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Svetlana Alexiévich: "Una sociedad autoritaria es una sociedad masculina"

Ernest Alós

Svetlana Alexiévich, en un hotel de Barcelona, el jueves.

Svetlana Alexiévich, en un hotel de Barcelona, el jueves. / FERRAN NADEU

La primera periodista que obtiene el Premio Nobel de Literatura por su trabajo documental llega a Barcelona justa de fuerzas. Una enfermedad la obliga a esquivar el sol y la más leve corriente de aire. Quizá porque ya no está en condiciones de recorrer los países de la antigua URSS pisando campos contaminados por la radiación, buscando viudas y veteranos de guerra, madres de soldados caídos o jubilados nostálgicos de Stalin, su próximo proyecto tratará del amor (aunque, claro, del que nace en lugares difíciles). Y es que cada uno de sus libros es un auténtico reto: entre 300 y 500 entrevistas, y cinco o seis años de trabajo. Dice de sí misma que es una mujer-oreja: esas experiencias que recoge también van emergiendo durante la entrevista.

Los testimonios que recoge en sus libros los califica a menudo de 'plegarias'. ¿Por qué ese término? En ruso la palabra que se puede traducir como 'plegaria' tiene un significado muy amplio y muy profundo, más allá de lo religioso; es el ruego, la comprensión profunda, una compenetración entre el sujeto y el mundo exterior. Yo busco a personas que estén en un estado de exaltación, que han vivido algo que les ha conmocionado. Ese tipo de conversación es similar al de la plegaria. Yo normalmente encuentro a mi interlocutor cerca de la muerte o cerca del amor, en este estado tan extremo de pedir, de expresar, de vomitar todo lo que tiene dentro. Yo no escribo sobre las catástrofes, ese es solo formalmente el tema de mis libros. Yo en realidad escribo sobre el amor.

Sus libros son calificados como 'novelas de voces'. ¿Un nuevo género? Vi que los géneros tradicionales ya no daban de sí, no podían abarcar los temas que quería sacar a la luz. Tenía que buscar una fórmula nueva. Yo vengo de una familia de maestros de pueblo, en nuestra casa siempre ha habido muchos libros, pero lo que yo oía en las voces de las mujeres me impresionaba mucho más que cualquiera de los libros que había leído.

¿Por qué eligió desaparecer como narradora y reproducir solo los monólogos de sus entrevistados? No sería correcto decir que estoy ausente en mis libros. Está presente mi punto de vista, mi forma de percibir y de pensar. La cuestión es que el grado de detalle de los testimonios que elijo para que aparezcan en el libro es tan alto que no puedo ponerme yo allí dentro, al lado de ellos. Otros autores que han intentado personalizar más han fracasado. Alexei Adamovich y Danil Granin, dos grandes nombres de la literatura rusa, publicaron un libro, 'Las voces del asedio', sobre el sitio de Leningrado. Allí aparece el diario de un niño cuyos familiares mueren uno a uno. De una habitación, donde vive una mujer que prefiere no saber a qué se dedica, sale olor a albóndigas. El niño escribió que sobreviviría si comía de los restos, pero que no quería hacerlo. Y murió. Pero después, los autores empiezan a filosofar. Yo como autora no me lo permito. No puedo competir con este testimonio.

claves biográficas

  • Nació en Ivano-Frankivsk, Ucrania, en 1948, pero tiene tres patrias más; la URSS, que la formó; Ucrania, el país de su madre y donde nació, y Rusia, cuya lengua ha utilizado en su obra.
  • En forma de mosaico de voces, la periodista ha reconstruido en sus libros las grandes crisis del régimen soviético. En el 2013 hizo balance de su caída en ‘El fin del ‘Homo sovieticus’ / ‘Temps de segona mà’ (Acantilado / Raig Verd).
  • La experiencia de las mujeres de la segunda guerra mundial (‘La guerra no tiene rostro de mujer’, Debate) le costó su primer choque con la censura en 1983. El régimen de Lukashenko le hizo exiliarse de Bielorrusia del 2000 al 2011.
  • La guerra de Afganistán le llevó a escribir en 1991 ‘Los chicos de zinc’ / ‘Els nois de zinc’ (Debate / Raig Verd) y el desastre nuclear de 1986, a publicar al cabo de 11 años ‘Voces de Chernóbil’ / ‘La pregària de Chernòbil’ (Debate / Raig Verd).

Cuando acabó en los tribunales por 'Los muchachos de zinc', algunas madres argumentaban que esas no eran sus palabras, y tuvo que debatir ante el juez sobre los límites de la literatura al dar forma a los testimonios. ¿Cuáles son para usted? Cuando yo firmo un testimonio con un apellido, todo lo que escribo lo ha dicho esa persona. Lo que hago yo es elegir de entre las 200 o 300 páginas de conversación que tengo de cada una de ellas. Lo que sucede es que esas personas tenían dos verdades, la que creían correcta y la real. Mire, una vez me avisaron de que había llegado otro ataúd de zinc. Una mujer sola a quien habían reclutado a su hijo. Vivía en una habitación de 9 metros cuadrados; ella gateaba y gritaba en torno al ataúd, decía que no podía ser él, que era demasiado alto para esa caja tan pequeña (lo que sucedía es que muchas veces no había cuerpos enteros que retornar), y no pudimos hablar. Al cabo de unas semanas me contó que su hijo era carpintero, que reparaba muebles para los oficiales y de repente lo enviaron a Afganistán sin saber ni disparar; evidentemente cayó como un conejo. Cuando al cabo de los años le pregunté qué hacía en el tribunal si yo había escrito lo que me había explicado, me dijo: "Necesito que mi hijo sea un héroe".

