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Yacht rock: acordes untuosos

EL REGRESO DE UN GÉNERO MUSICAL

Yacht rock: acordes untuosos

Series como 'Stranger things' o 'Mindhunter' o filmes como 'Guardianes de la galaxia' vuelven a poner de moda a grupos como Chicago o Fleetwood Mac

Kiko Amat

Durante dos años trabajé con un hombre que no se aguantaba los pedos. Hablo en sentido literal. Era mi jefe en la tienda de discos Reckless Records, en el Soho londinense. Se llamaba Baz, era irlandés, y solía puntuar sus labores disqueras con violentos estallidos de gas. Cuando yo me volvía, sobresaltado, Baz no había alterado su postura ni celebrado su acción. Era un acto reflejo, como pestañear, y no sentía el menor pudor por ello, pese a que estábamos en un sótano sin ventanas y yo a un metro de su trasero. 
Este artículo no va de pedos (lamento haber dado esa impresión), pero sí de los discos que mi jefe ponía de fondo para sus ventilaciones rectales. A Baz le gustaba el rock, cuanto menos duro mejor. Aunque siempre elogiaba el rock clásico de los 60 y 70, yo nunca le vi escuchar a Hendrix o los Stones. Su gusto se inclinaba por lo que hoy en día se define como yacht rock, antes conocido como soft rock, antes llamado (por mí) Esa Música de Mierda Que Escucha El Jefe. Es decir: Hall & Oates, Air Supply, Toto, Ace, Steely Dan, Doobie Brothers, Chicago, Loggins & Messina, Fleetwood Mac o Christopher Cross. La sección más prudente y mansa de la radiofórmula de 1975 a 1985, aproximadamente.

  

En un escrito reciente afirmé que el glam rock había sido el género más ninguneado de la historia. Cuando afirmé aquello no pensaba en el yacht rock. Después de todo, al glam se lo denigraba por razones que reforzaban su credo: por adolescente, obrero, bailongo, petardo y simplón (en el pop son, todos ellos, atributos). Por añadidura, la crítica había cambiado de sentido con los años (al igual que le había sucedido a la disco music) para convertirlo en epítome de autenticidad y visceralidad.

Baladas ñoñas

El yacht rock, por el contrario, resultaba embarazoso de un modo total, y parecía irrecuperable. Su halo hablaba de californianos millonarios con americanas arremangadas hasta el codo añadiendo capa tras capa de glaseado a baladas ñoñas para un público cuarentón. Era pomposo y hortera como un sombrero panamá, y a la vez contenía un elemento de vergüenza ajena similar al que uno sufre viendo a sus padres bailar rock en una boda. Su meta era la evasión, cierto, pero así como los glameros simulaban no ser lampistas de barrio a base de capas galácticas y brochazos de rímel, los soft rockers celebraban su otredad con embarcaciones a vela y mansiones estilo colonial. Y sacos de farlopa. Era música ostentosa; el sonido de los emprendedores de 1976. En la novela 'American psycho' (1991) el yuppie asesino escucha Genesis, pero unos años atrás habría preferido a Seals/Crofts. Aquella música afable hablaba de desclase, cochazos, escapadas (con piña colada) al trópico, vacaciones e infidelidad cuarentona, la que siempre bordea lo mundano. Soft rock es lo que salía de los bafles en el bufet libre del Holiday Inn. Tapones de champán y mocasines bermellón. Manicura masculina y rizos húmedos. Música de calidad para el barrio residencial.

  

Y era ultrapopular. Su rechazo a la protesta o el riesgo de la década anterior caló entre un público que despertaba de la pesadilla de Vietnam (o Franco) y quería la pulserita de Evasión a Toda Costa. El soft rock es el ruido de fondo de muchos niños españoles de la época. Durante toda mi vida he tarareado casi enteros, pegando ocasionales alaridos de placer, 'hits' como 'How long', 'All out of love', 'Shadows in the moonlight' o 'Jojo' sin saber que eran de Ace, Air Supply, Anne Murray o Boz Scaggs. El rock blandengue está en nuestro ADN. Es la 'verdadera' banda sonora de mi niñez: en la radio del coche camino al camping Neptuno o pinchado en las 'revetlles' de 1981. Uno lo vive ya como tic menor: algo que heredaste pero que no incomoda, y sobre lo que tampoco vas a investigar. Está allí sin molestar (lo que, por otro lado, siempre fue su intención).

  

¿Cómo sonaba?

