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DECONSTRUYENDO AL ÚLTIMO PREMIO NADAL

Alejandro Palomas: el escritor en la cárcel de cristal

El autor revela un pasado de maltratos e inseguridades y cómo ha podido superarlo gracias a la literatura y el humor

Emma Riverola

«Mamá había dicho que ella misma compraría las flores…». Así arranca 'Un amor', flamante Premio Nadal de novela. Flores en la primera línea, también en el primer párrafo de las dos anteriores novelas que conforman la trilogía de la peculiar familia de Amalia, la protagonista. Flores en la mayoría de las portadas de los libros de Alejandro Palomas. También en la americana con la que recogió el premio. En sus bambas personalizadas… Flores llenas de color, pero que brotan de un pasado que permaneció en sombras durante muchos años.

Palomas aún no comprende el mecanismo mental que le llevó a bloquear un recuerdo que, después de recibir el premio, ha brotado diáfano en su memoria. «Hace unos días recordé que me crie en una floristería. Nunca antes lo había hablado con nadie. Ni siquiera con mi terapeuta, con quien llevo 13 años». De repente, las imágenes volvieron. La Pimpinela, la floristería que su madre y su abuela tenían en la calle de Sant Elies, en Barcelona. Ahora recuerda que volvía del colegio con sus hermanas, merendaban y ellas se iban. Él se quedaba con las dos mujeres. Le sentaban en un cubo de latón vuelto boca abajo, sobre un cojín muy alto, y él toqueteaba las flores «mientras oía conversaciones que no tenía que oír». Los problemas de la familia y las soluciones que ellas inventaban mientras hacían ramos de flores. «Nunca hasta ahora había conectado la presencia constante de las flores en mi vida con ese pasado. Un 'shock' total».

Infancia sombría

El refugio orgánico de pétalos y confidencias se quebró a los siete años. La familia abandonó Barcelona y se fue a vivir a un pueblo del Maresme. Palomas dejó el pequeño colegio de la ciudad y entró a una escuela religiosa. Y allí empezó la oscuridad. La penosa sombra de sentirse diferente, de no encajar. El niño Alejandro se levantaba llorando cada mañana, seguía llorando todo el día, enfermaba. Empezaron las visitas a un psicólogo. Esos días, la madre iba a buscarle al colegio. Y todo se tornó aún más sombrío.

"En clase, me sentaba muy cerca de la puerta para salir corriendo el primero al sonar el timbre"

«Fue una época de mucho sufrimiento personal». Llegó el 'bullying'. Era un niño hipersensible, superdotado (aunque entonces no lo sabía) y muy rubio. Todo en él era distinto al resto. El blanco perfecto de las pullas. Con un agravante: su madre. «Albina, hippie y chilena», no había ninguna madre como ella en el pueblo. Hubo un momento en el que el niño creyó acostumbrarse a las burlas, a los golpes. Pero había algo peor, no quería que se rieran de su madre. «En clase, me sentaba muy cerca de la puerta para salir corriendo el primero al sonar el timbre, llegar adonde ella me esperaba y llevármela antes de que se diera cuenta de que se burlaban de ella». 

La madre nunca supo. Porque tiene una visión limitada y porque ella, reconoce el escritor, vive en su propio mundo. Un mundo que inventó cuando sufría bullying de pequeña.

Acabó la EGB, llegó otro cambio de colegio y Palomas creyó que el acoso finalizaría. Pero volvió a encontrarse con algunos de sus antiguos compañeros. Entonces, llegó la mentira. La primera ficción. Se construyó otro Alejandro que mantuvo en pie durante muchos años. ¿Para gustar? «No, para pasar desapercibido. Para que creyeran que era como los demás. No quería gustar, solo quería que no me hicieran daño». Y lo consiguió. Pero pagó un precio muy alto. Llegó un momento en que se creyó el personaje. No sabía salir de él. Porque le servía, porque así nada dolía. «Solo aspiraba a que las cosas no me hicieran daño, con eso ya era feliz. Entonces vas creciendo y entras en las relaciones personales y te conformas con nada».

"He sido víctima de maltrato. También físico. He elegido a las peores parejas del mundo. Excepto una"

¿Nada? ¿Hasta dónde llega esa nada con la que se conforma quien ansía que no le hagan daño? Palomas encaja todas las preguntas,  desnuda su pasado con seguridad, como solo puede hacerlo quien lo visita continuamente, quien busca en él las respuestas a todos los interrogantes que aún sobrevuelan en su presente y se esfuerza en convertirlo en un mundo de palabras lleno de luz. ¿Qué pasa cuando solo pides que no te hagan daño? «He sido víctima de maltrato. También físico. He elegido a las peores parejas del mundo. Excepto una, el resto han sido las peores. Yo solo necesitaba importarle a alguien. Y cuando buscas eso, solo encuentras a ese carácter ganador que a ti siempre te hace perdedor». 

