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Ernesto Guevara, Che, y Fidel Castro, en una fotografía de los años 60.

AFP / ROBERTO SALAS

50 AÑOS DE LA EJECUCIÓN DEL CHE

San Ernesto de La Higuera

Medio siglo después de su asesinato, el legendario revolucionario sigue siendo venerado en el pueblito boliviano donde murió.

Albert Garrido


Mucho antes de cumplirse 50 años del asesinato de Ernesto Guevara de la Serna (Rosario, Argentina, 14 de junio de 1928-La Higuera, Bolivia, 9 de octubre de 1967), conocido como el Che, los campesinos del pueblito donde vio la última luz santificaron la figura del guerrillero. Algunos hace tiempo que le llaman sin más san Ernesto de La Higuera, otros rezan a la almita de don Ernesto y muchos cuentan historias entre la magia, la superstición y el legado de credos antiguos que sobreviven en las alturas andinas. No son pocos los que en algún rincón de sus modestas casas cuelgan un retrato suyo y le ponen velas y flores. Tampoco faltan nunca flores en la pileta del lavadero del hospital Señor de Malta, en Vallegrande, donde el cadáver del Che estuvo expuesto dos días.

"Acá, don Ernesto está con nosotros nomás y nunca nos falla", "con su sufrimiento lo redimió todo", "sabe el Che qué más a todos nos conviene" y otras profesiones de fe por el estilo son moneda corriente en la serranía, en la ruta guevarista entre Vallegrande y La Higuera, 70 kilómetros de un camino abierto en las laderas de picachos con barrancos vertiginosos.

Pero esa admiración tocada de religiosidad no la conoció el Che, sino más bien la incomprensión o sorpresa teñida de recelos de los campesinos a los que fue a liberar 11 meses antes de su ejecución en la escuelita de La Higuera. Aún hoy sorprende la elección de Bolivia como teatro de operaciones para llevar la revolución a toda América; había entonces en el país el recuerdo de la reforma agraria promovida por Víctor Paz Estensoro (1952) –el futuro guerrillero estuvo allí por aquellos días– y la dictadura de René Barrientos llegaba como un eco lejano a la selva inhóspita del río Ñancahuazú y a las alturas de la estribación andina.

Quizá la explicación esté en la conversación en La Habana (1965) entre Fidel Castro Mario Monge, secretario general del Partido Comunista Boliviano, en la que este sostuvo que la única forma de desalojar a Barrientos de la presidencia era mediante un movimiento insurreccional al estilo del habido en Cuba.

Espíritu inquieto

Claro que al repasar los textos del joven médico Ernesto Guevara, hijo de la clase media argentina, espíritu inquieto, viajero ansioso por conocer nuevas tierras y revolucionario en formación, se encuentran algunas pistas del pensamiento del Che desde primera hora. "América será teatro de mis aventuras y de un carácter más importante de lo que había pensado. Creo haber llegado a comprenderla y me siento americano con un carácter distintivo de cualquier otro pueblo de la tierra", escribió a su madre desde Nicaragua los últimos días de 1953. Vinieron luego su encuentro con Fidel en México, la epopeya del 'Granma', el desembarco en Cuba, la herida en combate a poco de pisar la isla, la guerrilla triunfante, los años en el Gobierno y la renuncia a todo en 1965 para volver a la acción directa. "Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos", escribió a Fidel antes de partir al Congo, donde el combate fue pronto un fracaso.

Hubo en todas las decisiones que tomó el Che antes y después de partir hacia Bolivia el impulso del predestinado, de quien siente que tiene una misión irrenunciable que cumplir. El poeta cubano José Lezama Lima escribió en 1968, en 'Ernesto Guevara, comandante nuestro': "Quiso hacer de los Andes deshabitados la casa de los secretos (…) Nuevo Viracocha –Dios creador del panteón inca–, de él se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperan todos los prodigios de la ensoñación". Y Lezama Lima cita también "el afán de Holocausto" del guerrillero, una figura muy próxima a esta otra moldeada por la periodista argentina Julia Constenla: "Su imagen de Cristo involuntario supera lo que podrían haber sido sus deseos".

