestima a sus vecinos, no necesitó atraer a visitantes. Los empresarios de todo el mundo iban a aprender del fenómeno Olivetti. «Camillo fue alguien extraordinario. Y Adriano no solo era un industrial, también era un filósofo, un intelectual con una mirada humana; todavía hoy no ha sido comprendida toda su grandeza», reivindica Enrico Capellaro. «Una mañana, al entrar yo a la fábrica, se abrió la puerta del ascensor y apareció Adriano. Me cedió el paso a mí. Era de una humildad, proximidad y humanidad excepcionales», añade.

Ideas de vanguardia

En Ivrea no hay una sola casa donde no se recuerde el carisma de padre e hijo Olivetti. «Mi tía explicaba que no se había tomado un solo día de fiesta, porque era un placer ser operaria en aquella fábrica». Lo cuenta Cristina Mazzola, que estudió arquitectura y es una apasionada de la historia de Olivetti. «Me fascina que en los años 50 y 60 hubiesen construido en mi ciudad esa empresa con ideas tan a la vanguardia», precisa la joven. Su bisabuelo materno llegó al valle y pidió trabajo a don Camillo Olivetti. Ahora ha optado por quedarse en Ivrea y progresar en la tienda de mochilas de diseño que regenta con su hermano y con un 'loft' para turistas, Open Space Castellazo, en el centro histórico, en el interior del cual varias máquinas de escribir les hablan a los visitantes de su pasión. 

El puente romano sobre el río Dora Baltea a su paso por Ivrea. /FABIO NODARI

«Adriano Olivetti convirtió su ciudad en una comunidad alternativa», apunta su biógrafo Marco Peroni 

Algunos vienen para empaparse en «un viaje sorprendente al interior de las ideas de Adriano Olivetti, que transformó su ciudad en un verdadero laboratorio para la construcción de una nueva comunidad, alternativa y superior a las ideologías capitalista y socialista», según lo define en su libro 'Ivrea, Guida alla città di Adriano Olivetti', Marco Peroni, otro joven entusiasmado por el universo que hizo de la fábrica industrial un espacio de cultura y progreso. Peroni sigue la estela Olivetti. Con dos socios y apoyo de entidades como la Fondazione Adriano Olivetti, ha creado una asociación que promueve la renovación del modelo de empresa hacia el bien común y el crecimiento personal.

La 'Operación Nasa'

Lo llamaron 'Programa 101' y es el primer ordenador de mesa ideado en el mundo. Fue realizado en la fábrica Olivetti por el ingeniero Pier Giorgio Perotto. En su equipo, Giovanni de Sandre y Gastone Garziera participaron en la creación de una máquina programable «capaz de realizar 15 instrucciones con operaciones decimales y con el primer soporte magnético de la historia, que introducía el concepto de memoria», explica Gastone Garziera, el único superviviente de los creadores de aquella computadora presentada en la Feria Mundial de Nueva York de 1964.

Gastone Garziera, junto al modelo P-101.

 Garziera entró en Olivetti en 1961, tras diplomarse en el Instituto Técnico Alessandro Rossi de Vicenza, un año antes de Federico Faggin –inventor del primer microprocesador comercial del mundo, a finales de los 60–, que también había trabajado para Olivetti.

 El 'Programa 101' fue un punto de inflexión en la tecnología, especialmente estratégica desde el punto de vista militar, y eso, en plena guerra fría, puso tenso a Estados Unidos. Quizá debido a ese contexto, muchos han querido relacionarlo, sin pruebas pero con sospechas, con la misteriosa y súbita muerte de Adriano Olivetti mientras viajaba en tren a Suiza, en febrero de 1960. También con el fallecimiento un año después de uno de sus más destacados ingenieros, Mario Tchou, cuyo vehículo conducido por un chófer se estrelló en extrañas circunstancias.

El 'Programa 101' era un producto revolucionario, el inicio de una nueva era, y no estaba ocurriendo en Estados Unidos. «La NASA adquirió 40 unidades que utilizó en sus cálculos sobre la órbita, intensidad de descenso y parámetros de inclinación previstos para la misión del 'Apollo 11' en el primer viaje a la Luna», detalla Garziera. Por otra parte, «Adriano Olivetti era grande, demasiado grande, un personaje incómodo para algunos por su forma de manejar la empresa a la medida del hombre», considera el ingeniero. 

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