Héroes eran también las protagonistas de 'La guerra no tiene rostro de mujer', mujeres que combatieron a los nazisPasó algo similar. Las entrevistaba y empezaban con el discurso oficial hasta que cambiaban de chip y me explicaban, con otro lenguaje, la verdad. Después alegaron que aquello solo me lo habían dicho a mí, a una chica joven, que daban por supuesto que esa parte no era para publicar: en la vida bajo un régimen totalitario la mente de la gente funciona según esas reglas. Los censores lo vetaron durante tres años. Por suerte Gorbachov leyó el libro, lo citó en un discurso y se publicó. Se vendieron dos millones de ejemplares y la gente entendió muy bien el libro, pero las protagonistas no, decían que empequeñecía su heroísmo. Había un canon masculino de lo que era el héroe soviético. La sociedad tuvo que convencerlas de que podían ser mujeres y heroínas.

No sorprende que el censor pusiese problemas a relatos de violaciones, o escenas como la de la partisana que ahogó a su bebé para que los alemanes no descubrieran a su grupo. Y yo también me autocensuré...

...pero, ¿por qué vetaron aquellos donde se hablaba de la regla, o de amoríos, o la historia casi divertida de la mujer que salvó en brazos a un esturión beluga pensando que era un soldado que se ahogaba? El censor vio absurdo lo del esturión, y consideró que decir que no se les dio ropa femenina era una ofensa a la URSS. Ellas me explicaban: "¿Crees que lo más terrible en la guerra es morir? No, lo más terrible es ir vestida durante cinco años con unos calzoncillos espantosos. Estábamos dispuestas a morir por la patria en cualquier momento, pero no a morir por la patria en calzoncillos". Cuando llegaban a este extremo de sinceridad, se rompían esos modelos que nos habían enseñado.

Pero, ¿por qué esas heroínas tuvieron después que pasar al olvido? Porque una sociedad autoritaria es una sociedad masculina. Y porque después de la guerra quedaron muy pocos hombres y empezó una lucha entre las mujeres: a las que venían del frente las otras las veían como una amenaza. Aún lloro recordando el testimonio de una mujer que volvió de la guerra cargada de medallas y al segundo día su madre le hace un hatillo y la echa diciéndole: "Tus dos hermanas tienen que casarse, y no podrán porque a ti te miran como una puta de la guerra".

"No hay que demonizar a Putin. Él es un colectivo, no es un individuo. Es la personificación del hombre rojo»

¿Esa disposición a morir de quienes lucharon en la gran guerra, es la misma que apareció en Chernóbil? Es algo sobre lo que reflexioné mucho. No estoy segura. En la segunda guerra mundial la gente estaba movida por un ideal poderoso. Nos guste o no, se lanzaban al combate por la patria y por Stalin. En Chernóbil la diferencia es que se enfrentaban a algo que desconocían. Las primeras semanas se desplegaron militarmente. Y yo le preguntaba a los soldados: "¿A quién vais a disparar, a las leyes de la física?". El hecho era distinto, pero el sistema reaccionó igual; despliegue militar y lanzarse al ataque. Yo preguntaba en el hospital a los que habían estado en el foco de la radiación si tenían fe en la idea soviética. Decían que no, que ellos estaban allí para defender su tierra. En Moguilev, cuando el Gobierno alemán retiró a sus especialistas por el peligro, los rusos se reían de ellos. Es interesante, se nota aquí la diferencia en la relación que tiene la persona con su propia vida y cómo la percibe en relación con el Estado. Los soviéticos estaban entregados en cuerpo y alma a su país.

¿Que haya millones que aún funcionan con esos esquemas mentales es lo que explica la existencia de alguien como Putin? Justo de eso es de lo que hablo en todos mis libros. Cuando escribía 'El fin del 'homo sovieticus'' decía siempre lo mismo: "Chicos, no os hagáis muchas ilusiones con la democracia, la revolución la hizo Gorbachov y cuatro gatos más como nosotros, pero el pueblo tiene otra mentalidad". No hay que demonizar a Putin, Putin es la personificación de millones de deseos, de dolores, de visiones, de llantos, de esta gente rusa engañada, robada, destruida. Putin es un colectivo, no es un individuo. Es la personificación del hombre rojo. Tal vez solo ahora, con sangre y dolor, como en Ucrania. Por cierto, ¿ha leído todos mis libros? ¿Qué le han parecido?

Muchos testimonios son estremecedores. Así que supongo que oyéndolos de viva voz usted tuvo que llorar tanto como las voces que recoge. Mire, esa es una pregunta que me hacen a menudo y que odio. ¿El trabajo de un oncólogo infantil es fácil? No me gusta que sacralicen la figura del escritor. Es mi trabajo, es mi profesión.