Historias milagreras

Los campesinos de Vallegrande y de La Higuera cuentan historias milagreras que remiten a lo sobrenatural, a lo inexplicable: un taxi que aparece en medio de la noche para llevar a Sucre a alguien enfermo, tres cóndores que sobrevuelan el valle para saludar en nombre del Che al equipo de una televisión francesa, un caballo que se detiene frente a una casa para que lo monte alguien que lo precisa con urgencia, un viajero que, inspirado por el comandante, guarda dos velas después de visitar su tumba, dos velas indispensables para dar con un cobijo en la negrura de la noche.

"Pacho, llegamos al Jordán, bautízame", cuenta Humberto Vázquez Viaña que le dijo el guerrillero, entre la ironía y la voz del ungido, a uno de sus compañero de partida cuando llegaron a la tierra del Ñancahuazú. Este testimonio, recogido en 'Una guerrilla para el Che', abunda en los componentes no exentos de misticismo del personaje; la canción de Carlos Puebla 'Hasta siempre' transita por el mismo camino: "Aprendimos a quererte, / desde la histórica altura, / donde el sol de la bravura / le puso cerco a la muerte".

Fue sitiado en una operación de la CIA, dirigida por el agente Ramos y ejecutada por soldados bolivianos

Guillermo Cabrera Infante, defraudado por la revolución cubana e instalado en el exilio, lo vio de forma muy diferente: "Era un  amasijo de contradicciones a las que pronto dio signo de reconocerlas". Otros ven en el comportamiento del Che la expresión de un carácter duro y sin sitio para los gestos benévolos.

Arroja alguna luz la anotación que hace el joven rebelde en su diario el 17 de febrero de 1957, a propósito de la ejecución del delator Eutimio Guerra en el escondrijo selvático de la guerrilla de Fidel: "Yo acabé con el problema con una pistola calibre 32 en el lado derecho del cerebro con orificio de salida en el temporal derecho". Años más tarde, el Che dio una versión escrita de los hechos, 'Muerte de un traidor', en la que presenta el lance –la primera ejecución del comandante, se dice– como "la parábola revolucionaria de la redención a través del sacrificio".

Dramático final

De nuevo la mística y la acción directa juntas, algo que envuelve el dramático final del Che. "La noche del 8 al 9 de octubre, cuando el Che estaba maniatado y tendido en el suelo de la escuela de La Higuera, Aleida –la mujer del guerrillero– se despertó bruscamente con una sensación inexplicable de que su esposo estaba en grave peligro", cuenta Jon Lee Anderson en su biografía del personaje. Era verdad: la mañana del 8, un destacamento del Ejército boliviano prendió a la partida del Che a una legua de La Higuera, en la quebrada del Yuro, una zona de vegetación rala en la que los militares habían tendido una emboscada. "Soy Che Guevara y valgo más vivo que muerto", fueron las palabras del detenido, herido en una pierna, al entregarse a la tropa del capitán Gary Prado, que llegó a general. Prado recordó luego muchas veces su conversación con el rehén:

–¿Por qué vinieron a Bolivia a montar una guerrilla?
–Nos dieron mala información. Quizá debimos optar por Perú.

Según otros testigos, el Che añadió: "No se preocupe, capitán. Esto es el final, se terminó".

El día antes del prendimiento, oculto en la quebrada, hizo su última anotación en el diario: "Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente". Lo cierto es que carecía de medios para resistir al más mínimo contratiempo, huir de sus perseguidores o atajar uno de sus frecuentes ataques de asma. El Che fue sitiado en una operación planeada por la CIA, dirigida por el agente cubano –el estadounidense Félix Rodríguez, alias Ramos, y ejecutada por soldados bolivianos.