Durante años se sintió cómodo en ese papel. Porque venía de perder.

Relaciones sentimentales

Hasta que supo romper. Un día de febrero del 2004 se dijo que no servía para mantener relaciones de pareja. Y que podía vivir sin culpabilizarse por ello. «Elegir es prescindir y yo no puedo sentirme culpable por todas las cosas que no hago». Hay una última intimidad que se siente incapaz de compartir: su creación. Puede convivir con un perro y con dos y con tres, pero no con la proximidad de alguien que se inmiscuya en un proceso creativo que, en su caso, dura las 24 horas del día. «Ha llegado un momento de mi vida que mi proyecto soy yo y no hay nada más».

Su sonrisa aflora a lo largo de toda la conversación. También esa mirada que parece escudriñar hasta las entrañas, como si necesitara estudiar los mecanismos ajenos. Quizá para conocer. Quizá para saber cómo gustar. Y la risa. Alejandro Palomas se ríe de todo porque ya aprendió a reírse de sí mismo.

El mundo literario de Palomas está poblado de personajes que no encajan en la supuesta normalidad social. A veces, son caracteres tragicómicos, hasta surrealistas, como la inefable Amalia. Otros, más desvalidos, como Guille, el protagonista de 'Un hijo', la novela que le dio el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en el 2017. Son personajes que necesitan ser reconocidos. Amar y ser amados. En ellos, el reflejo de su autor. «Esos personajes siempre son yo. Son los discos de mi columna vertebral. Siempre escribiré sobre la familia. Porque es el microuniverso en el que ensayo todo lo que después puedo trasladar al macrouniverso. Es un laboratorio».

"Me gusta compartirme.  Vivo rodeado de un cristal. Y no sé cómo romperlo. Es demasiado grueso"

Amor. Dolor. Heridas mal curadas y muchos secretos. Siempre hay secretos en los libros de Alejandro Palomas. ¿Como en su vida?. «Me cuesta compartirme. Vivo rodeado de un cristal. Y ya no sé cómo romperlo. En esta vida no me va a dar tiempo, es demasiado grueso. No llego a sentir el calor humano, solo toco el frío del cristal. Desde pequeño es así». La literatura es su modo de saltar el cristal. Sigue sintiéndose el niño que lanza bengalas anunciando su presencia. «Quiero que me quieran. Cuantos más, mejor».

Relación con el lector

Y los lectores le quieren. Le adoran. Pocos escritores han sabido cuidar, mimar como Alejandro Palomas su relación con los lectores. Un concienzudo periplo por bibliotecas, clubs de lectura, blogs literarios y redes sociales le ha ido acercando a más y más fieles. Un viaje que también le ayudó a perfilar el personaje de Amalia. «Había empezado a escribir la novela y un día pasó algo con mi madre que compartí en Facebook. Tuvo una acogida increíble. Recuperé anécdotas pasadas y vi que funcionaban bien. Eso me ayudó con el tono de la novela».

"Lo que nivela el placer y el sufrimiento es el humor. Sin él, yo no estaría vivo en este momento"

La madre y Amalia. ¿Dónde acaba la persona y empieza el personaje? ¿Qué hay de real en ese personaje atolondrado, que tan pronto parece marciana como se revela como la única que sabe leer su entorno, sobreprotectora de los hijos cuando parece incapaz de cuidar de sí misma?. «Mi madre no ha sido la mejor madre del mundo porque tenía muchas deficiencias propias. Alguien que viene de sufrir bullying como ella, de tantas inseguridades porque tampoco la han tratado bien, bastante ha tenido con sobrevivir». 

Es ahora, cuando el hijo ya no necesita encontrar en ella la seguridad, que reconoce haber descubierto a su madre. «Y lo que he descubierto en ella es una bondad sin fronteras».

A sus 50 años, Alejandro Palomas se siente reconciliado. Con el hombre que se quiso mal, porque creía que el dolor era la vida. Con el escritor que ha encontrado en el humor la reparación. «Lo que nivela el placer y el sufrimiento es el humor. Sin él yo no estaría vivo en este momento. Me ha salvado muchas veces de mi propia vida. Eso lo he heredado de mi madre. Y eso nos une. Reírnos de nosotros mismos antes de que el enemigo se ría de nosotros, porque así no tendrá ninguna fuerza. En ese humor nos sentimos seguros». 
 

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