La Wikipedia española aventura que «se distingue de otros tipos de rock por el uso de distorsiones poco saturadas en las guitarras, melodías fácilmente asimilables y letras poco controvertidas». La realidad es aún peor. El soft rock es como el medio tiempo más almibarado de los Beatles tuneado con esencias jazzísticas y soul pálido, encerado por músicos de estudio con el mayor número de arreglos al alcance del hombre (violines, pianos, Moogs, ocarinas) y pasado de mano en mano por un ejército de productores. Un ejemplo: en 'Gaucho', el disco de 1980 de Steely Dan, se utilizaron 42 músicos de estudio y 11 ingenieros de sonido (en el punk rock estaban de suerte si un solo ingeniero se saltaba el pub, y de los cuatro miembros del grupo siempre había una baja por sobredosis).

El rock blando busca la ampulosidad digerible, sin la caprichosa cripticidad del rock sinfónico. Más langosta y menos hobbits. Virtuosismo dulzarrón para la peña. El soft rock puede ser pizpireto, incluso marchoso ('Long train running' (1973) de los Doobie Brothers o 'Private Eyes' (1981) de Hall & Oates), pero siempre es cauto, más soft que rock. En los videos se ve a fulanos con guitarras, sí, pero no se escuchan (les bajaban el sonido o las sepultaban en teclados). La diferencia entre soft rock y AOR (o rock para adultos) es sutil: es la que existe entre el 'Ride like the wind' de Christopher Cross y el 'More than a feeling de Boston'. El yacht rock es rock and roll sin volúmen, música negra sin negritud (como 'Rock the boat' de Hues Corporation): soul sin alma. Untuoso y plácido hasta el desespero; la BSO del centro comercial más cercano (en 1982). 

El rock blando era música ostentosa: el sonido de los ‘emprendedores’ de 1976

JD Ryznar, director de la serie cómica 'Yacht Rock', detecta los discos porque siempre «hace coros Michael McDonald [Doobie Brothers, Steely Dan] y salen tíos en barcos en la portada». En los videos, el grupo (10 personas mínimo) es multirracial hasta el paroxismo, a veces incluyendo a razas no conocidas a las congas. La producción es aerodinámica, plácida, sin marejada: los productores pasaban la lijadora una y otra vez hasta que la música era suave cachemir. Rock radiofórmula al Photoshop. Acordes pringosos como el merengue. Pura basura.

  

O no. Algunos intuimos el cambio con la piel de gallina que acompañaba al 'Dreams' de Fleetwood Mac (a los amigos les decíamos que era un sarpullido). Aceptamos poco a poco que nuestra parte favorita del 'Eye Know' (De La Soul) era el sample de Steely Dan. Fue un proceso de aceptación similar al de los alcohólicos. No tenía relación con la nostalgia. Simplemente: algunas canciones eran alucinantes. Escuchen 'Summer breeze' de Seals/Crofts. A unos cimientos de soul setentero (era de los Isley Brothers) los autores le edificaron un entresuelo Carole King y un primer piso de psicodelia comercial, y lo coronaron con un tejado de coros tan tumultuoso que a su lado la escolanía de Montserrat parece el fulano de 'Don’t worry be happy'. Es una canción muy trabajada. 

Ese es otro atributo clave: la artesanía musical; la obsesión y perfección. En 'Baker street' de Gerry Rafferty (también llamada «la del anuncio de Fortuna»), el saxo que sobrevuela la melodía es la clave del éxito. Suena a 'jet' y a rascacielos. Duran Duran sacaron media carrera de ese riff. Miren 'Rio', con sus yates, bombachos rosa, playas del caribe… Y el saxofonista, descalzo. Yacht total.

  

En todas partes

El soft rock está en todas partes, aderezo de series y películas cuya acción se sitúa en los 80. Así como los niños de los 70 nos comimos los 50 idealizados de Lucas y Spielberg, hoy los milenitas se infectan de 'hit parade' ochentón. El filme 'Guardianes de la galaxia' ha conseguido que molen dos canciones nada molonas: 'Brandy (you’re a fine girl)', de Looking Glass, y el 'Escape (The Piña Colada song)' de Rupert Holmes. En la serie de Netflix 'Mindhunter' suena el 'Baker street', junto a 10cc, Alan Parsons Project y Toto (su 'Africa' también aparece en la serie 'Stranger things'). Y no solo es la gran pantalla. El músico Mac de Marco es casi un grupo de tributo soft rock (escuchen 'Another one', con su video-guiño a la estética yatesca). Artistas indie como The New Pornographers o Bart Davenport grabaron álbumes de tendencia soft. La banda Grizzly Bear colabora con Michael MacDonald, como también lo hizo el hiphopero Thundercat al fichar a McDonald y Kenny Loggins para su 'Show you the way'.

Nada de esto borra mi pasado; más bien lo contrario. Suena el 'I.G.Y' de Donald Fagen y estoy de nuevo en uno de dos sitios: a) en el 127 de mi padre, en 1982, camino de Pals o b) sótano de Reckless Records, año 2000, tras un crujiente cuesco de Baz. No son malos recuerdos. No eran malas canciones. 
 

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