Juan Martín Guevara, hermano del héroe, le resulta hoy imposible descifrar quién hubo realmente detrás de cuanto sucedió, quién ordenó, en fin, dar muerte al Che, tan profusamente entrecruzados los planes de la propia CIA, del KGB, del general Barrientos y aun del servicio secreto cubano, que poco hizo para acudir al rescate si es que disponía de medios para ello.

"Dispare, no sea cobarde"

Al amanecer del 9 de octubre la atmósfera se espesó. "Don Ernesto estaba encerrado y se sabe que algo comió. Había muchos soldados en la plaza y cerca de la escuela, pero nadie sabía qué iba a pasar", recordaba muchos años después de aquel día una aldeana, una adolescente cuando sucedió todo. A mediodía, Félix Rodríguez reconoce que ordenó al sargento Mario Terán que diera muerte al Che sin que mediara mandato expreso del Estado Mayor boliviano, y le indicó que apuntara de cuello para abajo –de cintura para abajo, según otras versiones– para poder presentar después el final del Che como una muerte en combate.

Terán entró en la escuela con paso indeciso y el arma montada. "Dispare, no sea cobarde, solo mata a un hombre", cuenta la leyenda que le dijo el Che a su ejecutor; "es militar, cumpla con su obligación", dicen otros que fueron sus últimas palabras. Se oyeron disparos –cuatro, dicen unos; una ráfaga, aseguran otros– a la una y diez de la tarde, según anotación de Félix Rodríguez, que dio al Che el tiro de gracia.

Llevaron el cadáver a Vallegrande, donde fue expuesto en el lavadero con los ojos entreabiertos

El resto es de sobra conocido. Colocaron el cadáver del Che en una camilla, la ataron al tren de aterrizaje de un helicóptero, lo llevaron a Vallegrande y estuvo dos días expuesto en el lavadero con los ojos entreabiertos, "como si no pudieran no mirar", escribió Mario Benedetti, hasta que acudieron unas mujeres y asearon el cuerpo en lo que pudieron.

Aquellos días empezó a tener Félix Rodríguez ataques de asma y medio siglo después sigue sufriéndolos. "Aún hoy mi crónica falta de aliento es un recuerdo constante del Che y de sus últimas horas de vida en la aldea de La Higuera". Verdugo y víctima unidos para siempre por ahogos repentinos.

El héroe se hizo de piedra

A los dos días del asesinato, el capitán Mario Vargas recibió la orden de incinerar el cuerpo del Che y de otros guerrilleros ejecutados, pero solo tenía un litro de gasolina y decidió abrir una fosa común cerca del pequeño aeródromo de Vallegrande. Allí durmieron durante 30 años el sueño de la eternidad entre la especulación y el misterio, hasta que Jon Lee Anderson descubrió su paradero en 1997 y los restos del Che fueron trasladados a Cuba.

"Nunca fue un secreto militar, pero a nadie se le ocurrió preguntar e investigar hasta que llegó Anderson", declaró Vargas años después, ya general. Allí se levantó un templete, casi santuario de hechuras modestas, con una cruz, candelas encendidas, flores y recordatorios de todas clases, oraciones muy personales y requerimientos dirigidos al más allá, y allí se alimenta la leyenda o la creencia de que los huesos hallados en aquel solar no son los del Che, sino que el héroe se hizo piedra al caer herido de muerte y despertará de nuevo a la vida en la hora propicia para la victoria.

"Del Che te puedes enamorar demasiado", declaró su biógrafo Pacho O’Donnell una noche en Vallegrande. "El Che era un arma, no una cabeza", dijo en su día Humberto Vázquez Viaña, uno de los bolivianos que lo siguió. "El Che aportó conciencia al marxismo, que defendió como el estudio de una realidad social viva", sostiene su hermano Juan Martín. 'Che Guevara, grandeza y riesgo de la utopía', se titula un libro de Roberto Massari. "Su sinceridad le condujo a dejar testimonio escrito de sus crueldades", escribió Álvaro Vargas Llosa. "El Che se ha convertido en un modelo de hombre", proclamó Fidel Castro. ¿Quién fue el Che?